#TintaVioleta: Reinventarse a una misma en cada caída

Por Brenda Pichardo

Virginia Woolf escribió en Una habitación propia que los referentes históricos literarios de las mujeres eran escasos y la personaje Dolly Wilde —pseudónimo de la protagonista Johanna Morrigan— lo confirma en esta novela al preguntarse sobre las mujeres que escribieron en código erótico, además de Anaïs Nim, así que decide compartir su experiencia erótica. Consternada porque no ha tenido su primer beso, se consuela masturbándose en las noches; sin un amante, al menos “mantengo relaciones sexuales satisfactorias y regulares con un cepillo de pelo”, se dice a sí misma. Más adelante, comienza su vida amorosa y erótica en la que descubre que el placer de las mujeres es diferente, no mantiene una correlación lógica con la pornografía de la que se ha enterado: el acto sexual se termina cuando el hombre eyacula y esa es una idea que la perturba, no la convence, así que decide experimentar con la sexualidad y vivir encuentros que le impregnan en la memoria varios aprendizajes dignos de compartir. 

De ser la chica obesa tímida, pasa a ser la chica obesa segura de sí misma con chaqueta negra, delineador negro en los ojos y pintalabios rojos, se autodestruye para inventarse, ya no es Johanna Morrigan, la que se mete en líos y hace el ridículo, sino Dolly Wilde periodista musical:

“En muchos aspectos, este es el mejor hobby, y el más sano, que podría haber descubierto: ser yo misma. Voy a quitarme este gastado caparazón y voy a subir de categoría”.

Y añade:

“Quiero ser una mujer hecha a sí misma. Quiero conjurarme a mí misma, a partir de cualquier cosa chispeante y que se mueva deprisa que vea. Quiero ser mi propia creadora. Voy e engendrarme a mí misma”.

Devastada por el resultado de sus decisiones fallidas, sonríe otra vez al descubrir una forma de reinventarse frente a los conflictos y desilusiones que van surgiendo. Renunciar a sí misma las veces necesarias para retomar su sendero: ser periodista musical. La certeza de su objetivo la hace proceder con una convicción y humor que sorprende a los demás, “finge hasta que lo consigas”, le aconseja su prima. Ser periodista musical es la solución para ayudar a su familia sumida en una situación de pobreza en un barrio de protección social. Un padre alcohólico que fracasó en su trayectoria de músico de jazz, una madre deprimida, y dos hermanos con quienes comparte habitación —las matemáticas del hogar la angustian. Abandona la escuela a una edad temprana y decide escribir para una revista musical que le abre paso a la contracultura del rock. 

Ya inmersa en el mundo de la prensa musical, habla un poco sobre las mujeres que se abren paso en el rock:

“Y cuando Courtney Love canta «Teenage Whore» (mitad orgullosa y mitad asqueada de sí misma), siento una tranquilidad extraña, y a la vez, excitación. Oír a las mujeres cantando canciones sobre ellas mismas, y no a los hombres cantando sobre las mujeres, hace que de repente todo parezca maravillosamente claro, y posible (…) Toda mi vida he creído que si no podía decir algo que los chicos encontraran interesante, más valía que me quedara callada. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que existía otra mitad del mundo, invisible (las chicas), con la que sí podía hablar. Otra mitad igual de silenciosa y frustrada que yo, que esperaba recibir la mínima señal de salida (el mínimo cultivo iniciador) para explotar y liberar palabras, canciones, acción y gritos eufóricos de alivio: «¡Yo también! ¡Yo siento lo mismo!»”. 

Entre sus convivencias con sus compañeros de trabajo, un día se da cuenta de que frente a la mirada de algunas personas ella es vista como una “plebeya”; no estudió la universidad, no posee los conocimientos de sus compañeros de la revista, y tampoco la delgadez de las chicas con las que acostumbran salir: obesa, marginal y sin estudios universitarios. Enardecida por una discusión y borracha, suelta un discurso marxista sobre las clases sociales, entonces asume que se ha convertido en su padre. Decide que en lugar de lanzar críticas severas, en adelante va a apoyar a las bandas musicales del gueto con sus reseñas y crónicas musicales en la revista, porque comprende su marginalidad, tan parecida a la suya. 

En uno de los capítulos, Johanna evitó su propia debacle cuando decide dejar de ser la chica sumisa y complaciente con los hombres. Descubre que puede alterar su propio destino, que puede decidir. 

Caitlin Moran (Brighton, 1975) narra, con un toque de humor y feminismo antidogmático, la vida de una adolescente que se descubre a sí misma con afirmaciones que luego ella misma contradice. Indaga en su erotismo y en los problemas económicos de su familia en un vecindario marginal, y se da cuenta de los pocos referentes de mujeres en la literatura erótica. Novela con varias alusiones musicales y cinematográficas, como si hiciera un soundtrack misceláneo: una chica que anhela tener libertad sexual sin ser juzgada y ser periodista musical.

La premisa de esta divertida e irónica novela es destruirse y reinventarse a una misma en cada caída. En cada caída la personaje se redescubre a sí misma y atraviesa una transformación moral que le revela nuevas ideas de cómo se hace una chica, porque —aunque en un principio no le resulte evidente— descubre que no hay una sola forma de ser una chica, de ser mujer. 

Cómo se hace una chica de Caitlin Moran, Editorial Anagrama.

Brenda Pichardo (Ciudad de México). Ciencias de la Comunicación, en Facultad de Ciencias Política y Sociales, UNAM. Egresada del Seminario Género, Filosofía y Pensamiento Crítico en 17, Instituto de Estudios Críticos, donde también cursé el Seminario Cine Documental e Historia: confluencias. Renunciando a mi androcentrismo literario. Descubriendo la literatura diversa: otras narrativas, otras voces.

Contacto: brendapich@gmail.com

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