La imaginación de lo creado: “Muerte sin fin”

el

Por Rafael Casarrubias Balderas

Cuando hablamos de la forma del sujeto, el yo poético o la voz narrativa, en el poema de José Gorostiza (1901-1973), “Muerte sin fin” (1939), no nos referimos a un cuerpo o a una estructura cohesionada en una unidad corpórea, sino más bien a una especie de masa o nube ambigua, como el agua, que se delimita y se asienta en un vaso. Esa forma, ese sujeto agua, se reconoce en el vaso, en el molde que la contiene, y de ese reconocimiento cobra conciencia. La única característica del sujeto —que no tiene cuerpo, ni apariencia física— es la de tener una visión acentuadamente aclarada y transparente, o hipersensible, de su realidad o condición de existencia.

De esta manera la percepción de la realidad no se dirige hacia el exterior, hacia un mundo extrasensorial, sino que se sumerge hacia el conocimiento de lo interior, hacia lo más profundo de su esencia: flor mineral que se abre para adentro/hacia su propia luz.

Todo sucede en un instante; el poema es la descripción de un momento en el que el tiempo está privado de su consecución natural y se ausenta o se ralentiza hasta la detención casi total en un minuto: “un instante, no más,/ no más que el mínimo/ perpetuo instante del quebranto”. El sujeto no está inserto en un tiempo mensurable, el tiempo al que estamos subordinados y que compartimos en colectividad, sino un tiempo individual, alargado y extendido.

El sujeto, lleno de sí mismo, sumergido en su propia razón, colmada de conciencia y lucidez, hasta desbordarse, (“mi conciencia derramada”) hecho pura sustancia, se siente en sí o se asienta en su forma-contenedor, se reconoce en ella en un instante onírico y, ya sin tiempo o sumergido en el tiempo perpetuo (“es el tiempo de Dios”), se enfrenta, en transparente visión, con la horridez pavorosa de una muerte eterna.

Pero no ocurre nada, se trata de un claro y prístino sueño: “Mas en la médula de esta alegría,/ no ocurre nada, no;/ sólo un cándido sueño”. El sujeto se vuelve un momento onírico en donde toda la descripción del poema y todo lo enunciado se subordina a esa conciencia interna de donde todo nace y es concebido, desde la “inteligencia, soledad en llamas/ que todo lo concibe sin crearlo!”. El sujeto y la materia son pensamiento puro que se alojan dentro del momento onírico. Los sentidos, que no perciben lo externo, se conjugan y se fusionan para, en un único súper sentido, recibir de forma aguda las visiones internas de las sustancias esenciales en un momento onírico. Cuando en el poema se habla de inteligencia, no se refiere a una capacidad racional de pensamiento reflexivo. La inteligencia es concebida desde el sueño, desde la subconsciencia (utilizando un término freudiano). En el plano onírico la inteligencia se vuelve, deforma irreductible, imaginación.

Así, cuando se dice: “inteligencia, soledad en llamas/ que todo lo concibe sin crearlo”; bien se podría cambiar la palabra inteligencia por imaginación, y de hecho es lo que realmente revela la palabra y se esconde en ella. La inteligencia percibe, descifra, reflexiona y deduce la realidad; la imaginación concibe y crea una nueva realidad o subrealidad. De esta forma, vemos que efectivamente la palabra inteligencia pude ser interpretada como imaginación, que es más adecuada.

Desde ahí el sujeto-sustancia, sin cuerpo, sujeto líquido, imagina y concibe a eso que le da forma: el vaso o Dios. El sujeto está dotado de una hiperconciencia, de una percepción agudizada hasta los límites, transparente y clara; ahí tiene la capacidad de entenderlo, o más bien concebirlo todo, o ambos: comprensión y creación totales. Ahí se le aparece la materia que le da forma, la forma Dios: “Tal vez esta oquedad que nos estrecha/ en islas de monólogos sin eco,/ aunque se llama Dios,/ no sea sino un vaso/ que nos amolda el alma perdidiza”. El sujeto y su creador se revelan uno al otro en una unidad en la que ambos son lo mismo y uno se refleja en el otro: “como un espejo del revés, opaco,/ que al consultar la hondura de la imagen/ le arrancara otro espejo por respuesta”. El sujeto busca concebir a su creador que los siente y lo percibe en sí mismo, pero cada que le quiere dar una forma independiente y autónoma no hace sino que reflejarse en él. De esta manera, contemplándolo, contempla a sí mismo, atrapado en él y en su imposibilidad de desasirse y desvincularse de ese que es otro, al que no le puede dar otra apariencia que no sea su reflejo. Así, cada que navega en lo más profundo de sí, la alteridad se vuelve más una fusión y un desprendimiento de la mismidad, atrapados o encadenados el uno al otro.

