Enmascarando la vileza

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Por Daniel Silva

Basada en textos shakesperianos, El rey y sus dominios explota el tema del poder ―tan vigente hoy como en cualquier época―a través de la historia de una estirpe de reyes y duques ingleses que, si bien radican en diversas ciudades e incluso en otros países, se disputa la gloria y la corona, esta última símbolo de absoluto dominio y sin la cual todos los aspirantes se sienten incompletos. En esta continua guerra los parentescos sólo sirven para atizar el fuego que tiene a toda la familia en pie de lucha.

Salvo por el trono, que junto a la corona son los símbolos más recurrentes a lo largo de las casi dos horas de duración, El rey y sus dominios no requiere ornamentos ni una escenografía rimbombante: la arquitectura de la Capilla gótica del Centro Cultural Helénico encaja en esta representación y hace sentir a público y actores en un auténtico castillo inglés con todo y sus claroscuros y paredes que presencian toda traición y toda pasión segregados en estos seres supremos y, a fin de cuentas, humanos.

Entre los diversos restos asumidos por el cuerpo actoral está el desdoblamiento de un solo actor en varios personajes ―a veces rey, a veces duque― pues esto va desprendiendo, más que un personaje, las diversas capas que la codicia escala en su travesía hacia el poder y la corrupción. El sendero de cada personaje va iluminándose de diversos colores, pues el sanguinario rojo no es el matiz absoluto; desde la azul tristeza hasta la negra vestimenta que todos los integrantes-actores utilizan, pues dicho color no sólo permea su alma, sino también el luto por la carente bondad del ser humano. Sólo un actor y un personaje se mantiene más o menos estable: el vasallo que aparenta ser un ignorante y un bufón más de la corte y conforme la trama avanza, dicho ser corrobora su tesis sobre el poder y sus macabros senderos.

A veces los diálogos ―cuyas alegorías o metáforas un tanto elaboradas sobre la destrucción y la miseria constriñen por momentos la trama― son agilizados con malabares, alusiones paródicas al rey a través de un títere… aunque el recurso más perfecto del espectáculo es el símbolo de la máscara invertida. Es decir: tras confesar la vileza, esta no es exhibida como castigo; por el contrario, el rostro está condenado a vivir bajo una piel apropiada: la del cerdo, el animal abanderado de la inmundicia. ¿Será este el destino de toda la nobleza? ¿Acaso todo rey está condenado a vivir en un estercolero?

No obstante, el poder es diseccionado frente al público a través de una estructura relativamente compleja. Cada escena es un fragmento sin  aparente ilación, escenas que son un disperso rompecabezas que van dejando guiños al espectador para que este reconstruya (o asocie) una de las varias historias de cada mandatario. Un recurso bastante malicioso que reclama toda la atención del espectador. Toda su capacidad de memoria, aspecto casi carcomido en diversas generaciones a nivel nacional.

Tal es el juego macabro que Guillermo León (autor) y Erwin Veytia (autor y director) plantean a través de El rey y sus dominios, una propuesta del Colectivo Duendes que concluyó su brevísima temporada el martes primero de mayo. Un espectáculo no apto para quien desea conservar pura y casta su ingenuidad.

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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