Amantes perpetuas

Por Adriana Sánchez Soberones

“Este mundo siempre ha pertenecido a los varones, pero ninguna 

de las razones propuestas para explicar el fenómeno ha parecido suficiente”.

De Beauvior, El segundo sexo.

Intento indagar las causas que ignoran los sentimientos de la mujer con respecto a sus emociones acerca de la infidelidad conyugal y la proliferación del sexo masculino por la poligamia. Procuro entender de igual manera, por qué es más aceptado socialmente el engaño por parte del hombre que el de la mujer, y comienzo con la sustracción de datos históricos en la cultura griega a partir de las obras de Ana Iriarte, Sara Pomeroy y Marina Picazo Gurina, donde no se menciona ninguna noción con respecto a la consideración de la mujer por padecer dolor o incomodad al experimentar infidelidad por parte del esposo. Utilizo como lectura eje El segundo sexo de Simone de Beauvior para sustraer datos,  en los que ya se advierten las emociones de la mujer, y se explican las razones por las que debe resignarse a vivir la infidelidad con pena. La escritora francesa hace grandes señalamientos históricos de algunas de las causas por las que la mujer ha sido fuertemente señalada como ser inferior. 

A través de la historia se han venido narrando una serie de acontecimientos que involucran a la mujer en la contención familiar con fines políticos, sociales y religiosos. Hoy en día, parecería que muchas mujeres aceptan la presencia de amantes del propio marido para conservar el matrimonio ante la sociedad, mantener el status, evitar el divorcio, y por tanto el desprestigio social. El componente religioso es un dato determinante para las decisiones de la pareja para seguir juntos, a pesar de las incomodidades que genera el engaño conyugal. Con esto no es mi deseo afirmar, que es una situación que toda mujer deba consentir, sino que es un acontecimiento que ha sido aceptado de una forma oculta para justificar de alguna manera los impulsos sexuales innatos del sexo masculino.

En la Grecia antigua las mujeres no podían tomar decisiones por sí mismas, no les era posible dar su opinión, y mucho menos, exigir al esposo prescindir de las amantes o concubinas. Sus funciones eran parir, criar futuros guerreros y atender el hogar conyugal; así todas las mujeres jóvenes debían estar casadas, de manera que prepararían a las nuevas generaciones de su mismo sexo para repetir el rol femenino que les había tocado representar. Asombrosamente, estas actividades de la mujer repercutían en lo social y lo político (Pomeroy, 1999); con lo que se demuestra que la relevancia en aquel momento era, dar importancia al matrimonio y al núcleo familiar sobre la realización personal, con el fin del fortalecimiento de las Polis. En realidad, la esposa servía principalmente como un vínculo material entre su padre, e implícitamente su poder económico y político, y el de la familia del marido. Las esclavas tenían prohibidas las relaciones sexuales, por las noches eran encerradas y las únicas relaciones que tenían eran probablemente con el señor de la casa y sus amigos (Picazo, 2008). Una triste realidad que hasta nuestros días seguimos experimentando: el uso de la mujer como un medio de desfogue sexual del hombre, utilizada como un objeto más de la casa y considerada como un ser inferior y de baja jerarquía en comparación con el sexo opuesto. Dentro de la tragedia griega, a partir de  Esquilo, tenemos la oportunidad de ejemplificar, la manera en que Casandra se convierte en esclava sexual de Agamenón, quien la trae consigo de regreso al palacio de los Artridas  y, finalmente, ella  pierde la vida (Esquilo, 1986). 

