¡Qué chula es Puebla!

Por Gabriel Duarte

No paraba de fumar, se sentía desquiciado. Comenzó a leer la primera línea que había escrito: ‘¿El gobernador de Puebla se encontraba en “Sacsa Mayán” desafiando a la muerte?’, ¡no mames!, Gabriel, ¡no-ma-mes!, dijo en voz alta. Tomó la hoja de papel, la hizo bolita y la arrojó al cesto de basura. Volvió a fallar. Los papeles se encontraban ya acumulados alrededor del bote, pues estaba repleto de ideas erróneas, intentos fallidos y tonterías mal escritas.

Volvió a leer las bases del concurso (aunque podría repetirlas de memoria):

El Gobierno del Estado de Puebla, de manera conjunta con Ficción y Enredos Editores, se complace en anunciar la primera convocatoria para el concurso: ¡Qué chula es Puebla!, cuya finalidad será promover las bellezas naturales de nuestro Estado y la bondad de su gente. Las bases son las siguientes:

Podrán concursar todos los escritores mexicanos bla, bla, bla, afirmó con aburrimiento. Se consignará un original y tres copias, bla, bla, bla… adelantó la lectura hasta llegar casi al final. Esto es lo es importante, se dijo a sí mismo: El premio consistirá en la publicación de los textos seleccionadas y un estímulo económico de $200,000 pesos para el primer lugar.

No se olvide que nuestros patrocinadores estarán encantados de tener una ligera mención dentro de las obras. Aeroméxico, quien promueve su nuevo destino: “Sacsa Mayán patrimonio del mundo” y el Gobierno del Estado de Puebla, ¡invitan!  

Los términos “bellezas naturales y la bondad de su gente”, seguían retumbando en su cabeza. Por lo que se le vino de nuevo a la memoria el gobernador de Puebla. ¿Por qué no?, se preguntó. El cuento podría arrancar así:

El gobernador de Puebla se encontraba en ¿“Sacsa Mayán”? (la curiosidad no le permitió seguir adelante hasta que revisó una enciclopedia y descubrió que se trataba de unas ruinas ubicadas en Perú). Total que el gobernador, que en lo sucesivo será “El góber”, se encontraba en unas ruinas arqueológicas. Vestía una guayabera en color hueso y traía un ramo de claveles, caminaba con orgullo para poder acercarse a una mujer con uniforme de azafata. La mujer también lo veía a él, recorrió el camino con lentitud hasta que llegó a su encuentro y con voz sensual comenzó a decirle al oído: “Te quiero, tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos. Te quiero porque tus manos trabajan por la justicia”. A lo que “El góber”, respondió: “Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”.

En resumen, este intento también terminó en la basura. ¡Tantas ideas! ¿Y  no se me ocurre ni madres?, volvió a decir en voz alta, hasta que de repente creyó haber acertado: ¡A huevo! ¡Ya está!, gritó. El cuento comenzará de la siguiente manera:

Desde lo alto de una pirámide “El góber”, se encontraba recostado sosteniendo una soga. De la cuerda pendía el cuerpo de una aeromoza, de una bella aeromoza, que gritaba desesperada: ¡No me sueltes! ¡No dejes que muera, por favor! ¡No lo haré!, respondía “El góber”, ¡no dejaré que te pase nada! ¡Resiste! ¡Resiste!

Tomó el cigarrillo que tenía en la mano, lo observó con calma y dijo: ¿Qué tendrá esta mamada? ¿Y si mejor se muere el gobernador de Puebla? ¿Y si la azafata intenta rescatarlo? ¡Puta madre! ¿Qué hago? Otra hoja de papel partida por la mitad y hecha bola terminó en el piso.

Después de tantos intentos fallidos, el escritor, se encontraba familiarizado con “El góber” y la aeromoza, en cada escena podía verse a sí mismo animando al “góber” y viendo muy de cerca a la guapísima azafata.

Decidió comenzar de nuevo y leer en voz alta:

El gobernador de Puebla se encontraba atado en lo alto de una pirámide sobre una plataforma, que representaba un altar de sacrificios. Una mujer sensual vestida de aeromoza, no, no, no, suena mejor: una sensual azafata de cabellera pelirroja se acercó al altar y comenzó a mover las caderas de un modo sugestivo. Con movimientos sensuales empezó a desprenderse de la ropa. Se acercó a él diciéndole al oído: por fin estamos solos. ¡Tú eres el héroe de esta película!

Y tal vez sobre mencionarlo, pero había una hoja más en el cesto de basura.       

