Tiempo perdido

el

Por Fernando Cervantes Radzekov

¿Qué edad tenía en realidad? ¿A dónde se habían ido esos doce años de su vida? Digo, a quién no le agradaría rejuvenecer unos años, ¡pero perder más de una década! El problema tal vez no radica en la diferencia en los registros. Cualquiera puede tener un error humano semejante. Incluso el que existieran dos actas de nacimiento totalmente legales pudiera ser plausible, tal vez su madre, en un arranque de locura… ¿Qué habrá pensado mamá? Si esto era lo que había pasado, ¿por qué se le habrá ocurrido a su madre registrarla con otro nombre cuando ya estaba grande? Las incógnitas la agobiaban. Para mitigar la confusión se sirvió otra margarita. Papá nos dejó cuando yo tenía diez años. Mamá siempre fue sumisa, esperó toda la vida a que regresara. Cuando aceptó que él no volvería, ya había pasado su juventud, y de la mujer que alguna vez fue sólo quedó la madre necia, cuyos sueños vivían en su progenie.

Al volver al escritorio ahí seguían ambos documentos, esperándola, preguntando hasta el cansancio. Podía elegir una vida nueva si ella quisiera, dejaría la carga de sus errores, desaparecería felizmente. Muchas personas lo han hecho, aunque por vías ilícitas, para tapar sus huellas, para desaparecer u obtener alguna ayuda del gobierno. El dinero arreglaba todo, como siempre, incluso la duplicidad de una persona. Pero, si realmente esto había ocurrido, ¿por qué no recordaba nada? A los doce años uno odia los trámites gubernamentales y bancarios, son tediosas las filas, los formatos y los funcionarios, porque la vida no puede reducirse a trámites, según dicen los que saben de la vida, aunque así lo parezca. ¿Simplemente lo había olvidado, así como así? ¿Por qué esa niña no recordaba nada?

Decidió dejar el asunto para mañana, estaba demasiado cansada. Iniciar una vida nueva es más cansado que abandonar la anterior. Además, la necesitan en el trabajo, y qué sería de su madre si ella no está. Renunciar a la vida que ella había elegido sería darle la razón a los que pensaron que era un error dejar a Ulises, buscar sus sueños y encontrarse a sí misma. El peso de la inercia es más soportable que el esfuerzo. Aunque el tiempo pasado se hubiese desplazado, su presente estaba por alcanzarla: había que dormir.

Vuelve a ver el reloj, ya pasan de las doce. La hora iguala los años perdidos. A pesar del nivel de alcohol ingerido no ha logrado noquearse. Necesita algo más fuerte, un clonazepam tal vez, aunque había prometido no volver a tomar somníferos. No quería terminar como una estúpida adicta a los opiáceos. ¿Por qué mamá tenía que haber hurgado en sus carpetas viejas? Justo ahora, que se sentía tan conforme con su vida. Por fin lo de Ulises había pasado, se sentía una mujer nueva, independiente, ya nadie la reconocía como “la que lo dejó”, volvía a recuperar su identidad. Aunque, en realidad, sólo había logrado conciliarse con una tranquila vida sedentaria, era la fórmula del triunfo social, ¿no? Era feliz en su cotidianidad permanente, estática, sin sorpresas. ¡Se había convertido en una persona exitosa! Incluso había planeado tomar cursos de algo, de aquello que siempre estuvo olvidado en su caja de monerías: pintura, un curso de creación literaria, tal vez un diplomado que le ayudara a ganarse un ascenso en su trabajo. No quería conformarse como sus compañeras, a pasar la vida detrás de un escritorio poniendo en orden la vida de alguien más. Tampoco quería que el amor de un hombre fuese una cadena para su libertad, por eso abandonó a Ulises, porque siempre necesitaba de ella, quería transformarla en una señora hogareña que siempre espera al marido con anhelo, preparando todo para su regreso. ¿Entonces por qué dudaba de que su vida fuese verdaderamente buena y no un cúmulo de errores?