El adulterio no estaba tan estrictamente definido como en otras sociedades. Varios poetas griegos afirman que los espartanos podían compartir mujeres, admitiendo relaciones extramaritales en el sentido de que un marido podía prestar su esposa a otro hombre que necesitara un heredero de su hacienda. (Pomeroy,1999, p.52) 

Pudiéramos pensar que desde épocas antiguas, el hecho de que una mujer fuera elegida para ser esposada, debía ser considerado como acto de alabanza y agradecimiento a sus familias y al mismo esposo, que acordaban el suceso. Supondríamos también que a la mujer no le era permitido tener pensamientos ni realizar actos hostiles sino, por el contrario, debía alojar dentro de su mente, únicamente sensaciones de agradecimiento y devoción hacia el matrimonio y esposo. Al jefe de familia se le permitía tener relaciones de concubinato, con las cuales le era posible compartir el lecho e incluso tener descendencia; pero los privilegios de esta mujer y de sus hijos distaban mucho de los que tenía la esposa (Iriarte, 1990, p.19). ¿Son estas dispensas de las que goza la esposa por los que debe estar agradecida? ¿Su mente estaba ya predispuesta a aceptar la infidelidad y no cabía la posibilidad de tener celos? O simplemente debía callar y mantener sus emociones guardadas, pues así dictaba la norma de la época. Se sobreentiende que ella debía estar feliz por ser la esposa elegida, y de que sus hijos alcanzaran el status de ciudadanos. Siempre era presentada como la mujer de familia y compartía la función de preservar a ésta y los bienes de la misma; funciones a las que la concubina difícilmente podía aspirar. La esposa debía estar satisfecha y dichosa de ser considerada como un objeto precioso, no como un simple acto de compra, sino como un sistema de intercambio de dones que expresan la relación de dependencia y convivencia establecida no sólo entre la pareja, también de los grupos familiares que estaban involucrados. Debía sentirse agradecida de que fuera tomada en cuenta para compartir, en algunos casos, la administración de los bienes oficiales; la mujer se ve rodeada de privilegios, mientras que a la concubina se le podía instalar una casa con el inconveniente de que los parientes no intervenían ni había dote de por medio, y los hijos que nacieran de esta relación, no alcanzaban el status de ciudadanos (Iriarte, 1990, p.22).

Dentro de la historia de España, Isabel la Católica esperaba que el hombre con el que se casara, fuese un hombre digno del cual ella se pudiera enamorar. Y a pesar de que su deseo se hace realidad, consumando un matrimonio lleno de amor y pasión, más tarde, la reina aceptará las relaciones extramaritales del Rey Fernando. Su fuerte devoción por Dios y por la iglesia no le concedió más que soportar el enojo y los celos; no podía permitirse  una separación, ya que lo amaba profundamente y, sobre todo, ponía en riesgo su poderío político, pues habían unido grandes reinos. Isabel La Católica fue la facultada para tomar  decisiones con relación a Castilla y Aragón; no podía permitirse el lujo de perder el territorio logrado, sólo por el dolor que le causaba la infidelidad del Rey. Si su decisión hubiese sido abandonar al Rey Fernando, la historia indudablemente ahora sería otra (Banacolocha, 2012).

Muchas tribus y hasta la actualidad, señala De Beauvoir, viven en régimen comunitario precisamente para procrear y no forzosamente por pertenecer a los hombres, sino para bienestar de la comunidad. En estas mismas poblaciones se le da cierto privilegio a la mujer por el hecho de compararla con la virtud de los dones que proporcionan las cosechas, no por una individualidad como tal, sino como una  particularidad biológica de carácter místico, comparando el embarazo con la virtud de los granos cuando germinan. “Las mujeres no dejan de tener razón en absoluto cuando rechazan las normas que se han introducido en el mundo, tanto más cuanto han sido los hombres quienes las han hecho sin ellas. Naturalmente, entre ellas y nosotros hay intrigas y querellas” (Montaigne citado por Beauvior, 2018, p. 25). De igual modo durante la revolución industrial, la mujer se integró al sector de la producción; a través de  las guerras, la mujer trabajó en fábricas produciendo armamento y municiones; y en la revolución mexicana, muchas mujeres tomaron las armas a la par de los hombres. La principal causa de opresión al sexo femenino es la condición biológica que tenemos las mujeres de dar vida; lo cual, puede implicar ser esclavas sexuales para repoblar las ciudades, como sucedió en Esparta o Alemania en la Segunda Guerra Mundial o simplemente… para dar placer a los hombres cuando llegan de largos viajes o después de una prolongada y tediosa jornada de trabajo: 

[…] en la vida real las mujeres son importantes, no son un subproducto de la naturaleza, no representan un papel secundario en el destino de la humanidad. Sin mujeres capaces de dar a luz, la población humana se extinguiría. Por eso las violaciones masivas y el asesinato de mujeres, chicas y niñas ha sido una característica común de las guerras genocidas (Atwood, 2018, p. 16).

