¡Iä! ¡Iä! ¡Lovecraft Fhtagn!

Por Genaro Ruiz de Chávez Oviedo

Una sinuosa necrópolis bibliográfica

Existen ediciones descomunales que provocan en su lector una avidez inusitada, una ansiedad en la que los contenidos son asimilados con voracidad, y cuyas secuelas son inimaginables. Escribiré sobre un caso en particular. Espero no perderme en el camino.

Mis lecturas de Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) se remontan a los orígenes de mi experiencia como lector. Al igual que muchos otros, vengo de esa ruta que inicia en los comics, se adentra en el género fantástico, cruza los lindes del horror y se bifurca posteriormente hacia otras ínsulas extrañas como la poesía o los manuales técnicos de retractiladoras térmicas. Fue así que llegué a Lovecraft de manera un poco enrevesada, después de haber pasado por un puñado de novelas de Stephen King, un libro de cuentos de August Derleth titulado Algo se acerca, y varias antologías de cuentos de horror publicadas por Martínez Roca en los años ochenta en su colección “Gran Súper Terror”.

“La llamada de Cthulhu” fue el primero que leí. Después “La cripta”, seguido de mi relato lovecraftiano favorito, que se mantiene aterrador pasadas las décadas y relecturas: “El color que cayó del cielo”. Todo esto en las populares ediciones de Alianza. Recuerdo haberme topado posteriormente con el fabuloso “Más allá de los eones” y los poemas de Hongos de Yuggoth. Alguna vez realicé la inevitable estupidez de comprar dos o tres volúmenes de Editorial Tomo: La sombra sobre Innsmouth, La Ciudad sin nombre y otros relatos y En las montañas de la locura.

En algún momento me hice de una suculenta novela gráfica escrita por Hans Rodionoff e ilustrada por el magnífico Enrique Breccia. Se titula Lovecraft, y haciendo de lado el originalísimo título, me pareció un buen acercamiento panorámico al mundo y obra del autor de Providence. Está basada en un guión que originalmente fue pensado para un largometraje, pero que por periplos de producción terminó como novela gráfica publicada por Vertigo en el 2003.

Así pasó un buen tiempo antes que los relatos de Lovecraft me volvieran a invocar, lo que sucedió con la aparición de la edición titulada Los mitos de Cthulhu —con una grotesquísima pata de pollo en la portada—, en la que no sólo se antologaban los cuentos escritos por Lovecraft en torno a los Mitos de Cthulhu, sino aquellos que influyeron en su escritura. Crueles son los dioses que me permitieron leer ahí el “Viaje por el país de Yid” de Lord Dunsany, a Robert William Chambers con su Carcosa y el Rey Amarillo, así como ese grandiosísimo-cuento-hijo-de-puta que es “El Wendigo” de Algernon Blackwood.

Cuando terminé esta antología ya me daba por bien servido con el tema de Lovecraft. Sorteando ediciones buenas, regulares y malas, me creé una imagen monolítica del autor y su obra, su significado, pautas y límites. Pobre incauto, me decía a mí mismo: “Ya estuvo bueno de horrores innominables, tiempos pre humanos, icores pungentes, abominaciones extra cósmicas, et caterva”…

No obstante, cuando supe que Akal publicaría H.P. Lovecraft Anotado, una vez más escuché el alto llamado de los gustos literarios rasposos. ¡Guácala que rico!

Aunque voluminoso, pesando cerca de 1.5 kg de pura monstruosidad, el lujoso tomo no incluye las obras completas de Lovecraft. Está constituido por veintidós relatos y novelas cortas, enriquecidos por una selección de referencias fotográficas y las ilustraciones originales que acompañaron las publicaciones en Weird Tales o Astounding Stories.

La edición fue preparada por Leslie S. Klinger, quien también ha anotado libros semejantes como Drácula, Frankenstein o Sherlock Holmes. Hay que reconocer la laboriosidad de este estudioso californiano —fabuloso geek— quien adentra al lector en la obra literaria de Lovecraft apoyado en una bibliografía especializada, extensa y actualizada.

Decir que los relatos reunidos aquí son los mejores de la producción de su autor es peligroso, pero el acierto con que Klinger los ha seleccionado es notable. Ordenadas cronológicamente según su fecha de creación, estas historias permiten recorrer los retorcidos desarrollos estilísticos y temáticos del autor.

En el prólogo de la edición, a cargo de ni más ni menos que el señor Alan Moore, se hace hincapié en el penoso camino que la obra de Lovecraft ha realizado a lo largo de un siglo. Desde su gestación durante la inusual vida del autor, posteriormente, en su publicación en revistas paupérrimas, y hasta llegar a ser del interés académico. Mejor aún, el haberse hecho un lugar por derecho propio dentro de la cultura de masas: “Un triunfo sobrenatural”, afirma el sombrío Moore. Afirma bien.

