Volver al recuerdo y macerarlo

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Por Erandy Corona Velázquez

Era un niño de diez cuando se me ocurrió aquel suceso insignificante que marcó mi vida.

Me pareció maravilloso cuando me enteré de que los japoneses escogen piedras simples para darles un significado místico, porque eso era precisamente lo que yo había hecho con uno de mis insignificantes días. Aquella vez que lo supe, diez años después,  no lo relacioné con el suceso infantil en cuestión. Si ahora lo hago es por la eminente conjunción de sapos, víboras y raíces que comienzan a colonizarme la garganta.

Necesitaba pensar en algo cuando la señorita que vocea los asuntos de las once por fin graznó. Mi abogada dijo que podía quedarme sentado y esperar a que ella lo arreglara. Esos seres grises y relamidos que paseaban por los pasillos, habían dejado el cuerpo en el armario; eran pura sombra.

Año y medio en ese asunto me volvió condescendiente, era eso o ser parte del show de circo. “El deber ser” pronuncié en voz alta sin darme cuenta. Una sombra me aventó uno de sus reojos y volví al mutismo. Su indolente oscuridad alcanzó mi espíritu e intentó succionarlo de mi cuerpecillo, más la iridiscencia ya automática que me resguarda, le hizo daño en los matices, alejándolo de mi señorío sobre mí.

Volver al recuerdo y macerarlo; rasgarlo, hacerlo migajas y luego devolverlo intacto. Ni traumático ni enterrado: puro sol. Una luz eventual que se volvió parte de mi vida porque así lo decidí desde aquel momento en que me dije a mí mismo: recordaré este día por el resto de mi vida. Mi primera decisión realmente trascendente fue recordar un día cualquiera. Soleado, pero nada especial. Nada especial excepto porque ahora lo evoco constantemente y a voluntad; en temporadas altas cada tercer día, en las bajas cada dos meses.

Allí viene mi abogada con sus pasos de carnero a dudar de mis declaraciones o a decirme que pospusieron de nuevo la demanda. Que le pague de todos modos. Y yo estoy convulso en un montón de días que son uno solo, devorándome las sombras con mi resplandeciente secreto, mi día soleado, el recreo, y la maestra mirándome mirar a los demás niños que juegan escondidas, resorte o futbol. Dirá que estoy triste y solo y que no sé hacer amigos. Que no sé defenderme del mundo. Me compadece. Me dice que perderé la demanda y el tiempo. Pero yo estoy aquí parado, a la edad de diez, bajo una cornisa de lámina, haciendo trascendencia sin mover un solo dedo.

Erandy Corona Velázquez. 

Facebook: Erandy Corvel
Twitter: @Erandy_Corvel

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