Ausencia

el

Por Luis Bernal

“Regresar a los lugares donde he vivido

Las casas y su vecindad, me atrae de forma 

Irresistible siempre”

                      —Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s—

Crack. Break up. Ruptura amorosa. Cinco años, casi seis, si contamos los tiempos difíciles y los días ambiguos. El tiempo, todo este maldito tiempo, se me condensa en los hombros, en la suela de los zapatos, en la punta de la lengua y debajo de los párpados, junto al cansancio y los insomnios acumulados. Me he vuelto incapaz de separar el pasado ya muerto y los días presentes. Su peso me impide levantarme, caminar, hablar, incluso respirar.  Me asfixio y no puedo hacer otra cosa más que culpar al silencio desprendiéndose de las paredes por esta falta de aire. 

Y las tardes, tan comunes últimamente, en las que la reclusión autoinflingida en el absurdo rincón de la habitación se torna insoportable, tomo fuerzas, ve tú a saber de dónde, y me alzo. Al salir, me juro solemnemente en el umbral de la puerta que evitaré los lugares comunes. Deambulo, por horas, al principio sin entender muy bien el por qué; lo hago hasta que mis piernas, cansadas y temblorosas, no dan más. Me siento en alguna banca solitaria, en barandales casi suicidas, en la fachada de un edificio olvidado o en alguna esquina poco transitada, y, fingiendo un asombro poco creíble, me percato de que los azares construidos y las excusas mal formuladas me han llevado hasta los sitios prohibidos. Ahí, con el nudo formado por el agrio sabor de la melancolía aglutinándose en mi garganta, inicio los periplos altamente autodestructivos a los que, de un tiempo para acá, estoy tan acostumbrado. 

Recorro, con el corazón expectante, las calles en las que solíamos perder el tiempo, aquellas en las que jugábamos a decir nosotros sin tomárnoslo demasiado en serio, y, no sin cierta nostalgia guardada en el pecho, recuerdo las bellas e inesperadas carcajadas, nacidas de un tropiezo, del helado embarrado en la nariz o la forma tan peculiar en la que, según tú, solía atar mis agujetas. Y en el fondo, a pesar de los dolorosos ecos que guardan todas esas cosas, me siento mejor pues recupero, aunque sea a medias y envuelto en cierta soledad inexpresable, un poco de ti y también, quizás lo más preocupante, un poco de mí. 

Es así, mendigando los residuos de las emociones que antaño me hacían sentir vivo, como voy recuperando el aire, poco a poco, hasta que me es posible volver a fingir que no me estoy quebrando por dentro, y regreso, con la noche pisándome los talones, a las cuatro paredes que me han servido de refugio desde que te fuiste. 

Otros días, en los que los latidos duelen más que de costumbre, desciendo a las estaciones del metro compartidas. Me paseo por los andenes buscando tu rostro entre las esperanzadoras multitudes anónimas que me rodean, camino entre ellas anhelando chocar contigo, voltear y encontrar tus ojos, sonreírte y fingir que todo este tiempo separados ha sido un accidente, un pequeño error que desde ahora ignoraremos. Retomaremos nuestras vidas, hasta hace poco tan unidas, y saldremos a perdernos bajo el cielo de la ciudad, nos meteremos en el primer café que se cruce en nuestro camino y me contarás lo que has hecho; dirás, con la mirada cristalina y húmeda, que tú también padecías este sonambulismo de corazón roto que tanto me aflige. Pero después de un tiempo, a veces minutos, a veces horas, me canso de engañarme a mí mismo y entro en el primer vagón que encuentro. Me siento y, derrotado, recargo mi cabeza en la ventana. Veo, con una extraña y triste atención, los andenes desapareciendo tras la marcha del tren. No te busco, al contrario, observo tu ausencia tan presente al otro lado del cristal, y, en la obscuridad del túnel, me enfrento con un rostro agrietado que apenas reconozco como mío. Pienso, lo hago hasta el cansancio, en las cosas que solías decirme, en tus dedos enredados entre los mechones de mi cabello, tus labios descansando sobre los míos o en tu cabeza reposando sobre mi hombro en trayectos tan parecidos a estos. Me quedo ahí, vagando en el subsuelo, hasta que mis ojos comienzan a cerrarse y las memorias y los sueños se van mezclando. Despierto, con un grito ahogado en el cristal empañado, sólo para percatarme de que no estás, que sigues faltando. 

Camino de regreso hasta la habitación en la que sé no me esperas y al llegar, exhausto y sin fuerzas, me tumbo en la cama. Duermo, lo intento, pero las noches se tornan interminables y no hago más que oscilar entre un falso y deplorable victimismo y un absurdo juicio contra mí mismo que nunca me lleva a ningún lado. Entonces, cuando la obscuridad se ha colado completamente en el cuarto, me pregunto si tú estarás igual que yo, pero lo dudo, porque siempre fuiste más inocente y dada al olvido, y probablemente apenas piensas en mí. Todavía recuerdo que olvidabas fácilmente los te quiero y los te amo proferidos, viéndome forzado por ello a repetirlos un sinfín de veces. Después comencé a olvidar yo también, tal vez por desidia, tal vez por idiota, y mis te quiero y mis te amo se fueron tornando más y más esporádicos. Es por eso que tus inocentes olvidos y mi olvido indiferente nos han traído hasta aquí, a este abismo en el cual, no sé tú, al menos yo no he podido escapar. Y cuando la madrugada ya madura se derrama sobre mí, caigo en un sueño profundo que sé de antemano no me liberará. 

