Bufonadas imperiales

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Por Daniel Silva

Es lugar común advertir que llegar a la cima cuesta mucho, muchísimo trabajo, que quien triunfa tiene por obligación esbozar una sonrisa ante sus subordinados y ser malévolo en todo ámbito ya estando, por decir algo, en un cargo político. ¿Acaso esa doble máscara no permite un respiro de autenticidad? El belga Michel de Ghelderode escribió hace poco más de seis décadas Escorial, un texto que hoy es llevado a escena por Luis Barrera, quien dirige a Dan Alvarado, Diego Cárcamo y César Nicolás en un duelo de personajes que ya no tienen nada que perder, cuya única salvación es reflejarse el uno al otro, por no decir imitarse. 

Ladridos y campanadas anuncian la inminente llegada de la muerte, la cual  amenaza la posición del rey, quien debe afrontar su próxima inutilidad y cuyo único vasallo sobreviviente es su fiel bufón. De las bromas pasa a los lamentos, al  análisis de conciencia, actos poco satisfactorios para el rey, quien, ávido de proyectarse en otros, pide al bufón que por un instante intercambien personalidades sin importar si el retrato sea fiel o incluso macabro.

El contexto de austeridad es vital en la perspectiva de Luis Barrera, y al trasladarlo al lenguaje visual, asombra al espectador con apenas dos cambios escénicos: un anochecer y un trono tan alto y desnudo que funge también de teatro guiñol para que el bufón dé rienda suelta a sus últimos chistes. La altura del trono impone tanto al Rey como al Bufón, pues mediante coreografías y malabares los actores suben, bajan, se ocultan y salen de nuevo a la luz —o a la oscuridad— tratando de agradar, ya no al público, sino a sí mismos. Así pues, llegado el intercambio de personalidades, el retrato es, irremediablemente, fiel, exacto. No hay pie a cuestionamientos mutuos y sólo queda “sufrir de acuerdo al protocolo”, porque hasta el más mínimo sentimiento se rige por las normas pocas veces cumplidas. 

El trueque de personalidades, simbolizado por la corona de oro y el sombrero de tela y cascabeles, disipa su obviedad mediante líneas y diálogos impecables, objetos de malabarismos verbales cuya exigencia al espectador rebasa un mero ejercicio de recolectar epifanías o frases maquiavélicas o nihilistas: son las palabras quienes liberan y encarcelan al mismo tiempo. Un jerarca que es prisionero de una podredumbre no elegida, sino asignada. Una lucha por el poder impuesta por generaciones, por títulos nobiliarios cuya validez se desmorona en sus manos. ¿Será una alegoría universal o nacional? 

Esta incógnita, o mejor dicho, una de tantas desglosadas a lo largo de cincuenta minutos, fueron develadas al público en Escorial, que presentó su última función este sábado 8 de junio en el Teatro La Capilla (Madrid 13, Del Carmen, Coyoacán, CDMX). 

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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