La escritura de lo ausente

Por Luis Bernal

Todas las nubes se confesaron con la tierra

Mi dolor ocupó el lugar que dejaron

Y cuando adoleció entre mis cabellos

La mano impenitente

Quedé preso en un nudo de pena.

        Odysseus Elytis, Clima de la ausencia

Vasili Kandinsky, inmerso en el espíritu de su época, realizó uno de los ejercicios autoreflexivos más prolíficos en la historia de la pintura. Su objetivo era llevar a cabo un minucioso análisis de los elementos del arte pictórico. Aquello le permitiría entender la unicidad de la disciplina a la que dedicó su vida y, a partir de ese mismo análisis, expandir los límites y liberar las potencias creativas del arte en cuestión.

Los resultados de esa magna investigación pueden encontrarse, evidentemente, en los cuadros que pintó y en los textos que escribió el denominado padre de la pintura abstracta. Es en Punto y Línea sobre el plano: Contribución al análisis de los elementos pictóricos donde la formulación de dicho proyecto se plasma explícita y directamente.

En el texto, Kandinsky inicia su reflexión con el punto geométrico. De él dice lo siguiente: “El punto geométrico es invisible… Pensado materialmente, el punto semeja un cero… Para nuestra percepción este cero —el punto geométrico— está ligado a la mayor concisión. Habla, sin duda, pero con la mayor reserva”(1). Entonces, el punto tiene dos rasgos primarios y esenciales: Es una especie de nada que, no obstante, opera como la posibilidad de todo desarrollo ulterior, y, mediante un movimiento que roza la paradoja, habla desde un lugar cercano al silencio. (Kandinsky continúa: “En nuestra percepción el punto es el puente esencial, único, entre palabra y silencio” 2).

Esa descripción general del punto que hace Kandinsky podría utilizarse, al menos tentativamente, para describir la motivación principal de la escritura de Marguerite Duras. En otras palabras, Duras escribe lo ausente, aquello que permanece entre el silencio y la palabra, y encuentra ese sitio en un gesto, un punto intensivo que implica en sí mismo la complejidad de una vida.

En El Amante, una de sus novelas más conocidas, Duras crea bajo la forma antes expresada. El texto, que le ayudó a obtener el renombrado Premio Gouncourt, narra el marco existencial dentro del cual acaeció uno de los eventos más relevantes de su vida, la vehemente relación amorosa que mantuvo durante su adolescencia con un hombre mayor.

La nada, ese espacio cercano al silencio, es aquello que busca escribir: “La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie”(3). Marguerite Duras intenta alcanzar los límites de la experiencia y las experiencias límite, los rincones más íntimos de la sensación, en donde las palabras rozan su imposibilidad. “Lo que aquí ocurre es precisamente el silencio, ese lento trabajo de toda mi vida” (4). La miseria, la desolación, el dolor y el abandono son parte de eso que rebasa al lenguaje. Será la muerte, esa posibilidad de la imposibilidad absoluta siempre latente, la cúspide de la experiencia límite (5). Incluso el amor que comparte con su amante, junto a los episodios carnales, serán descritos oblicua e indirectamente. “Dice que está solo, atrozmente solo con este amor que siente por ella. Ella dice que también está sola” (6). Entonces, se hace visible el proyecto de Duras como una rebelión en contra del eterno dolor que acosa una vida, la desoladora inexpresividad de la sensación y la subrepticia mirada de la muerte siempre atenta. Su prosa representa un esfuerzo, cercano a Sísifo, por hablar de lo silente, por escribir aquello que falta.

El segundo rasgo en la obra de Duras gira en torno al gesto, punto de concisión de toda esa experiencia casi inasequible. Su madre, fotografiada  en el patio de la casa, deja ver la desgracia de su vida, el nihilismo que le inundó el alma, su desgana de vivir.

No sé quién hizo la fotografía de la desesperación. La del patio de la casa de Hanoi. Quizá mi padre por última vez…Los dos murieron a la hora y fecha de los pájaros y de las imágenes. De ahí, sin duda, la admiración que sentíamos hacia la sabiduría de nuestra madre, en todas las cosas, comprendidas las de la muerte (7).

La propia Duras escribe que en su rostro llevaba la vida que le esperaba. Como si en la imagen de ella a los quince años estuvieran contenidas, esperando el momento para estallar, los rasgos de la vida que estaba por venir.

Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer…Para mí todo empezó así, por ese rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los hechos (8).

Así como Kandinsky hablaba del punto y su naturaleza concisa, como un inicio que ya contenía el porvenir, Duras encuentra en su rostro, en la fotografía de su madre, en los encuentros con su amante, la premonición, el principio, del tiempo que vendrá; el rostro lleva dentro de sí las potencias, en su caso trágicas y eternamente dolorosas, que atravesarán la vida.

He ahí los dos movimientos principales en Duras. El gesto en tanto punto que contrae las posibilidades vitales, y el punto en tanto frontera entre la palabra y el silencio. Duras escribe sobre la ausencia; lo hace para evitar que ésta nos engulla. La palabra como arma contra el inevitable silencio de las cosas.

Notas:

1 Kandinsky, Vasili. Punto y Línea sobre el Plano: Contribución al análisis de los elementos pictóricos (1975). Barral Editores, Barcelona, España, pág. 21.

2 Íbidem.

3 Duras, Marguerite. El Amante (1989). Tusquets Editores. Barcelona, España, pág. 15.

4 Op. Cit, pág. 36.

5 En el texto de Marguerite Duras, El mal de la muerte, este impulso se ve con toda claridad. La relación entre dos “amantes” lleva en su seno el mal de la muerte. Existe algo inviable en las cosas, en los otros. Como si la fatalidad del deceso marcara la vida desde el inicio, dotándola de un silencio inevitable.

6 Op. Cit, pág. 50.

7 Op. Cit, págs. 43-44.

8 Op. Cit, pág. 16.

Luis Bernal. Estudié Filosofía en la UNAM. Demasiado libertino para el rigor filosófico y, paradójicamente, demasiado acartonado para la creación literaria.

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