Aquí había una frontera

Por Arturo Molina

“¿A qué se dedica esta gente?”, me pregunto al pelear contra un puñado de personas hacinadas en las puertas del metro, así como Felipe se pregunta “¿qué se espera de un espejo?”. Es la una de la tarde, en lunes, y yo quise aprovechar la “calma” del transporte público que habría en este horario. Estas vacaciones ni lo parecen. Para mi fortuna llevo bajo el brazo Aquí había una frontera de Gabriel Rodríguez Liceaga.

En un tramo de diez minutos me suceden al menos tres peripecias, una de ellas —la última— es la agitación que sufre mi botella con agua mineral, la cual, al destaparla, provoca un rocío como el de una maquinita de riego. La gente a mi alrededor me observa con el ceño fruncido, pero sin decir nada. Suelto una risita nerviosa y por un momento pienso que lo que me sucede lo está escribiendo Gabriel.

Recuerdo a Rodríguez Liceaga, mejor conocido como “El Neb” —por su cuenta de Twitter—, en una charla sobre nuevos talentos mexicanos, en la FIL de Guadalajara. Entre chilanguismos y bromas, me dejó la impresión de estar charlando con un viejo amigo de la secundaria.

Y cuando uno abre Aquí había una frontera se encuentra con ese viejo amigo, aquel que no importaba lo que dijera, sonaba gracioso. Me lo imagino diciendo cualquier cosa y en su mente sonando aun de manera solemne, y todos a su alrededor riéndose. Él, con la misma seriedad y algo de confusión, respondiendo: pero si no dije nada chistoso.

Recorrer las vidas de Felipe y Elio significa tener la compañía de este narrador que, acaso, nos recuerda “pero si no dije nada chistoso”, mientras nosotros espetamos carcajadas por las acciones, o bien por sus reflexiones. 

Frida completa el tridente protagónico con una poderosa historia. Ella es la única que habla en primera persona y a quien, acaso por este detalle, podemos conocer con más profundidad. En sus soliloquios encontramos este simbolismo de la arena sin mar; sus pasos recorridos, caídas, trastabilleos y todo un camino transitado; el limbo donde nos hallamos a nosotros mismos.

Desde los títulos de los capítulos se puede advertir la hilaridad que carga la historia: “Vomitar el tamal completo”, “Ítaca, itacate”, “Aquí empiezan tus nalgas” o “Ataúd hecho con libreros”. En este último se despliega un vértigo tan divertido como abrumador. Se trata de golpes que asesta El Neb al lector como si éste se metiera a hacer sparring: sabe que se saldrá ileso, pero sin evitar el mareo de un juego mecánico, como también el placer posterior a la segregación de adrenalina.

Decía San Agustín que una cosa tiene mayor valor que el signo que se le da. En literatura, pues, explicar tiene menor valor que demostrar. Uno de los secretos se basa en la construcción de imágenes. Rodríguez Liceaga tiene una capacidad sabrosona para hacerlo. Desde frases que nos remiten a los mexicanismos, como “las calles del centro estaban abiertas, como un taco enfriándose, castigadas por los rescoldos de un irrespirable imperio en ruinas”, hasta otras más de distinta índole, como ésta en donde podemos situarnos en la parte trasera de un mercado, ahí donde no hay temor a las bacterias, donde desfilan los aromas agrios y domina el imperio artrópodo:

“Se detienen frente a un tambo lleno con los desperdicios del mercado. Cáscaras y jugo de basura, moscas ebrias haciendo ochos. Fruta invendible, abollada, uniforme e incolora yace en triste montón, como si más bien fueran los soles en descomposición de días que el horizonte devoró y cagó. Penachos de piña, envoltorios sudados. Felipe libera una de sus manos para cubrirse la nariz con la manga del suéter. Elio introduce la mano en el bote y saca varios manojos de ramas ambiguas”.

Esta novela es un gran retrato de la Ciudad de México, pero no significa que sea un libro hecho para chilangos, ni para una generación específica. Si bien está permeado de referencias que uno puede leer con cierto cariño, el poder de la imagen está en la narración misma, más allá del golpe nostálgico. 

Aquí había una frontera es una estampa de la capital, un reflejo para quienes se asoman a ella, ¿un espejo?, pero, “¿qué se espera de un espejo?”. Mientras lo medito iré a comprar otro libro de Gabriel Rodríguez Liceaga. Con permiso.

Arturo Molina (1991) es un lector y charlador méxico-boliviano que juega todos los días a ser adulto, usando como objeto lúdico la palabra escrita. En 2016 recibió el VII Premio Nacional Noveles Escritores que otorga la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz, en Bolivia, por el volumen de cuentos Espinas, ya editado en México por La Tinta del Silencio (2019). Ha publicado textos en LetraliaPenumbria y Milenio Diario. Actualmente imparte el taller de iniciación a la creación literaria en el Centro Cultural del México Contemporáneo.

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