La apocalíptica Yoknapatawpha County en tres relatos de William Faulkner

el

Por Wilson Guillermo Díaz Rodríguez

Aquí está él, mientras cae la noche eterna

y es como un sueño entre muros grises

lentamente cayendo, lentamente cayendo 

entre dos muros de piedra inacabable y gris,

entre dos muros sobre los que creció el silencio. 

William Faulkner, Si yo amaneciera otra vez

Analizar el Apocalipsis en la región de Yoknapatawpha County, en los relatos “Monje”, “Mañana” y “Un error de química” es interpretar como categoría la oscuridad que habita entre sus habitantes, afirmando que el Apocalipsis no es un fin en el mundo ficcional de William Faulkner, sino la revelación de un entorno al aproximarse al centro de una imaginación literaria. La geografía narrativa es inacabable ya que va abriendo surcos que obligan al lector a participar en ella a manera de cofradía con sus protagonistas.

William Van O’Connor en el libro Tres Escritores Norteamericanos describe la Yoknapatawpha County de Faulkner al decir:

Yoknapatawpha County tiene un área de 2.400 millas cuadradas y una población de 15.611 habitantes. Allí está la rica tierra del delta, abundante en caza; los terrenos arenosos y los espacios cubiertos de matorrales; la ciudad de Jefferson con su cárcel, su plaza mayor y sus viejas casas rezumando decadencia; allí se encuentran Beat Four y Old Frenchman’s Place; existen carreteras polvorientas, pantanos, cementerios, un ferrocarril y el gran río, lento y profundo unas veces, turbulento y destructor en las crecidas. Gentes de varios linajes habitan en Yoknapatawpha County: indios, esclavos, plantadores, soldados de la guerra civil, de la primera guerra mundial y de la segunda; hay guerrilleros, amables ancianitas, explotadores, criados, buhoneros, predicadores, abogados, médicos, granjeros, estudiantes y muchas otras gentes. Las palomas del campanario, el aroma de la madreselva, una tarde bochornosa de julio, el clop-clop de los cascos de los caballos en la plaza; todo esto y mil cosas más constituye hoy para nosotros, gracias a Faulkner, un panorama vivo y, a la vez, intemporal (O’Connor, 1961, pp. 51 – 52).

En los tres relatos “Monje”,Mañana” y “Un error de química”, los protagonistas Stonewall Jackson Odlethrop, Buck Thorpe y Joel Flint se encuentran obsesionados por la sombra del crimen —que se va paseando entre el abismo del mundo viviente—, por el juego y por destilar el whisky y venderlo en las callejuelas ruinosas donde el sol es una bocanada de fuego que cae entre los establos y las corrompidas acciones, que van engendrando de generación en generación sus habitantes.

La prohibición, enemiga por antonomasia en la ciudad de Yoknapatawpha, es un hecho histórico que define el mundo ficcional de Faulkner. El contrabando del whisky, caracteriza la imposibilidad de escapar del apocalíptico universo donde los personajes se ven enfrentados por el acontecimiento histórico que les atormenta, porque el presente solo se ensaña más en sus miserables vidas.

La región es impenetrable, agreste: la población primitiva no acepta la presencia del forastero, pues la fidelidad de sus antiguas creencias y costumbres no permiten intrusos, ni siquiera a los que pertenecen al distrito. Siempre una escopeta detrás de las puertas los amenaza y los gruñidos que hacen sus bocas resecas, por la pipa gastada, tienen relación con la profecía apocalíptica, herencia que arrastra el peso de culpabilidad mortificante que navega en el centro del río Mississippi, de cuyo origen no es absurdo decir que también es el del Aqueronte.

La profecía del Apocalipsis se cumple en el relato llamado “Monje, donde William Faulkner arrastra el acontecimiento bíblico y lo adentra en el Apocalipsis literario, cuando aparece de la nada un personaje que lleva inscrita en la sangre la catástrofe de un fin elaborado por la multiplicidad de abismos infinitos que, a su vez, ondean entre la revelación y la hecatombe.