Es un proceso infinito, cíclico. El circulo se termina y vuelve a empezar: como el vaso que es redondeado y que contiene al agua y le da forma. Muerte sin fin es un poema redondo. En la notable y grandiosa capacidad de José Gorostiza para crear una poesía magistral en la que no profundizaré demasiado— uno de los versos que refleja de forma perfecta el ciclo o la redondez del poema es: “¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?”. Es un verso perfectamente redondo, puede ser cortado y empezarse a leer desde la mitad y mantener su sentido: “¿Si no, si un vaso no, qué puede ser?” O “¿Si un vaso no, qué puede ser, si no?” Verso fundamental en el poema y, quizá, todo el poema se podría reducir a ese verso.

En su estado de mayor completud en donde su sentidos, o su único sentido, se agudizan, el sujeto quiere ser más él mismo, como nunca lo ha sido. Quiere, además, llevar a cabo la función esencial o primigenia que cumple para el otro. Así el sueño se sueña, el agua tiene sed: “Trae una sed de siglos en los belfos, una sed fría, en punta, que ara cauces”; y el sonido se oye: “un ardoroso incienso de sonido;/ quiere, además, oírse”. El agua, que le quita al hombre la sed, se llena de la necesidad humana de nutrirse del vital líquido, el agua hidrata y tiene sed al mismo tiempo. La pregunta fundamental sería: ¿cuál es la función elemental que el hombre cumple para Dios y para sí al mismo tiempo?

Dentro la creación onírica, hay otro nivel o subnivel de concepción y, así, el sueño se desdobla, para que en su realidad, el sueño sea creación de alguien más y sea capaz, él sueño mismo, de concebir otra creación onírica. De esta manera el sujeto es la forma y es conformado por una alteridad de igual manera. El hombre es creación de otro pero de la misma manera él es capaz de crear; el agua le da la forma al vaso y, al mismo tiempo, el vaso se conforma también por el agua:

“Pero el vaso

  —a su vez—

cede a la informe

condición del agua

a fin de que —a su vez— la forma misma,

la forma en sí, que está en el duro vaso

sosteniendo el rencor de su dureza

y está en el agua de aguijada espuma

como presagio cierto de reposo,

se pueda sustraer al vaso de agua”.

En sujeto y su forma conviven atrapados el uno en el otro como en un: “hermético sistema de eslabones/ que apenas se apresura o se retarda/ según la intensidad de su deleite”. El uno y el otro se mimetizan, entrambos son sustancia en la que se reflejan y, amorfos, se vuelven unidad homogénea: “En el nítido rostro sin facciones/ el agua, poseída,/ siente cuajar la máscara de espejos/ que el dibujo del vaso le procura”. No se tiene bien claro si el alma es el agua moldeada por el Dios que es el vaso, o si el hombre es el vaso, la forma que se refleja en el agua, la sustancia. La voz poética o el yo narrativo oscila y transita entre el vaso y el agua.

No hay, en el poema, una acción más que ese encuentro, esa visión del agua y el vaso. Es la revelación máxima, en el instante en el que está ausente la temporalidad. Ahí, la conciencia desbordada, que permite que el sujeto se encuentre con esa alteridad interna o mismidad divina, comienza su muerte o destrucción. Esa concepción que produce la inteligencia, esa creación onírica es el lugar desde donde todo existe. En el momento del encuentro con la visión de su propia muerte, se crea una explosión de los sentidos en donde todo es concebido de forma instantánea. De forma inmediata, todo eso que es producido por la inteligencia, en el momento fúnebre, comienza a morir también: todos se dan a un frenesí de muerte. Es como la aparición de una chispa que emerge y estalla en un instante y dentro de esa pequeña chispa cabe todo lo existente. Pero la chispa inmediatamente se desvanece, borrando con ella toda la creación del universo.

