Autopsia

el

Por Stivaleit Guerrero:

Todo es culpa de las mujeres

El doctor Santiago Heriberto Debernardi había tenido unas ganas inmensas de ayudar al mundo en su juventud. Que si por probarse a sí mismo, que si por presión familiar, que si por delirios de grandeza… nunca se supo. Sin embargo, no había llegado todavía a los cuarenta años cuando esta genuina inspiración se esfumó. Un tal día de julio llegó a su casa en San Ángel, con una satisfacción merecedora de un premio. ¿El más grande omisor de previas señas femeninas? ¡Cómo no! ¿El único, el mejor, el inigualable jefe de medicina general de un hospital clasista, explotador y relacionado al lavado de dinero? ¡Pero por supuesto! ¿El legado viviente de la familia más acaudalada, la más respetada del estado más pobre del país? Obviamente, no había competencia. La Academia hubiese estado orgullosa de semejante egocentrismo. Tanto así, que el destino aburrido jugó su mejor carta esa misma tarde, tomando forma de esposa olvidada.

Que si podía revisar rápidamente al presidente, le dijo su ama de llaves unos minutos después de pegar el oído a la puerta de su alcoba. Que el presidente no quería que nadie supiera que le dolía la cabeza porque en seguida empezaban los chismes. Y que él era el doctor más cercano. 

Debernardi decidió prescindir de la última parte de la petición e hizo pasar al señor. Formuló un par de preguntas de rutina pero en cuanto más se esforzaba por encontrar razón de mala salud, menos podía concentrarse. Pensaba en su esposa, en lo mucho que la quería y lo mucho que la quería echar a la calle. Dolores regulares en la sien probablemente relacionadas al estrés del momento. No podía concebir una razón justa para encontrarla ahí en la sala de su casa, de esa misma casa que habían escogido y decorado juntos, o casi juntos. En realidad ella había elegido las cortinas y él había dicho “sí”; ella había encargado los tapetes para la sala de estar, para el comedor y la sala de juegos y él había dicho “no” al tapete del recibidor; ella había imaginado una navidad llena de regalos, con una chimenea, un perrito labrador y un par de niños, y él había preferido una navidad en el trabajo. En fin, sí, el presidente se alimentaba tan bien como podía. Solía recurrir los lugares más deliciosos de la ciudad pero cuando sus asuntos lo llevaban a otros estados a veces se malpasaba, nada alarmante. Nada alarmante como el amante que había aparecido un día por generación espontánea. No, no le dolía nada en el cuerpo más que la cabeza.

Despachó al distinguido paciente sin reparar en las consecuencias de estar siempre inmerso en su propio ego. Y como muestra de que su insistencia por sobresalir en sociedad era inútil, por azares del destino aburrido, nunca nadie se lo reclamó.

Todo es culpa de los maestros

José de León Toral comenzó dibujando la cara de su mamá entre girasoles. Dibujó primero un círculo, luego muchos óvalos alrededor y finalmente grandes iris, grandes fosas nasales y una inmensa media luna al centro. La cara de su mamá entre girasoles rodaba entre rayones verdes en cuadernos de Matemáticas. En los cuadernos de Español e Historia solamente había rosas porque eran las preferidas de su abuelita. A pesar de que se llamaban como la niña que más le gustaba en la escuela, las rosas no eran rosas; las rosas eran violetas y las violetas, que adornaban las hojas de los cuadernos de Geografía, eran sólo florecitas porque no se sabía el nombre de todas las flores que veía en el jardín de su mamá ni en el de su abuela. 

Una tarde acalorada de 1908 entró de la mano de su nana a la iglesia. Se sentía más amplia y fresca con las docenas de ramos y macetas ataviadas de esperanza. A pesar de ello, a Josesito le dio algo por mantener su mirada fija en una guirnalda de espinas. Quiso subir hasta el cielo donde le pegaba el sol para poder contar cuántas espinas eran pero se cayó de la silla y lo sacaron de la iglesia con un jalón de orejas. Lo siguiente que dibujó, ya no en  sus cuadernos sino en un aguilucho, regalo de su tío Fermín, fueron orejas. Se sorprendió al saber que las personas no veían lo mucho en común que tenían éstas con los girasoles. 