Sucede que las grandes diferencias orgásmicas y genitales entre hombre y mujer dan pie a  las diferencias sociales entre ellos, las cuales siguen presentes hasta nuestros días. El hombre, en principio, puede conjuntar su función reproductora y de esposo en una misma, mientras que en la mujer hay una disociación entre la función genital y la voluptuosidad; la frustración que esto causa en ella ha sido deliberadamente aceptada por los hombres, pero no tomada en cuenta de forma consciente. Se piensa que es parte de la misma naturaleza femenina y que inclusive es necesario suprimir el goce de la mujer, pues la plenitud erótica le da poder e independencia, y ningún hombre desea una mujer empoderada en el hogar, ¿o sí? Incluso en algunas comunidades se sigue creyendo que es necesario que la mujer experimente fuertes dolores de parto, para así asegurar un apego de la madre al hijo. Es Simone de Beauvior quien refiere que en la época del Romanticismo se planteaba ya el problema de integrar al matrimonio los sentimientos individuales que hasta ese momento de la historia habían sido excluidos, y surgía el concepto de amor conyugal y fruto del matrimonio por conveniencia; cita a Hegel hablando del amor conyugal. 

El amor es de acuerdo de la necesidad del sentimiento, y la felicidad en el matrimonio resulta de una perfecta inteligencia de almas entre los esposos. De donde se sigue que para ser feliz, viene obligado el hombre a observar ciertas reglas de honor y delicadeza. Luego de haber hecho uso del beneficio de la ley social, que consagra la necesidad, debe obedecer a las secretas leyes de la Naturaleza, que hacen nacer los sentimientos. Si cifra su felicidad en ser amado, es preciso que ame él sinceramente, nada resiste a una pasión verdadera. Pero ser apasionado equivale a desear siempre. Y ¿se puede desear siempre a la mujer propia? – Sí (2018, p.389).

Esta idea es utópica en relación con el amor matrimonial, realmente bella y esperanzadora; de esta manera, para continuar cuestionando dicha afirmación, otros autores citados también por De Beauvior, puntualizan que es real la incompatibilidad entre el amor sexual y la vida hogareña; el marido siempre buscará la paz a lado de la querida y generalmente es notable el amor que sienten las mujeres por sus parejas al principio de la relación, perdonando así cualquier traición o desaguisado que cometan. Muchas veces es el desamor o falta de amor lo que genera inconvenientes en el matrimonio, pero la existencia del amor mutuo tampoco asegura la felicidad de los esposos; se requiere más que eso.

El enamoramiento del principio de la relación es fugaz, y si este no se convierte en amor a uno mismo, respeto y conocimiento de la pareja, difícilmente encontrarán la estabilidad conyugal. El amor sexual necesita de la fidelidad, pero sólo es válido, según De Beauvior, si este es espontáneo y con pleno convencimiento. Tan pronto surge la hostilidad, la atracción erótica desaparece, y con ella muere la estima y la amistad (2018). El problema radica en que la concepción del amor por la mujer y por el hombre son distintos, pues Byron y Nietzsche (citados por  De Beauvior, 2018) afirman que el amor para el hombre no es más que una ocupación, mientras que para la mujer es la vida misma. Si para el hombre el amor a una mujer se cifra en el amor que de ella recibe, para la mujer, por el contrario, amar a un hombre significa entrega total.

