Redescubrirnos a contrarreloj 

Por Daniel Silva

Reza una canción popular que en el mar la vida es más sabrosa. Y no es extraño que al mar se le ha asocie con romance, gozo, sensualidad e incluso tragedia. Pero también el mar y sus múltiples transformaciones (olas, tormentas) pueden simbolizar el descubrimiento. No de tesoros, ni de restos humanos, sino de algo abrumador y, al mismo tiempo, esencial: el autodescubrimiento. No basta confrontarse ante un espejo ni consultar manuales infumables de autoayuda, pues estos últimos sólo pretende que quien los lea se repita frases vacías en voz alta y fingir una sonrisa. El autoconocimiento requiere un punto de partida intangible: la ausencia del otro. 

Estefanía Norato obtuvo el segundo premio de Dramaturgia Joven Vicente Leñero con La gota y el mar, una obra representada en diversos escenarios nacionales y extranjeros y que ahora llega al Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico para confirmar las razones de su éxito.

Una mañana Marisol —joven respetuosa de la cotidianidad y la rutina— despierta, se asoma a la ventana del departamento de su vecino Marco. No lo encuentra. Esta desaparición afecta a Marisol hasta el punto de iniciar una búsqueda en la que serán útiles dos testimonios que vieron a Marco antes de su partida —su jefe, su maestro de yoga— y varias fotografías que el ausente tomó en diversas ocasiones,  entre ellas la de un mar en tormenta, posible indicio sobre el paradero de un joven que se ha vuelto, además de una obsesión, el punto de partida para que Marisol encuentre a un ser primordial: ella misma. 

Ingrid Cebada se encarga de llevar a escena el texto de Norato. Junto a Aurelio Palomino ambientan con un par de tarimas con ventilador integrado y una pecera elementos recurrentes en el drama: frescura, humedad, tiempo. Y es este último el más evidente, pues cada gota de agua que cae en la pecera es un minuto valioso, escurridizo (literal) y frágil entre las manos de Marisol, cuya desesperación se acompasa en un juego de diálogos coordinado con una dosis adecuada de nerviosismo y presión, de costumbre y ansias por romperla. 

Abigail Pulido, Estefanía Norato y Mariana Villalobos (estas últimas dos actrices alternando funciones) asumen el compromiso de encarnar una galería de personajes que abanderan y critican a la vez la monotonía en sus diversas ramificaciones: el godinato, el poder, las soluciones efímeras para una vida mejor —regidas por el namaste o el “amor y paz”— y seres que temen al recuerdo y al desafío de ser uno mismo por miedo a fallar en el intento. 

En conjunto, La gota y el mar es un desafío al tiempo: una proeza inalcanzable en tiempo real pero que Estefanía Norato concreta en palabras, en escena; una invitación a romper la rutina, mas no en el sentido de pereza o descanso. La verdadera rebelión es, competir o ir a contrarreloj, sino establecer una alianza con el tiempo: aprovechar cada minuto (o al menos los espacios en blanco) para descubrir quiénes somos y si vale la pena trazarse objetivos o ser arrastrados por la corriente.

La gota y el mar se presenta todos los miércoles hasta el 14 de agosto a las 20:30 horas en el Foro la Gruta del Centro Cultural Helénico. 

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Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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