La erótica desventura del Huamantlo | Parte 3

el

Por Genaro Ruiz de Chávez O.

VII. En los pasillos del Imssframundo

Desciende al terrible lugar,

ahí donde se abandona toda esperanza.

Sala de urgencias en el Instituto Mexicano del Seguro Social.

 

El antro custodiado por un rabioso guardia madrugado,

y un enjambre de enfermeras sindicalizadas,

feas, todas, como el ano de una morsa.

 

Los sufrientes esperan en los pasillos,

en las camillas, en los asientos de plástico, en el suelo.

Nada se mueve, todo es inmóvil.

 

Pasan las horas entre una oficina y otra,

escuchando gritos y susurros

sin ver la luz, sin levantar la cabeza.

 

Huamantlo se pierde buscando a Pipiana,

en el laberinto blanco

de pasos de goma y señales en monitores.

 

“¿Quesitieneficha?”

pregunta la funcionaria

agazapada detrás de su ventanilla.

 

“¿Quesitraesucartillaósucarnédeidentificación?”

vuelve a preguntar.

“¿Quesiparaquésiyasemurióynomásmelaquierollevar?”

responde Huamantlo con el corazón exhausto.

“Quenecesitafichaquesinonopuedeproseguirallevarsealaoccsisa”…

 

Huamantlo canta su erótica desventura

—“¿Por qué te nos juistes?

nomás vinistes a cerrar tus ojitos…”—

canta y conmueve

a los sombríos funcionarios del consultorio

a los impíos chacales del perito

a los impasibles burócratas del dolor.

 

Los oídos de la temible funcionaria

se endulzan por un momento.

Sucede lo impensable:

su corazón se ablanda ante el dolor.

 

Dejan a Huamantlo llevarse a Pipiana

junto con una advertencia:

“Más no te detengas ni te vuelvas,

que si lo haces, núnca más lo volverás a ver.”

 

Nuestro héroe se despide:

“Soy más pobre que el más pobre de los negros. 

Solo les puedo decir una palabra de pobres: Gracias”.

 

VIII. Esta madrugada no habrá resurrección

Lleva el cuerpo de Pipiana

en la parte trasera del Mustang Oriflama.

No la voltea a ver. Como si no estuviera ahí.

Sabe qué es lo que debe hacer.

 

Regresar a Salsipuedes.

Dirigirse a su cantón o perderla para siempre.

Sabe qué es lo que debe hacer.

 

Olvidarse de las chestas y los perreos,

de las Felposas y el Obadiah Ron,

de la piedra y los desafueros.

 

Sabe qué es lo que debe hacer.

Pero no lo hace.

 

Se detiene en el Oxxo para comprar pisto.

¿Qué tanto es tantito?

Compra una guama

una pachita, o mejor dos.

 

Comprar una cajetilla de cigarros,

y tal vez un paquetaxo.

Echarle crédito al celular y marcarle a la pandilla….

 

Le paga a la cajera y le muestra

su mejor sonrisa coqueta —arrooz—

porque está bien mamiriqui.

 

Sale del Oxxo, y al regresar,

la Pipiana ya no está ahí.

La ha perdido para siempre.

 

IX.- La desventura de Huamantlo

Huamantlo cachetea las banquetas.

Con babas de Tonayan

riega la hierba mustia.

 

Las campanas llaman a misa en la parroquia.

Las viejas barren las puertas de sus casas.

Cantan los pájaros, pero este día no saldrá el sol.

 

Ya no guarda ninguna lágrima en los ojos,

no nace otra canción más en su garganta.

Está tan lleno de orgías y caguamas insípidas.

 

Sabe que la Felposa, su suegra y otras furias

lo esperan en la puerta de su casa.

Más no le importa.

 

“¿Por qué no cantas ahora?

¿Dónde está tu lira y tu putilla del rubor helado?

¿Por qué no nos vuelves a enamorar con tus canciones?”

Dicen las ménades,

burlonas, hirientes,

cuando lo ven llegar.

 

Huamantlo se entrega a ellas sin resistencia.

Es destrozado. Un descabezado más

en esta ciudad de cuerpos sin cabeza.

Otro cuerpo desmembrado en los callejones del barrio.

 

Este día no saldrá el sol.

 

Aquí la segunda parte de “La erótica desventura del Huamantlo”

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