Pareciera que la narración determina la presencia de lo mítico al describir los espacios en donde sus personajes van amarrando más el nudo de la trama.

Este niño era Monje. Además circulaba la leyenda de cómo siete años más tarde comenzaron a sentir olor a cadáver; algunos de ellos entraron en la choza, donde la señora Odlethrop yacía muerta desde hacía una semana, y hallaron el pequeño vestido con una camiseta tratando de levantar la escopeta de su sitio contra la puerta. No lograron atrapar a Monje (Faulkner, 2004, p. 44).

Los crímenes van tejiendo la trama en la representación física del asesino con características deformadas de las facciones del rostro y que son las de los mal nacidos, los torpes que, en el fondo de sus actitudes, buscan una reconciliación y aceptación con ellos mismos; pero la negación entre sus semejantes hace que su corazón se invierta desde una raíz que van mordiendo, sanando y volviendo a morder el destino quebrantado que les ha deparado el Apocalipsis, donde no encuentran salvación; al contrario, la huida que buscan llevará siempre a la muerte.

Era un joven no muy alto, rollizo, como si tuviera treinta y ocho años en lugar de dieciocho, con el rostro feo, astutamente tonto, ingenuo, cuyos rasgos, más que la expresión, le ganaron su sobrenombre; Monje dio al hombre que lo protegió y alimentó la devoción absoluta y sin reservas de un perro, a los diez años era capaz, según decían, de destilar el whisky de Fraser tan bien como Fraser mismo (Faulkner, 2004, p. 44 – 45).

No se trataba de Buck Thorpe, el adulto, el hombre. Habría matado a ese hombre sin vacilar, de haber estado en el lugar de Bookwright. Era que en algún rincón de aquella carne degradada y embrutecida que destruyó Bookwright, quedaba todavía, no el espíritu quizás, pero por lo menos el recuerdo del muchachito, de aquel Jackson Longstreet Fentry, aun cuando el hombre en que se convirtiera el muchachito lo ignoraba, sólo Fentry lo sabía (Faulkner, 2004, pp. 44 – 98).

La persistente búsqueda, que emprende los encargados de la ley por hacer justicia, chocan entre el clima árido que se condensa en las calles polvorientas para que las indagaciones, los apuntes que se logra rescatar en la libreta polvosa, vaya a desencadenar el foco del tiempo lento que deja pasar castigando las horas o las voces de los condenados que se van alejando entre la espesura de las colinas.

Los espacios construidos por Faulkner en los tres relatos se van cerrando y distanciando por algunas millas; la intervención del automóvil no es ningún progreso, así se tenga la ilusión de presenciar pavimentados los caminos principales de Mississippi para hacer comparaciones vagas con las de Memphis, como sucede en el relato que lleva por título “Mañana”

 Y cada familia norteamericana tendría su automóvil. Íbamos a gran velocidad.

Naturalmente que no —murmuró tío Gavin—. Los humildes e invencibles de la tierra: soportar, y soportar

y soportar una vez más, mañana, y mañana y mañana (Faulkner, 2004, p. 98).

Soportar el apocalíptico mundo —que en ciertas ocasiones también se hace extraño para ellos— muestra que los habitantes de la ficción creada por Faulkner son sombras que cometen el crimen y luego desaparecen en la oscuridad; y vuelven a aparecer como un péndulo que arrastra en el ambiente los sonidos de una naturaleza confabulada con la luz de las luciérnagas o los grillos que cantan entre los troncos cortados en el aserradero.

El silencio en los relatos de Faulkner solo es alterado por el rugido de la escopeta, que hace evidente el asesinato perpetrado. Después de que se ha anunciado la muerte, el silencio se perpetúa ante la impiedad del calor amenazador.

