Cotidiana melancolía

Por Luis Bernal

“Pues tanto llanto en el mundo a tu comprensión

Escapa”.

                    William Butler Yeats, El niño robado

A veces me siento triste. Aquello ocurre súbitamente, de imprevisto, sin ningún síntoma que me advierta del pálido advenimiento. Muchos piensan que la tristeza es brusca, violenta, pero no es así, al menos no conmigo. A mí me llega lento, tenue, casi grácilmente, y por eso no me doy cuenta de ello hasta que ésta ya se ha asentado en lo hondo de mi pecho.

De día, de noche, entre las horas indecisas bañadas de ocaso o de aurora, en habitaciones ausentes, en esquina repletas de gente, bajo las palabras ajenas de un extraño visto por primera vez o inmersa en silencios densos y compartidos, la tristeza y el llanto me invaden, pues carecen de horarios y desconocen la prudencia. Una puede estar de lo más tranquila, mirando plácidamente por la ventanilla del bus, y de pronto, bajo un cauteloso silencio, la tristeza llega y el mundo se empaña al igual que el cristal frente a nuestro rostro. O, con mayor frecuencia, una puede estar tumbada en la cama, tratando de recuperarse de una madrugada demasiado larga, y, de la nada, sentir que el pecho se vacía mientras las lágrimas caen a raudales; entonces las cobijas nos envuelven y los sollozos son contenidos entre los pliegues de la almohada.

Tal vez a eso se refería mi madre, aquella mujer a la que solía llamar mi madre, al decirme, cuando decidía abandonar su tan acostumbrado mutismo sepulcral, que llevaba el dolor en los ojos, y yo, pequeña e ingenua al igual que hoy, no comprendía el significado de sus palabras. Ahora creo, aunque no pueda asegurarlo, que la entiendo, poco, casi nada, cuando al caminar por la calle mis piernas se detienen ajenas a mi decisión, como incitadas por ese pesar tan paradójicamente liviano que torna todas las cosas grises; o cuando al mirar por el borde de una balaustrada me aterra la idea de no poder detenerme ante el encanto del vértigo y el vacío.

A veces la extraño, tanto que hasta duele; extraño su rígida silueta sentada en la obscuridad de la sala, sus ojos carentes de parpadeo y emociones y su boca fija, reducida a una diminuta línea horizontal, extraño sus dedos largos y fríos, el olor a naftalina que desprendía su ropa, y sus anteojos sosteniéndose en la punta de su nariz, pero sobre todas las cosas extraño ese discreto gesto, casi inexistente, casi feliz, que tenía al posar su mirada sobre mí; gesto siempre interrumpido por la llegada de mi padre, aquel hombre al que siempre me he negado a llamar padre. A él no lo extraño, por el contrario, intento olvidarlo; sin embargo, me resulta imposible porque él se parece mucho a la tristeza que, de cuando en cuando, me embarga. Su denso y torpe andar, la barba impregnada de aroma etílico, los surcos ásperos en su rostro y la voz ronca y árida; todo él me entristece, lo hace hasta la náusea. Las orquídeas en el balcón de la acera de enfrente, las ventanas invadidas de puntitos pluviales, y todos los pequeños accidentes cotidianos también me tumban, me quiebran. Y es que, contrario a lo que se piensa, llorar con el alma desfondada no es cosa fácil, cansa, y una termina exhausta y entonces resulta necesario ir, con cierta desgana, a tomar un helado al centro o pasarse la tarde en los muelles, contemplando la frontera del océano, como para entender que el silencio del mundo no es tan grande y que las pequeñas cosas, como aquel gesto imperceptible esbozado en el rostro de mi madre, son suficientes para no caer hasta el fondo.

Hay días buenos y días malos, días en los que el té con dos terroncitos de azúcar es suficiente para abrir los ojos y levantarse, y días en los que cosas tan sencillas como hablar, andar dos pasos o preparar el desayuno resultan impensables. Esa extraña dualidad me ha llevado a pensar que, posiblemente, no soy una, sino algo más, dos como mínimo. La primera es aquella que desciende las escaleras silbando la canción de la radio, mira desde la azotea las luces citadinas o deja la frutilla de las tartas hasta el final. La segunda, mucho más silenciosa, permanece pasmada por horas mientras cuelga en el borde del colchón, enciende un cigarrillo y, olvidándose de él, lo deja consumirse sin siquiera tocarlo con los labios, y es incapaz de contener el llanto al encontrar algunos cipreses por las calles.

Al mirarme en el espejo, no sin cierto desconcierto, me resulta imposible distinguir cuál de las dos soy. Probablemente esté en medio, como una grieta, como una falta, como un lugar siempre ausente.

Un día, hace tiempo, no recuerdo exactamente cuándo, un hombre de voz pausada y modales cautos me dijo que encontraba fascinante el contraste entre mi piel blanquecina y la obscura profundidad de mi cabello. Sonrió, como pocas veces he visto sonreír a alguien, al tomar mi mano para besarla suavemente. Yo, tan acostumbrada a la imperturbable oquedad en los rostros de la gente, di media vuelta y no regresé jamás. En ocasiones le recuerdo, con algo que casi podría llamar afecto, y pienso en todas las veces que, movidos por un falso azar, nos encontrábamos accidentalmente debajo de la sombra de los olmos del parque. Me miraba, con esos ojos tímidos tan suyos, mientras nos perdíamos entre los senderos. Suelo preguntarme si su presencia, eventualmente, habría cambiado las cosas. Tal vez sí, después de todo fue él quien me enseño a vagar entre las calles y a visitar los muelles. Algunas tardes le busco, sin mucha esfuerzo, sin mucha prisa, entre la brisa y el sol. Pero también es cierto, no puedo negarlo, que nunca dejó de resultarme ajena y extraña la delgada composición de su rostro, la cuidadosa manera con la que llevaba mi cabeza hasta su pecho y la pulcra delicadeza con la que solía tomar los cubiertos al comer. Él se ha ido, y, quizás, yo también.

A veces me siento triste. Aquello ocurre súbitamente, de improviso, sin ningún síntoma que me advierta del pálido advenimiento.

Luis Bernal. Estudié Filosofía en la UNAM. Demasiado libertino para el rigor filosófico y, paradójicamente, demasiado acartonado para la creación literaria.

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