El desfile

Por José Luis Ibarra

Son las 12:20. Viene retrasado. Tomo un trago de soda y lo paso por mi boca. Jugueteo con el líquido y siento cómo el gas se escapa; se vuelve azucarado y amargo, tanto que, cuando me lo trago, me deja una sensación gomosa en los dientes. Dejo escapar un suspiro y me asomo por la ventana. El desfile ha comenzado.

La comitiva avanza por la calle y los observo desde mi lugar esperando que llegue mi turno. Los primeros en desfilar lucen sus trajes impecables. Han estado practicando por semanas y yo apenas si tuve tiempo para prepararme después de la llamada de último minuto.

La gente contempla el desfile sonriendo, levantando las manos y gritando de cuando en cuando. Las miradas curiosas buscan dónde posarse, con el deseo de ver algo relevante. Mi garganta está seca. Un escalofrío recorre mi columna y se queda en mi nuca, me provoca picazón. Me sudan las manos.

Exhalo de nuevo y me relamo los labios pegajosos por el azúcar. Ha pasado la primera parte y la gente comienza a emocionarse levantando las manos y agitando las pequeñas banderitas de papel con las barras y las estrellas. 

Observo mi reloj, son las 12:26, muevo mi cabeza de un lado a otro tratando de quitarme la picazón, pero ésta solo empeora, ahora mis labios se contagian del intermitente cosquilleo. 

Comienzan a llegar los motociclistas, avanzan en formación, como una parvada de pájaros. Casi es mi turno. Debo estar tranquilo o meses de preparación y todo el esfuerzo de cientos de personas se irán a la basura. 

Contengo el aire. El exceso de gas me hace eructar. Recupero el aliento, tomo mi instrumento y lo pego a mi cuerpo para acostumbrarme a su peso,  familiarizarme de nuevo con él. Espero no haber perdido la práctica.

—Vamos, viejo, como lo practicamos —me digo en voz baja para tratar de tranquilizarme. 

Bajo la mirada. Evito pensar en la sensación de la marabunta que camina en mi espalda y sube hasta mis labios y mi cuello. Se escucha el grito de la gente y mi estómago se encoge al sentir que ha llegado la hora de actuar.

Levanto la vista y contemplo el frente de su auto que se asoma por la colina, luce su negra carrocería y una parrilla cromada que me deslumbra. La gente lo vitorea y los gritos van en aumento a medida que se acerca. Ahí están los invitados de honor, su esposa con un hermoso vestido rosa y él con un elegante traje azul —muy poco práctico para el terrible calor de medio día.

Es mi señal.

Me limpio el sudor de la frente con la manga de la camisa. Agito un momento la cabeza y luego muevo los hombros en círculos hacia adelante respirando agitadamente. Coloco mi rifle sobre el hombro. El cosquilleo desaparece, mi corazón late muy rápido y mi respiración suena muy agitada. Trago saliva, coloco el dedo sobre el gatillo y observo a través de la mira telescópica la enorme sonrisa del presidente.

José Luis Ibarra. Nació en la Ciudad de México el día del terremoto. Estudió Arquitectura en la UAM-Xochimilco. Comenzó a escribir después de leer Bajo la rueda, de Hermann Hesse, y desde entonces continúa el oficio en su búsqueda de historias que sean entretenidas, pero que en el fondo contengan un aura de reflexión.

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