Nonsense art para todos

Por Daniel Silva

El mundo del arte sigue siendo un terreno exclusivo de la clase alta y de expertos en el rubro. El público mayoritario sólo se dedica a observarlo y a contemplarlo, ya sea como un intento de aumentar su acervo cultural o por obligación escolar. ¿Siguen siendo válidos dichos extremos? ¿O acaso también los “cultos” tienen sus errores al percibir una obra de arte? Angélica Rogel lleva de nueva cuenta este mito a través de Producto farmacéutico para imbéciles, de la dramaturga Verónica Bugeiro que se presenta hasta el 16 de diciembre en el teatro El Granero del Centro Cultural del Bosque. 

Catarino Risperdal (Mario Alberto Monroy) es un vigilante de museo que, tras quince años de labor, siente haber absorbido una cierta noción del arte y por ello emprende un sueño inesperado: ser artista. A partir de una creación suya, Risperdal recibe en una galería a un crítico de arte (Alonso Iñiguez) y una coleccionista de arte (Romina Coccio, alternando funciones con Carmen Ramos) que enloquecerán, en diferentes contextos, ante la obra más reciente del artista.

Desde el título mismo de la obra comienza el sarcasmo: un par de snobs dependientes del artista y sus creaciones, pues tanto la coleccionista como el crítico, demuestran su incapacidad de admirar y contemplar el arte en sus dos (en apariencia) limitantes, por no decir sentencias: la teórica y la económica. Cada personaje defiende su postura ―estereotipo― a través de un lenguaje limpiamente ridiculizado y de vestimentas que recalcan su oficio: ropa estrafalaria, de etiqueta y también el uniforme del otrora vigilante que se resiste a despojarse de su uniforme diario (¿por costumbre? ¿por humildad?).

En apariencia sencillo, el escenario, conformado por una pared decorada con una llaneza y pulcritud dignas de un recinto de arte contemporáneo, y un rectángulo que recibe arena a cuentagotas (símbolo, quizá, del tiempo efímero del arte o del tiempo restringido para el espectador), deja fluir la gama de actitudes que proyecta cada personaje: el artista que se ufana y se oculta del público; el crítico insatisfecho de apreciar su gran descubrimiento en un solo ángulo y la coleccionista cuyo peregrinaje sólo va regando elogios (anglicismos para no variar) cuya única respuesta de su autor es NONSENSE. 

A pesar de las limitantes expuestas durante la puesta en escena, Angélica Rogel, a diferencia de sus personajes, de forma espontánea involucra al público asistente quien sale del molde de una sola apreciación y adopta diversas facetas: elogia, sentencia e incluso forma parte de ese gran proyecto de Risperdal sin darse cuenta. Así pues, una línea de “no cruzar” puede ser burlada sin darse cuenta con tal de apreciar un objeto artístico que ya no pertenece a su autor, si no al público; un cuadro o una representación cuya definición ya no es exclusiva de un crítico ni tiene un precio único fijado por una experta.

Producto farmacéutico para imbéciles presenta funciones hasta el domingo 16 de diciembre los días jueves y viernes (20:00 horas), sábados (19 hrs.) y domingos (18 hrs.)

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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