Todo es culpa del gobierno

El señor Miguel Teposteco Rodríguez era un hombre chambeador y feliz. Desempeñaba gustoso su puesto de obrero en el Distrito Federal. Tan sólo cinco meses atrás se había mudado de Michoacán a la capital porque su primo “El pecas” le había conseguido jale directamente con el patrón. Se estaba cocinando una serie de cambios políticos en el país que requerían poner chula la ciudad. Miguel no sabía de reelecciones, de guerras ni nada parecido porque se había pasado toda su vida poniendo un harto empeño en alejarse de revoluciones y mantener la mente enfocada en el arduo trabajo. Desde pequeño su madre le había enseñado que si se esforzaba lo suficiente podía hacer sus sueños realidad. 

La verdad es que Miguel era una persona bastante sencilla: disfrutaba de tener una consciencia tranquila y pocas responsabilidades. De sueños sabía poco. Quería tener una familia con una esposa obediente y amorosa y unos tres o cuatro chiquillos que lo ayudaran a quitarse los zapatos cuando le apretaran; ningún perro. Pero ya iba a mitad de sus mejores años y todavía no tenía eso. Creía que era buenmozo también porque su mamá se lo dijo. Lo cierto es que como se mantenía activo, ya fuera como fontanero, albañil u obrero, siempre estaba cargando cosas y corriendo con límites de tiempo. Al menos contaba con menos arrugas que sus contemporáneos, con menos enfermedades que sus pupilos. Por eso no se explicaba qué excusa habría de tener la Lupita para rechazarlo cuando él se acercaba. Pensaba que era una buena consideración el pasar a saludar a mitad de la jornada de trabajo, que la muchacha viera sus músculos desarrollados al aire, su estómago firme bajo la camiseta antes blanca, y su sonrisa aún completa. 

—¡Pinche Miguel, ven para acá! —dijo el ingeniero esa tarde del 17 de julio de 1928.

Y el Miguel se apresuró, dejando las herramientas en el suelo y tirando el vaso con Coca Cola. 

—Pinche inútil ¿quieres que nos quiten el proyecto?, ¿qué es esto?

—Pues la alcantarilla, inge. 

—¿Sabes contar? —continuó el patrón, sin prestar atención al primo de Miguel y otros obreros más que presenciaban la escena. Bajó el tono y añadió, sin esperar respuesta: —Ve hasta esa esquina de La Bombilla y de regreso cuentas cuántos pasos te toma venir aquí. ¡Pero ya te estás moviendo, pedazo de..!

Así hizo Miguel. Diecisiete pasos y un despido, porque casi se cae al tropezar con las raíces del árbol que rodeaba la alcantarilla que Miguel dejó abierta sin señalización. 

Todo es culpa de uno mismo

Guadalupe Jehiely Zullylen Solis rechazó la propuesta de volverse actriz porque pensaba que era demasiado lista como para depender sólo en su belleza. 

Ahí en el restaurante hacía lo que quería…cuando nadie se daba cuenta. Sí, era muy grácil y exacta. Lo suyo, lo suyo, era el cocinar pero nadie le otorgaba la oportunidad. Para ella el combinar ingredientes era el ejemplo perfecto de lo que el arte debería ser. No sólo tentaba los cinco sentidos sino que exigía siempre, en cada ocasión, una sensibilidad mayor. Aún no estaba bien posicionada para tocar las herramientas en la cocina y se conformaba con servir los platillos que a su gusto, a veces requerían un toque de comino o se habían pasado de cocción. 

Nadie le preguntaba, ella solita daba la información a los comensales. Recomendaba a diestra y siniestra como si no fuera sólo una muchachita más de la plantilla, de esas que llegan a ver a qué caudillo, doctor, obrero o lo que fuera se ligaban. En una de esas le tocó justamente servir un platillo exquisito al director de cine Emilio Fernández quien aplaudió sus dotes dramáticos al presentarse ante él.

El día que decidió renunciar al trabajo no fue ese, sino otro. Recién había pasado su cumpleaños. Ya tenía la mayoría de edad que necesitaba para largarse del apestoso departamento de su tía. Se había resbalado con un caldo que nadie había limpiado, detrás del estante de comandas y como era menudita y frágil se quedó en el suelo sobándose el coxis. Después escuchó:

—Si no lo hacemos así nos van a cerrar el restaurante. Ya me lo dijo la dueña.

—Pero no Lupita, ella se va a dar cuenta. Dale la salsa a María, esa ni repara en lo que sirve. Lupita tiene un olfato como nadie.

—Ya tú, no seas ridícula. Si ni que supiera a qué sabe el veneno de ratas.

—¿Con eso lo quieren matar? ¡Qué estúpidos son los dueños! ¡Nos van a echar la culpa apenas abran el cadáver!

—Habla claro, chata.

—Esa cosa sale en la autopsia. ¡Si serás imbécil!

—Yo nada más sigo órdenes de los patrones. Nos van a proteger. Y si no lo hacemos hoy, mañana nos corren. 