A pesar del pasar de los siglos, hoy en día la mujer es más libre para la toma de decisiones y consciente del camino que debe tomar su vida personal y profesional; en el momento que ella se enamora, pierde el control de su vida y cabe la posibilidad de convertirse en un objeto de cambio como lo era en épocas antiguas, si no se es consciente de ello. La mujer sigue siendo condenada a soportar los infortunios de la infidelidad de la pareja, pues socialmente no había sido considerada ni siquiera ciudadana, por lo tanto no importaba en lo más mínimo que tuviese alguna emoción con respecto a algún acontecimiento desagradable que la afectara. Por el contrario, debía estar agradecida por haber sido esposada y elegida para ser la señora y dueña del hogar. El amasiato ha sido aceptado durante toda la historia; las prostitutas y las hetarias en la antigua Grecia eran incluso protegidas por la sociedad. Las mujeres no deben cuestionar las actitudes primitivas, instintivas, fisiológicas de los hombres (impulsos sexuales del hombre por tener relaciones con otras mujeres que no sean su pareja); y si se hace, la mujer debe asumir las consecuencias ante su sociedad, siendo tachada cual esposa rebelde que no ha procurado su matrimonio. Las estadísticas arrojan que más del ochenta por ciento de los hombres engañan a sus parejas, lo que demuestra que los seres humanos no son monógamos, o que la aceptación social del hombre de tener relaciones sexuales con varias, ha logrado una intrusión tal en su mente, que lo cree y lo lleva a cabo inequívocamente. La mujer por su condición cultural, siempre será fuertemente recriminada, mientras que el hombre tiene la justificación biológica de su condición reproductora. 

Detrás de mí, junto a la cabecera de la cama, está Serena Joy, preparada. Permanece con las piernas abiertas, y entre éstas me encuentro yo, con la cabeza apoyada en su vientre y la base del cráneo sobre su pubis. […] Ella también está completamente vestida. Estoy con los brazos levantados; ella me sujeta las manos con las suyas. Se supone que esto significa que somos una misma carne y un mismo ser. Pero el verdadero sentido es que ella controla el proceso y el producto de éste, […]. Tengo la falda roja recogida, pero sólo hasta la cintura. El comandante está follando. Lo que está follando es la parte inferior de mi cuerpo. No digo haciendo el amor. Copular tampoco será una expresión adecuada, ya que se supone la participación de dos personas, y aquí sólo hay una implicada. Pero tampoco es una violación. […] Me quedo quieta y recuerdo el consejo que la reina Victoria le dio a su hija: “Cierra los ojos y piensa en Inglaterra”. Pero esto no es Inglaterra. Ojalá se diera prisa (Atwood, 2018, p.140).

La oxitocina es sin duda, como lo afirman los especialistas en neuropsiquiatría, la hormona del apego y de la felicidad, la que ayuda en las contracciones del parto y la que interviene también en la simbiosis de la madre con el recién nacido en el momento del amamantamiento; es de igual manera la sustancia química que tiene una contundente relación con el apego amoroso que tiene la mujer a la pareja. En el momento del orgasmo femenino, esta hormona es responsable también de las contracciones vaginales; así, nos es más fácil comprender, desde un punto de vista biológico, la situación anímica que enfrenta  la mujer al saber que su pareja mantiene relación con otras mujeres.

Algunos hombres alegan que han sufrido por amor, pero la mujer por su condición de madre, experimenta mayores sentimientos de abandono y hostilidad, por lo que la mujer está destinada a sufrir por la devoción que profesa a su hombre y está en ella enajenarse o no con el sentimiento… o aceptar que la infidelidad es un impulso inconsciente del hombre, y así lograr vivir en plenitud con ella misma y con la persona con la cual ha decidido compartir la vida, intentando compensar este dolor de alguna manera.

La infidelidad es el camino sencillo que aparenta solucionar los retos implicados en   el amor de pareja, pero si el amor conyugal no se construye con base en el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento hacia el otro, tarde o temprano la relación se verá afectada (Fromm ,1984). El amor se logra a través del trabajo arduo día a día, como el trabajo del campesino bajo el rayo de sol, extenuante y mal pagado. Si se opta por el camino fácil y no se cuenta con voluntad, más valdría sincerarse con uno mismo y la pareja, y evitar la infidelidad, pues al final, lo que desmorona a la relación es el engaño y la falta de confianza, más que el acto infiel como tal. Lo que hará que una relación de pareja fructifique será la toma de decisiones en comunión, trátese de cualquier tipo de decisión, incluida la sexual.