Se levantó. Para qué perder el tiempo revolcando entre las cobijas aquello que no tenía sentido. No iba a dormir, no iba a decidirse. Encendió el televisor, aunque realmente no tenía ánimos de entretenerse como idiota con los infomerciales. Necesitaba ruido ambiental, algo que le hiciese sentir menos sola. ¿Recuerdas cuando yo tenía 12 años, mamá? Sí, eras la niña más alta de tu salón. Te hacían mucha burla. Tu papá te consolaba diciéndote que crecerías tanto como él. Luego, como si el tiempo ya no te estirara, te quedaste igualita mientras los demás te pasaban a dejar. ¿Mamá, recuerdas cuando papá se fue? No, mi niña, no lo recuerdo. ¿Por qué no te acuerdas? No lo sé, no tengo una respuesta ahorita, tal vez, cuando seas más grande ambas lo entenderemos. Pero ella nunca confesó pese a que fue increpada innumerables veces. ¿Qué tenía que esconder? Temía tal vez que el amor de madre se sustituyera con el deseo del reencuentro, entonces sería sustituida en su función de dadora de felicidad. Pero el misterio acrecentaba la figura ausente, magnificando las cualidades positivas. ¿De verdad había valido la pena?

Yo esperaba que me dijeses cosas simples, mamá, como que él en las sombras era malo, violento y poco amoroso. Quería escuchar algo que rompiese su imagen luminosa: en realidad tenía otra familia, quería más a sus otros hijos que a ti. Pero el silencio fue más cruel que todas esas confesiones, porque todas las posibilidades se mantenían latentes, acechantes desde cualquier intento de defensa. Entonces, ¿qué debo elegir? Pues también yo decidí callar los bellos momentos que tuve para mitigar el dolor de su partida. Sólo así podía continuar sintiendo que yo también lo rechazaba, con un odio fingido que nunca lograba concretarse del todo. Contigo, mamá, creo que fue lo contrario, en el centro de mi admiración por ti habitaba el rencor, pues de ambas partes eras la única presente. Mi orgullo de hija estaba mezclado de desprecio, pues era lo único que podía acepar en ese instante. Luego comprendí, pues yo también estuve en tu lugar.

Absorta en la incertidumbre, mira en la televisión cómo un sartén mejora la vida de cientos de personas. Puede que haya miles de trastes parecidos en el mercado, pero ninguno como éste, es la cúspide de la ciencia humana. Su superficie antiadherente hace que no se le quede nada pegado, ni un solo recuerdo de los guisos cocinados; incluso lo prueban acuchillando el fondo, pero su resistencia es superior. Todo gracias al esfuerzo de científicos dedicados, cuyo trabajo importó más que su familia, pues el progreso de la humanidad no se mide en hogares destrozados, sino en generaciones perpetuadas en la comodidad. Este es el Superman de los sartenes; así debería de ser todo lo creado por el hombre, resistente, inmutable, invariable.

Tal vez si evita el contacto visual se calmen sus nervios. Piensa. No quería ver el documento. Suspira. Tal vez sea una oportunidad. Irse, dejar todo atrás, sin huellas, desaparecer. La otra yo, la que siempre quiso algo y no pudo, aquella que desapareció por elegir este camino, porque toda acción de elegir implica la negación de algo. Ahí está la otra, en letras de molde, en papel seguridad, con un potencial de vida distinto al suyo. Ahí la negación de lo que siempre quisieron los demás que fuese ella, ahí la aceptación de sí misma. Ahí el camino que tantos recorren en su deseo de libertad total, sin ataduras, pues uno nunca llega a conocerse si no es en el completo aislamiento, donde la marea de desilusiones te destroza dejándote en el fondo. ¿Estaría dispuesta a afrontar un paso semejante?

Suena el reloj. Es hora de ir al trabajo. Las miles de redes que ha formado durante su vida esperan que se una a la armonía de la vida habitual. Tampoco hay marcha atrás. ¿Mamá? Sí, te escucho bien. No hice nada con el acta. La guardé en mis documentos por si algún día la necesito. Nunca se sabe. Sí, ya me preparo para ir al trabajo. Al rato pasaré a tu casa, necesito preguntarte algo de nuevo. Cuelga el teléfono. ¿Por qué no recuerdo nada de papá? Su partida se llevó mis recuerdos con él y me dejó tantas cicatrices. No necesito esta basura. No necesito huir, puedo con la vida que elegí, no necesito de nadie. Soy terca, igual que mamá. Piensa y desgarra el papel hasta hacerlo realmente basura. Una vida potencial hecha añicos.

Fernando Cervantes Radzekov (San Salvador Atenco, Estado de México, 1989). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Redactor en LINNE Magazine. Sus cuentos han aparecido en Revista Marabunta y Revista Hysterias. Sufre de trastornos del sueño y otros males de la psique. Su inspiración: una tesis que lo frustra, venlafaxina y mucho café.

lf.cervram@gmail.com

Twitter: @FernandoCervan3

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