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Por Gabriel Duarte

Hace algunos años comencé a interesarme por la literatura y los libros. Las novelas poco a poco se fueron acumulando en mi casa hasta que decidí tener una pequeña biblioteca. Me inscribí a varios cursos. En una clase un maestro nos habló de un texto inconseguible: Los sueños de la bella durmiente, escrito por Emiliano Gonzáles. Tan obsesivo como soy me dio por buscarlo. Después de varios meses sucedieron algunas  cosas: no sólo encontré el libro, sino que terminé aprendiendo un poco sobre el oficio de ser librero. Incluso me dediqué un tiempo a conseguir ediciones raras y ejemplares poco comunes para mis amigos.

Me movía la emoción del hallazgo. Encontrar en el sitio menos esperado la primera edición de un texto casi inconseguible y encima por un precio irrisorio. Confieso que lo que más me conmovía era el rostro de felicidad que se dibujaba en el semblante de mis amigos y la gratitud que sentían cuando les entregaba el ejemplar que me habían encargado. De tal forma que también comprendí un poco cómo operan las personas que se dedican a vender este tipo de material para vivir y los lugares que se tienen que recorrer para adquirirlos. 

Un vendedor de libros que conocí, y que me vendió algunas primeras ediciones de Francisco Tario, fue mi guía en este asunto. Llegó un momento en que me sentí como Dante guiado por Virgilio atravesando los siete círculos del infierno en busca de Beatriz. Recorrimos infinidad de tianguis, en estos lugares el material ya está seleccionado, hasta llegar a distintos basureros municipales donde los camiones descargan a las tres o cuatro de la mañana y la gente que compra la basura separa juguetes, ropa, muebles, utensilios de cocina y, por supuesto, libros que serán vendidos más tarde.

Son tales las cosas que un coleccionista podría hacer por conseguir el ejemplar que desea, que en ocasiones me cuesta trabajo creer las historias que llegué a escuchar.

Estando en un café un amigo librero me comentó que vendió una edición de Urbe, impecable, en veinticinco mil pesos. (Urbe es un libro que perteneció al movimiento estridentista que se gestó en México, los bibliófilos lo buscan mucho por la escasez, por los grabados de Jean Charlot y el texto de Maples Arce). Lo adquirió un estudiante que tuvo que tomar “prestadas” las tarjetas de crédito de sus padres para ir de cajero en cajero hasta dejarlas casi sin saldo y así poder obtener el libro (que a mí gusto pareciera impreso en papel de estraza y tan pequeño como el misal que reparten los domingos en las iglesias).  

Otra ocasión me enteré de la historia de un tipo que vendió su auto y se deshizo de sus ahorros por comprar la edición del Atlas pintoresco e histórico de los Estados Unidos Mexicanos, de Antonio García Cubas, por tan sólo cincuenta mil pesos. Al parecer no sólo perdió el auto y sus ahorros, también se tuvo que divorciar, pues su esposa no le tomó a bien el pequeño gasto.

Cada que escuchaba historias así me daba por pensar en la película de Roman Polanski: La última puerta. En ella se ve que la gente podría hasta matar por conseguir un libro. 

El caso  es que yo  pensaba (nótese  el copretérito “pensaba” del verbo jamás me pasaría) que nunca tendría el valor para hacer algo así. ¿Empeñar el alma por un libro? 

A mi gusto hice algo mucho peor. Me explico: tengo (del verbo “tengo” de aún, todavía) un gran amigo, llamado Rafael, que en una ocasión me invitó a su casa, es un tipo generoso y con un marcado interés por la literatura. 

Todo iba bien, la cena, la plática, el ambiente. Recuerdo que mi novia de aquel entonces congenió a la perfección con su esposa, esto era algo muy poco común, pues mi  mujer era medio quisquillosa… perdón, muy quisquillosa… perdón de nuevo, decir insoportable sería lo correcto. De un momento a otro mi amigo comenzó a hablar de su pequeña biblioteca y tuvo a bien llevarme a su estudio (hoy, el lugar de los hechos) donde tenía sus más preciados ejemplares. 