Conclusiones

La introducción del matrimonio monógamo puede ser considerada como un adelantado paso de las civilizaciones humanas y el progreso de la humanidad, aunque muestras fehacientes demuestran, hasta la fecha, su falsedad. ¿Se puede considerar realmente el matrimonio monógamo como una evolución de la humanidad? Sí, en el sentido de progreso económico y político de las civilizaciones; se asegura que el poder se concentre en una misma familia y no en varias del mismo padre. Pero si esta unión nuevamente está basada en todo interés que no sea emocional, el hombre buscará otras personas con quien relacionarse, y engañará no sólo a una mujer sino a más de una junto con su prole. No le dará su lugar dentro de la sociedad a ninguna de las dos ni a los hijos, y estos sufrirán carencias emocionales y en algunas casos, económicas. 

La infidelidad es llevada a cabo en la clandestinidad y la mentira, por los preceptos sociales, culturales y religiosos que nos envuelven. Anteriormente a las mujeres no les era permitido dar su opinión ni mucho menos expresar sus sentimientos ni emociones acerca del engaño conyugal ni de ningún otro tema. La cultura juega un papel muy importante en las decisiones sexuales que toman las personas, ésta es un fuerte regulador  del actuar de los seres humanos, pero sin duda, son más fuertes las pulsiones sexuales. La mente humana tiene la facultad de regular estos impulsos, muchas veces éstos sobrepasan al consciente y se llevan a cabo sin dar lugar a ningún tipo de aquiescencia por parte de la psiqué. La condición biológica nos ata, aun viviendo momentos de emancipación femenina, considerando que la brecha entre hombre y mujer siempre va a existir, adaptada en todo momento a la situación histórica, pero conservando la premisa mayor de condición de inferioridad, y por tanto la condenación de vivir sin una plenitud erótica. Con esto reflexiono finalmente con respecto a la equidad de género, y me pregunto si es posible establecer esta como tal, pues moralmente y en condición humana somos iguales, pero ¿no es acaso esa diferencia biológica genital, la que tanto menciona Freud y que es base de su teoría psicoanalítica, la que nunca permitirá establecer esta similitud y comprensión entre los diferentes sexos? La respuesta está tal vez, en el respeto a las diferencias que nos componen a cada uno de los géneros, y que la clave radica en que socialmente contemos con los mismos derechos, aunque las diferencias biológicas sean más que evidentes.

Referencias 

Atwood, M. (2018). El cuento de la criada. 10ª. ed. Barcelona: Salamandra.

Banacolocha, J. (productor). (2012). Isabel. [Serie de televisión]. España: Diagonal TV.

De Beauvoir, S. (2018). El segundo sexo. 2ª. ed. México: Penguin Random House. 

Esquilo. (1986). Tragedias. España: Gredos. 

Fromm, E. (1984). El arte de amar. 3ª. ed. México: Paidós.

Iriarte, A. (1990). Las redes del enigma, voces femeninas en el pensamiento griego. Madrid: Taurus. 

Picazo,G. (2008). Alguien se acordará de nosotras, mujeres en la ciudad antigua. España: Bellaterra.

Pomeroy, S. (1999). Diosas, rameras, esposas y esclavas, mujeres en la antigüedad clásica. 3ª. ed. Madrid: Akal.

Adriana Sánchez Soberanes. (Ciudad de México, 1971). Actualmente estudio mi segunda carrera (Psicología); anteriormente me había dedicado a la gastronomía, así como al trabajo de terapias alternativas y complementarias para animales, pero siempre me llamó la atención observar a las personas y animales, y darme cuenta cómo se vinculan con su medio ambiente. De algunos años a la fecha me he aficionado a la lectura neurocientífica, thrillers psicológicos y literatura clásica.

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