Este silencio es la musicalidad que llega a los habitantes, profetizando que tan sólo en pocos minutos vendrá la bendición no de la luz sino de la oscuridad. Y es ahí donde el ruido emerge de las ruinas y hace estragos, pero después vuelve el silencio, el hermano gemelo del Apocalipsis. La dualidad se ha cumplido y en medio de la naturaleza ruda da a luz un sol de fuego.

A Faulkner le gustaba el silencio, hasta el punto de recurrir a él para explicar por qué escribía: “Prefiero el silencio al sonido —dijo—, y la imagen producida por las palabras ocurre en silencio. Es decir, el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio” (Marías, 2009, p. 61).

En “Un error de química”, las palabras de Joel Flint se hacen contundentes al llamar al comisario y expresarle que ha matado a su mujer. Lo ocurrido empieza a respirar en los rostros desconcertados y trae a colación una serie de sucesos zurcidos por los recuerdos que gravitan en el centro, al revelar la identidad o el pasado de su protagonista. La narración gira entre las remembranzas y las discordias, siempre interrumpidas por el sueño de escapar del infierno que aparentemente es habitable en alguna cercana población.

Fue Joel Flint en persona quien telefoneó al comisario para comunicarle que acababa de matar a su mujer. Y cuando el comisario llegó al lugar del hecho, acompañado por un empleado, después de recorrer en automóvil las veinte millas de distancia hasta el apartado paraje donde vivía el viejo Wesley Pritchel, Joel Flint en persona los recibió e invitó a pasar. Él era el forastero, el extraño, el desconocido del norte que llegara a nuestro distrito dos años atrás como miembro de un circo ambulante, propietario de una casilla iluminada en la cual giraba una tómbola contra un fondo de pistolas niqueladas y navajas, relojes y armónicas, y que al partir el circo se había quedado en el lugar (Faulkner, 2009, p. 99).

Los dinamismos del relato juegan con la alteridad y la transición en sus personajes, ya que la acción no se encuentra acompañada por un presente de fuga, al contrario, en ella funciona una transformación de roles entre los protagonistas, rasgo crucial para determinar el origen y la trascendencia de sus existencias.

Narrar la visión histórica del Apocalipsis lleva a William Faulkner a trazar la tierra de su generación, sin excluir la de su familia ni la de sus antepasados que vienen siendo sus muertos. Al detenerse en algunas frases se percibe que los horizontes de la vieja, desolada y derruida población —asentada a escasas millas de Jefferson— presenta para el destino de los viejos la muerte insoslayable, que arroja desde los abismos las sentencias que se impregnan y llagan el lento caminar de los años.

Compadezco a cualquiera que tenga que vivir con semejante genio dentro de sí. Viejo, solo, y ahora con todo esto encima. Es como haber sido arrebatado por un huracán y lanzado y golpeado hasta caer en el mismo punto de partida, y todo ello sin el placer o beneficio de haber hecho un viaje (Faulkner, 2004, p. 110).

El Apocalipsis, en la escritura de William Faulkner, no deja atrás la construcción de atmósferas donde los animales se ensañan en registrar el desconcierto que constantemente se encuentra presente en los tres relatos. En su decadente angustia  las víctimas, que físicamente no pueden competir con el abuso y la maldad, caen desfallecidas o, en ciertas ocasiones despedazadas, por un hacha, un tiro que determina que su paso por la salvaje tierra ha llegado a su fin.

El ciclo de la vida en los rostros escuálidos, en la edad que ya anuncia la enfermedad y el carácter huraño de sus personajes, son expresiones en los relatos para anuncian que el ciclo de la muerte nunca acaba, se empeña en repetirse no importa cuántas veces deba pasar sobre la vida para reafirmar que ella siempre está presente.

No muy lejos ladró un perro, un perro no muy grande, y luego una lechuza voló silbando hasta la morera y comenzó a llorar, quejumbrosa y trémula, y todos los pequeños seres peludos estaban ahora en movimiento; ratas de campo, comadrejas, conejos y zorros, y también los reptiles, que se arrastraban o se deslizaban en medio de la tierra oscura, de esa tierra que bajo las estrellas sin lluvia del estío era simplemente oscura, no desolada (Faulkner, 2004, p. 118).