Lo reconocí desde lejos. El incauto libro se encontraba descansando detrás de una vitrina. Aún lo recuerdo, era una obra inconseguible. Se trataba de la primera edición de Historia de un deicidio, cuyo autor es Mario Vargas Llosa (y justo le acababan de dar el Nobel). Es un libro muy buscado y famoso porque, en éste, Vargas Llosa explora una tesis en la que puede verse cómo la vida de García Márquez tuvo una gran influencia en la realización de su obra. Y después de que el autor de Cien años de soledad se peleara con el peruano, por una mujer, “El Gabo” prohibió su reedición. Así que sólo se publicó dos veces y con un tiraje muy pequeño. 

El asunto es que salimos de aquel cuarto y yo no podía dejar de pensar en el título y en las ganas que tenía de leer el libro.

Al preguntarle a Rafael si ya había leído todas las cosas que tenía en ese lugar, me contestó que no y que tal vez nunca lo haría porque a él le causaba mucha satisfacción el sólo hecho de tener los objetos y lo de menos, a veces, era leerlos. Ante esta respuesta comencé a justificar mis actos siguientes. Necesitaba tener ese “objeto”, ¡yo sí pensaba leerlo!

A partir de ese instante sólo buscaba un pretexto para acercarme al lugar de los hechos, las manos me sudaban, estaba desconcentrado y con muy poco interés en la plática, en la cena y en escuchar la música o en ver si mi novia se entendía o no con la esposa de mi amigo. Planeé todo a la perfección (aunque después de varios intentos fallidos: desde mi “acomedido” afán por ir a la cocina a servirles más pasta y ensalada, pero por supuesto que con la firme intención de que nadie me viera introducirme a la biblioteca; hasta las ocho o nueve ocasiones en que fui al baño para intentar acercarme al libro de Vargas Losa, sin poder conseguirlo).

Opté por dejar todo para el final, bajamos en el elevador al estacionamiento y a sabiendas de que mi auto estaba detrás del auto de mi anfitrión, fingí que en ese momento necesitaba ir de nuevo al baño. 

Por supuesto no había nadie en el departamento, así que en lo que él se encargaba de mover los coches y mi mujer, sin saberlo, distraía a la esposa de mi amigo, subí de nuevo al elevador. Feliz y canturreando abrí la puerta, pasé por la sala y recorrí el largo pasillo que había que andar para acceder al estudio. Tomé el libro, procurando tapar el hueco que se dejaba ver con la ausencia de la obra de Vargas Llosa, lo cual logré con bastante sencillez, pues muy cerca se encontraba una enciclopedia  de dimensiones considerables.  

Bajé con un pequeño bulto escondido al interior de mi abrigo. Un poco nervioso, pero mostrando una sonrisa que en apariencia se debía a que la noche fue maravillosa (que de hecho para mí lo fue) y al gusto por cenar con mis amigos. Por último, justo sería decir algunas cosas: 

A) Mientras escribo estas líneas estoy viendo el libro, incluso lo acabo de tomar. 

B) Aún no lo he leído (y no sé si piense hacerlo).

C) Mi amigo sigue siendo mi amigo y para ser muy franco todavía no me arrepiento de haber dejado un pequeño hueco en su biblioteca (o tal vez sí, el siguiente inciso lo aclara).

D) Hace poco me encontré a Rafa, después de haber platicado por una hora con él, me comentó que había perdido un libro de Vargas Llosa, pero se sentía tranquilo porque seguro estaba por allí, en algún lugar de su departamento, me dijo que además tenía dos ejemplares de Historia de un deicidio y justo la copia que él tenía era la que estaba firmada por el autor y por García Márquez.

E) Creo que debo reconciliarme con mi novia de aquel entonces y planear una cena con mi amigo en breve.

F) Todas las anteriores.

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