Encendió otro cigarro y murmuró: ¿y si escribiera un relato de esos de sobrevivientes de un accidente aéreo? No suena nada mal. A ver, serían el gobernador y la aeromoza, tendrían que estrellarse y caer en Sacsa Mayán. Por supuesto que podrían intervenir más personajes, no sólo ellos, tal vez un tipo rudo y uno que supiera cazar; un genio medio loco y mujeres exóticas, entre ellas una ladrona, mentirosa y medio golfa; un gordo simpático, siempre hay gordos simpáticos y dos hombres que pelearan entre sí, porque debe existir un conflicto, un choque de fuerzas; como en esa novela de los niños cuyo avión en el que viajan se estrella, se quedan en una isla y se vuelven locos, pero acá sería gente adulta y eso sí, el gobernador de Puebla sería un líder natural. En ese momento pensarán cómo salir de la isla, comenzarían por darse cuenta que sólo podrán lograrlo si encuentran una clave y… ¡Chingada madre! Esa es una pinche serie de televisión. ¿Y cómo se me ocurre? ¿Qué va a pensar Aeroméxico si el avión se estrella? 

Recargó los codos en la mesa y comenzó a jalarse los pocos cabellos que le quedaban. ¡No puede ser!, murmuró. Decidió ponerse de pie y caminar en su departamento para buscar un poco de inspiración. 

Llegó a la cocina, pensaba servirse una taza de café y justo en ese momento decidió regresar corriendo y sentarse a escribir. ¡Tenía otra idea brillante! O al menos eso le pareció. Comenzó a redactar:   

El gobernador de Puebla observa a una hermosa mujer a lo lejos, que parece estar vestida de aeromoza. Camina con garbo y decisión a su encuentro. Sus pasos rompen el silencio al pisar las hojas secas de los árboles. Llega hasta donde ella se encuentra y con voz segura y firme, exclama: ¿Tons’ qué güera? ¿Sácate una chichi pa’ cotorrear? ¿No? ¿O qué?, ¡Óigame pinche viejo pelado!, respondió la azafata.

El escritor suspiró, agachó la mirada, se llevó la mano derecha a la frente, cerró los ojos y comenzó a negar con la cabeza. 

Decidió recostarse por un momento, pues no había dormido en dos días intentando escribir. La verdad es que necesitaba un poco el dinero (poco, no mucho, sólo debía tres meses de renta, la mensualidad del coche, las cuatro tarjetas de crédito y la pensión de sus hijos). 

Llegó hasta su cuarto, se recostó sobre la cama, se quedó dormido y soñó con todas las tonterías que intentaba escribir: pudo ver con claridad al gobernador de Puebla en un avión que descendía sobre una pirámide, los pasajeros también abandonaban el aeroplano, “El góber” corría detrás de una guapísima azafata, momentos después la azafata corría detrás de “El góber” y de un segundo a otro una aeromoza gigantesca y un “góber”, de dimensiones desmesuradas perseguían al escritor.

Después de algunos minutos despertó. Regresó a la máquina de escribir y logró terminar el cuento. Decidió enviarlo al concurso y luego de dos semanas recibió la noticia de haber ganado el primer lugar: $200,000 pesos, ¡por fin!, exclamó emocionado. En la carta que le enviaron, los organizadores, no le aclaraban cómo podría reclamar el premio, así que tras varios días de estar intentando comunicarse con ellos, vía telefónica, y de varios viajes infructuosos a la heroica Puebla (desde luego bastante costosos para él, pues no estaban en su presupuesto), decidió contratar a un gestor. El gestor le cobraría entre el 15 y el 20% del total de lo recuperado, más los gastos que se generaran por la cobranza, a lo que tuvo que resignarse y decir que sí, pues no encontraba otra solución. Pasaron dos semanas y el gestor le comentó que los trámites se llevarían su tiempo, pero que si quería recuperar de inmediato el premio, él podría contratar a alguien que viviera en la localidad para no generar tantos egresos innecesarios, sólo que eso implicaría un 5% adicional de la tarifa preestablecida. En su desesperación, el escritor aceptó. Esa misma semana le comentaron que el pago estaba comenzando a gestionarse, pero que estuviera consciente que habría que devengar, el IVA, el ISR, un impuesto estatal y un cargo federal. A lo que también dijo que sí, de manera resignada. Seis meses después le avisaron que por fin su pago (que a esas alturas, debido a los gastos y a los impuestos, era de $7,000 pesos), estaba por salir, pero que el sindicato de trabajadores de la Secretaría de Cultura de Puebla, se había pronunciado en huelga de manera indefinida.  

Así que decidió olvidar el asunto por completo. Mientras tomaba el periódico y comenzaba a buscar un empleo comenzó a leer: 

El Gobierno del Estado de Pachuca Hidalgo, de manera conjunta con Ficción y Enredos Editores, se complace en anunciar la primera convocatoria para el concurso: ¡Qué bella es la bella airosa!…

Gabriel Duarte Muñoz, (Ciudad de México, 1972). Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Cursó el diplomado en creación literaria en la Sociedad General de escritores de México (SOGEM). En la actualidad se encuentra escribiendo su primera novela.  

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