Por las mañanas, apenas abro los ojos, intento engañarme al decirme que ese día será mejor. Me miento porque creo que así la pesadez de los días no terminará por aplastarme. Pero los recuerdos, tan ingratos como siempre, no tardan en abalanzarse sobre mí y reconociendo mi error, con la realidad impactándose en mi rostro, me asomo por la ventana y busco alivio al ver la ciudad y pensar que sigues ahí, pérdida, esperando a que yo te encuentre. 

Desesperado, me tumbo nuevamente y volteo hacia el teléfono que yace a un costado; espero largo rato una llamada que no llegará. Detestabas las conversaciones por teléfono porque decías que tu voz sonaba tonta y afelpada. Preferías llegar sin avisar, pues sabías que siempre me encontrarías, tocar a mi puerta y pedirme que saliésemos a cualquier lado. Yo aceptaba, con ese torpe gesto que se plasma en el rostro de los enamorados, y nos pasábamos el día entero vagando de aquí para allá, con los dedos entrelazados y las sonrisas amalgamadas, recargando el rostro en los ventanales de las tiendas de discos viejos o saltando en los pequeños charcos olvidados por la lluvia. 

De pronto, sin previo aviso, decidías que era tiempo de volver; me tomabas de la mano y, omitiendo toda palabra, me llevabas hasta el cálido rincón de esta habitación que, irónicamente, ahora me resulta tan ajena. Acostados, con tu cabeza yaciente en mi pecho, pasábamos horas en silencio, como contemplando la tranquilizadora presencia del otro. Y cuando los párpados se cerraban en tu rostro, yo, con esa delicadeza que sólo tú me hacías procurar, deslizaba los dedos en tus mejillas al besarte la frente antes de que durmieras. Era en esos fragmentos de un tiempo incierto, sosteniéndote entre mis brazos, en los que entendía que toda sensación que viniera después sería solamente un grado menor de aquella grata intensidad.

Y es que, por irónico que parezca, en los momentos en los que la rememoración de esa inocente y frugal dicha me toma por sorpresa, me hundo en una espesa y cada día más añeja nostalgia. En esos días, los peores, aquellos en los que apenas logro distinguir entre mi silencio y el llanto, me arrastro patético y agobiado hasta las cosas que dejaste; sí, esas que olvidaste aquella tarde repleta de sollozos iracundos y despedidas silenciosas. El suéter azul de mangas largas que siempre te quedó demasiado grande, ese con el que solías taparte los ojos y hacerme muecas cuando estabas molesta, el sobre repleto de fotografías tomadas por ti, cuando todavía creías que lo nuestro podía captarse a través de un lente lo suficientemente atento, el cuaderno colorido que jamás llamaste diario, las pulseras de cuentas brillantes que acostumbrabas hacer cuando estabas aburrida alguna tarde de domingo, o la bufanda rayada que me regalaste la navidad pasada, esa que sólo tú usabas pues, aunque no lo admitieras, te encantaba. Me arrastro hasta ellas y, con una extrema cautela provocada por el temor de agotar lo poco que me queda de ti, me aferro a tu olor, a la imprevista curva de tus letras, a tus ojos escondidos detrás de los pequeños rectángulos impresos y a la sutil destreza de tus dedos. Pero, cuando por una injusta y desconocida razón tus gestos guardados en los objetos no me son suficientes, preso de una ansiedad omnipotente, cierro la puerta y buscó resguardo en algún triste recoveco. 

Lo hago porque me aterra salir y encontrarme con alguno de nuestros viejos amigos. Creo que podríamos toparnos frente a frente por la calle y, sin otra opción, saludarnos con cierta incomodidad guardada en nuestras bocas. Imagino, sintiendo un penetrante escalofrío al hacerlo, su voz diciéndome que éstas bien, que el dolor se ha disipado desde hace tanto, insinuando bajo sus palabras que me has olvidado y que, probablemente, has encontrado a alguien más. Y él, notando los días perdidos en mi rostro, me dirá con una falsa preocupación entre los dientes que ha sido suficiente de este absurdo luto. Yo responderé con una sonrisa mal disimulada y una despedida apresurada que no harán otra cosa sino evidenciar el corazón quebrado con el que aún cargo. Es entonces cuando, acorralado por el tiempo que pasamos juntos, escribo con la falsa esperanza de que algún día vuelvas a encontrarme, por error, por azar, por una extraña casualidad casi milagrosa, en estas tristes y pobres palabras. 

Foto: Jack Ward en Unsplash

Luis Bernal.  Estudié filosofía en la UNAM. Demasiado libertino para el rigor filosófico y, paradójicamente, demasiado acartonado para la creación literaria. 

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