Todo lo que los sentidos habían concebido y creado, cuando comienza la destrucción del sujeto, empieza a morir con él, todo desaparece. Comienza una enumeración de entes o seres que, en un plano material de la realidad, habitarían en la naturaleza de los vivos, en una percepción extrasensorial. Se describe la muerte de los peces, las aves, los animales, las piedras preciosas, las plantas, los árboles; desaparecen las estrellas y los astros y todo el universo se contrae en el minuto mismo del quebranto. Todo empieza a explotar hacia adentro, a implosionar:

“cuando todo —por fin— lo que anda o repta

y todo lo que vuela o nada, todo,

se encoge en un crujir de mariposas,

regresa a sus orígenes

y al origen fatal de sus orígenes,

hasta que su eco mismo se reinstala

en el primer silencio tenebroso”.

Lo novedoso del poema es la idea de que la naturaleza está subordinada y es concebida a partir de la percepción del sujeto, en donde todo existe. Cuando la conciencia desaparece, el mundo exterior desaparece con ella. La interpretación principal del poema —o al menos la que a mí me parece más adecuada— es que todo habita dentro de la inteligencia, y como ya lo habíamos explicado, la inteligencia que todo lo concibe sin crearlo se vuelve imaginación. De esta forma, la sustancia de todo lo existente es la imaginación. La teoría del poema es que cada uno de los elementos que componen la naturaleza, y su existencia, están sustentados a partir de la imaginación de alguien más. La materia es pensamiento puro, de un ser que le da forma, y cuando ese sujeto o esa conciencia, a lo que todo está subordinado, muere, todo desaparece con ella. Así, la forma está concebida a partir de la percepción del sujeto: alma y Dios, vaso y agua, morfológicamente, son producto de la conciencia o la imaginación uno del otro. Es una idea poética o literaria: la existencia del hombre, y de todo el universo, se da a partir de alguien, o algunos, que nos está imaginando y no existimos si ese ser no continúa creándonos con su pensamiento o con su imaginación.

Al final del poema, con la destrucción total de la existencia, no queda sino: “el Espíritu de Dios que gime/ con un llanto más llanto aún que el llanto”. Algunos dicen que Muerte sin fin es un poema profano y sacrílego. Sin embargo, el poema no niega la existencia de Dios, sino sólo de su forma. Hay un espíritu divino al que el sujeto le da forma y moldea como el vaso al agua. Existe una sustancia divina y cuando el pensamiento quiere aproximarse hacia el conocimiento de esa sustancia, no encuentra más que un reflejo de sí. La sustancia es inasible para la percepción mas que cuando se pierde la forma, en el momento en el que ambos son sustancia pura. Así, la razón no puede dar forma a Dios y para explicar la existencia divina tiene que antropoformizar a la divinidad. Muerte sin fin no es un poema ateo, no niega a la divinidad, sino sólo a la doctrina. Quizá el poema aspira a la revelación de una sustancia divina única o universal, a la que cada religión le da forma de diferente manera, porque Dios es el reflejo en el que cada sociedad se proyecta.

Al final está la muerte, pero una muerte infinita:  muerte sin fin de una obstinada muerte. Es un final redondo. La muerte es regreso al estado primigenio, al primer silencio tenebroso, en donde todo vuelve a comenzar, ahí la cirularidad del poema y la redondez de la que ya hablamos. La muerte es el regreso a la preexistencia. Se cumple un ciclo pero comienza, de forma irreductible, uno nuevo. Un tiempo cíclico: el minuto, que tanto se menciona en el poema, también es circular, es la vuelta, el regreso a donde se comenzó, es el cumplimiento de un ciclo que se manifiesta en el ritmo: “Pero el ritmo es su norma, el solo paso,/ la sola marcha en círculo, sin ojos”. El sujeto atrapado o encadenado en donde “se consuma este rito de eslabones,/este enlace diabólico/ que encadena el amor a su pecado” experimenta una muerte infinita, una muerte sin fin.

Rafael Casarrubias Balderas (Ciudad de México, 1988). Estudió Letras Modernas Italianas en la UNAM. Imparte cursos de lengua italiana y se interesa por el aprendizaje de lenguas extranjeras.

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