—Dale pues, las salsas bien revueltas pero no a Lupita, que sea María. Y que sirva a todos los de la mesa para que se vea menos sospechoso.

Entonces Lupita pensó que podría evitar un problema más grande para México si ponía en acción sus dotes actorales. Regresaría a Tlaxiaco con la familia de su papá al día siguiente, sin avisar ni nada pero contenta de haber hecho su parte en la historia del país. Si tuviera una hija le pondría Yalitza, y la incitaría a estudiar docencia para que no hiciera las cochinadas que estaba escuchando desde el suelo. Y si su hija no le hacía caso, lo intentaría con su nieta, o con la nieta de su hija o la hija de su nieta. 

Antes de levantarse se limpió la lágrima que tenía escurrida sobre toda su mejilla morenita. Sentía miedo como nunca en la vida. ¡Ah pero quién la mandaba a tener semejante calidad de sentido culinario, a ser agradable visualmente, a hablar con elocuencia, a tener un fuerte sentido de ética, un alto grado de valentía y a actuar tan bien.

Todo es culpa de Dios

Emiliano Juan Antonio Moreno Julián prometió el día anterior, el 16, que ya se retiraría de esos trabajos deshonestos que sólo se acumulaban en lista de culpas. Su hijo todavía no nacía y él ya podía oler el aroma de su cabecita como nube dulce. Su hijo todavía no respiraba y él ya escuchaba un canto entre sus necesidades de protagónico. El hijo de su mujer todavía no salía al mundo y él ya quería regalarle un mundo mejor, con ocasos más largos y juegos de canicas más animados. 

Desde donde se encontraba, en el techo de un edificio paralelo, podía contar con precisión cada una de las bocas que hablaban. Las más atascadas comían, bebían, hablaban al mismo tiempo, como si la vida se les fuera en esos minutos. Desde la lente diferenciaba las piernas cruzadas de las mujeres en recato y las que con la punta de zapato acariciaban el dobladillo mal hecho de los hombres, también atascados. Y se acordaba de lo mucho que quería a su chaparra, de las piernas que le eran tan conocidas, tan bellas y tan suyas. Ninguna, ni siquiera la muchacha más guapa del lugar, esa morena candente y decidida que por alguna razón no dejaba de traer y llevar y traer salsas, se comparaba a su chaparra. 

Su chaparra era más bien tierna. Era más bien sensual por tierna. Cuando se reía, las pulseras de sus muñecas sonaban y parecía que le hacían eco junto a los labios, cuando se tapaba los dientes, tímida. La amaba, sí que la amaba, porque veía las cosas diferentes a él. Emiliano necesitaba de un aumento en la realidad. 

Cuando, por ejemplo, se le otorgaba la misión de asesinar al actual regente mexicano, podía calcular la distancia que los separaba, lo rápido que debía ir la bala para que pudiera atravesar su espalda, pero no sólo eso, sino también la dirección, humedad y aceleración del viento y el número de estorbos entre ellos: ese árbol justo al medio de ambos guerrilleros, los transeúntes ignorantes, los orquestadores en el restaurante, inclusive. Su mujer, en cambio, podía ver señas claras aunque disimuladas en la marabunta. Tenía el don de prestar atención a los detalles. 

¿Quién más se hubiese imaginado que el mayor jefe de México se secaba tantas veces el sudor en la frente debido a la incomodidad interior de un leve aneurisma no previamente descubierto por el doctor encuernado? ¿Y quién, sino ella, podría visualizar una posible muerte natural como resultado? Sólo ella habría descubierto una conspiración no muy discreta entre los meseros debido a ese nerviosismo en los gestos. Pero ella no estaba ahí. No podía anunciar ningún tipo de desastre. Sólo podía acompañarlo en su agonía, en ese último estirón de gatillo. 

En todo esto pensaba Emiliano cuando alguien más se le adelantó a la encomienda dentro del comedor. Lo único que hizo él fue imaginar que su mujer acariciaba con su mano de leche el rifle de largo alcance. No le pagarían si no encontraban al menos una bala en el cuerpo del difunto. Y él necesitaba ese dinero para retirarse. Dio gracias a Dios por el suceso y después pidió a Dios, por el remate, su perdón también.

Stivaleit Guerrero (nómada, poeta y narradora). Ganó algunos concursos literarios nacionales durante sus años de universidad por lo que cree que puede escribir. En el 2016 publicó su primer libro de poesía titulado My Jam, de la editorial española Chiado. Actualmente radica en la Ciudad de México. Tiene 28 años.

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