Yo soy Providence

Creo que la mayor virtud de H.P. Lovecraft Anotado es la capacidad que tiene para derribar monolitos. Aquellas imágenes anquilosadas que se han construido en torno a H. P. Así, la mejor manera de penetrar las tinieblas en torno al morador de Providence es sumirse en ellas para comprender quién y cómo era: conservador a ultranza y exaltador del espíritu puritano de unos incipientes Estados Unidos. Acaso misógino, obsesivo con respecto a la orientación de sus lecturas y producción literaria. Ciertamente racista, con explícito apoyo a prácticas eugenésicas, y fuertes inclinaciones —más ideológicas que prácticas—  por los diversos fascismos europeos que alcanzaban su auge en aquellos años en que escribió el grueso de su obra.

Un autor que percibía el mundo a través de una tremenda brecha, o por medio de dicotomías que hoy día nos sonarían a chabacanerías epistemológicas positivistas. No obstante, en estas grietas violentas que le separaban del resto del mundo se engendraron todos los horrores sobre los que escribió.

Desde el abismo de sí mismo nacía la proclividad por la fantasmagoría, de su linaje anglosajón la aversión por lo mestizo. De su padre, internado en el manicomio con neurosífilis, le venía la locura; la aprensión de la madre y las tías, la vida enclaustrada en la biblioteca del abuelo, así como un breve e infeliz matrimonio con Sonia Greene… Muchas son las circunstancias biográficas que nos dan claves de entrada a su imaginario de razas degradadas, las viejas ciudades coloniales de la costa este de Estados Unidos en donde la brujería pervive, devoradores cósmicos, vaginas dentadas y realidades temporales que se sobreponen como las capas de una cebolla.

El bestiario urdido por ese genial escritor no es sino la negación de la humanidad, cuyo gran tema fue delinear lo informe y nombrar lo innominable que habitaba en “El Otro”. Claro, todos estos factores son meramente circunstanciales frente a su singularidad. Es una injusticia leer a cualquier autor con las gafas ideológicas del presente a costas de su valor intrínseco.

Todo lector de Lovecraft sabe qué esperar al iniciar la lectura de uno de sus relatos: El pasaje testimonial de un personaje enloquecido que pretende conservar algo de cordura, el giro siniestro y la culminación con la revelación terrible que cimbra las bases sobre las que la humanidad se ha construido a sí misma. No obstante, ese mismo lector siempre queda anonadado al finalizar el relato, se regodea en su incomodidad progresiva.

En la obra de Lovecraft radica una poética generadora de imágenes, así como un estilo único:

“¿De qué negros pozos de miedo o sensibilidad aquerónticos, de qué insondables abismos de consciencia extracósmica o de una oscura heredad largo tiempo latente, salían aquellos atronadores gruñidos parcialmente articulados?”

¿Qué lector que lea esto no asocia inmediatamente estos juegos de adjetivos con el nombre del autor? ¿No es acaso uno de los estilos más reconocibles de la literatura moderna?

En este punto, es una verdad de Perogrullo afirmar que Lovecraft se ganó un lugar junto a su ídolo plenipotenciario Edgar Allan Poe como un maestro del horror. También nos quedamos cortos al decir que fue un visionario en el campo de la ciencia ficción, o que ya tiene un nicho oscuro y adorado dentro del canon. Su singularidad ya le había apartado un lugar desde el primer momento en que comenzó a escribir. “¿De dónde mana nuestra inagotable curiosidad hacia este individuo poco mundano y agresivamente anticuado?”, se pregunta Moore. Aventuro a responder que se debe a que éste nos invita a inspeccionar nuestra propia monstruosidad.

Agradezco el haber recorrido en su momento esa sinuosa necrópolis bibliográfica, así como la lectura del portentoso volumen de H.P. Lovecraft anotado. Esta última me ayudó a derrumbar la imagen que me había construido del autor, erigida con base en ediciones deficientes y miradas sesgadas. En su lugar se alza otra figura, mucho más nítida y terrible. También es más humana.

¡Iä! ¡Iä! ¡Lovecraft Fhtagn!

H.P. Lovecraft anotado, edición y notas de Leslie S. Klinger, trad. Axel Alonso Valle, Ediciones Akal, Madrid, 2017.

Genaro Ruiz de Chávez O. (Ciudad de México, 1984)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Poecraft dice:

    Excelente reseña de una también, al parecer, excelente edición. Me incomoda un poco el tamaño y el peso del libro, pero por lo que has escrito vale totalmente la pena. Sin duda para considerarse.

    Saludos.

    Me gusta

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