La insatisfacción en las diferentes perspectivas que expone William Faulkner en los relatos da el crédito a la concepción del mundo que tenía el autor, al expresar que los vestigios de una conciencia del paraíso, dependían también de la visión apocalíptica. En conclusión, la mirada que tenía Faulkner no estaba alejada del hecho de rendir homenaje al antiguo sur, mientras lo atacaba, como lo expresa Lois Parkinson Zamora en el estudio Apocalipsis y renovación: Walker Percy y el sur de los Estados Unidos. (1996). 

William Faulkner es el profeta que le anticipa al lector creyente la catástrofe, su mirada de escritor atraviesa los campos que arden, cuando el sol se hace subterráneo y destila el sudor amargo del alcohol, abstraído en las noches sin tiempo absolutamente agotadas por las heridas que jamás llegan a sanar. De alguna manera el verso célebre del poeta Yeats: Las cosas se desmiembran; el centro no se sostiene, tiene una relación con el de Faulkner: “Lentamente cayendo, lentamente cayendo entre dos muros de piedra inacabable y gris”, para comprender que su Apocalipsis cada vez se hace más inaplazable y espantoso.

Referencias

Brodsky, D. L. (1992). William Faulkner. Atisbos de vida. Buenos Aires: Losada.

Faulkner. W. (2004). Gambito de caballo. Madrid: Alianza Editorial.

Marías. J. (2009). Faulkner y Nabokov: dos maestros. Barcelona: Debolsillo

Parkinson Zamora, Lois. (1994). Narrar el Apocalipsis: visión histórica en la literatura estadounidense y latinoamericana contemporánea. México: Fondo de Cultura Económica.

Whitman, Walt. (2001). Días cruciales en América. (Diario de la guerra de Secesión, 1862-1865). Madrid: El club Diógenes, Valdemar.

Williams, Carlos William. (2002). En la raíz de América. Iluminaciones sobre la historia de un continente. Madrid: Tuner, Fondo de Cultura Económica.

Young, Ph., Van O’Connor & W., Thompson, L. (1961). Tres escritores norteamericanos Ernest Hemingway, William Faulkner, Robert Frost. Madrid: Grédos.

Gambito de caballo de William Faulkner

Wilson Guillermo Díaz Rodríguez (Bogotá, 1978). Cursa Estudios Literarios en la Universidad  Autónoma de Colombia. Ha sido promotor de literatura infantil y juvenil en espacios no convencionales desde el año 2006. Ha desarrollado talleres de lectura para niños y jóvenes. Algunos de sus poemas han sido publicados en la Fundación y Editorial DomingoAtrasado. Obtuvo el segundo premio en la categoría de ciencias humanas por su ensayo Ojos erectos, presentado en el Vigésimo Sexto Concurso Estudiantil “Fernando González” en el 2011 y el segundo premio en la categoría de ciencias humanas por su ensayo La apocalíptica Yoknapatawpha County, en tres relatos del escritor William Faulkner, presentado en el Trigésimo Concurso Estudiantil “Fernando González” en el 2014. Su poema Locomotora- Film fue seleccionado en el segundo semestre del 2013 en la revista cartagenera Cabeza de Gato. Ha sido uno de los ganadores en el primer Slam de Poesía en el Ring realizado por el colectivo Las Desobedientes en febrero del 2015. Participó en las VIII Jornadas Universitarias de poesía ciudad de Bogotá “Nuevas voces para la poesía Iberoamericana” en septiembre del 2016. Su libro de poesía Las Heridas del Ruido fue publicado por la Editorial y Librería La Valija de Fuego en diciembre del  2015. Una selección de sus poemas ha sido publicados en las revistas Literariedad y Primera Página de México.

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