Las armas de fuego

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Por Jonathan Costas

A estas alturas, no creo que a nadie le resulte chocante un artículo como este. Menos aún dadas las nuevas políticas respecto al tema y los funestos sucesos acaecidos en lo que llevamos de año. Hablo, por supuesto y por ejemplo, del doble homicidio con arma de fuego en Kentucky el 23 de enero o el tiroteo en una escuela de Florida con 17 fallecidos. Por desgracia, estos no son la primera muestra de atrocidades cometidas por menores, ni tampoco con armas de fuego. Contamos con, al menos, 4 masacres en colegios y 1.800 vidas perdidas a causa de las armas de fuego, insisto, en los escasos dos meses que llevamos de este 2018 (200.000 en los últimos 7 años), sin olvidar sucesos catastróficos más que populares, como el ocurrido en Columbine en 1990, con 12 víctimas mortales. Con todo, no puedo evitar, en lo personal, sentirme mal al referirme a vidas humanas con meras cifras, por empatía, tal vez. Por eso terminamos de hablar de números para enfrentarnos de frente a un testimonio real, el americano Bob Weiss. “Mi hija fue asesinada en una masacre, en su escuela. No quiero vuestra jodida simpatía, quiero que dejéis de votar a los políticos esclavos de las armas”.

Llegados a este punto, hay quien todavía niega que las armas tengan la culpa de este tipo de horrores, diciendo, por ejemplo, que son las personas las que matan y no las armas, y tiene su parte de lógica. Un arma no se dispara sola, ¿verdad? Innumerables son los casos de armas disparadas “solas” en Estados Unidos (hablaremos de la incompetencia en su manejo más adelante). Las culpables de los asesinatos son las personas. Echemos la culpa al cine. Echemos la culpa a la televisión. A los libros, también, y así matamos dos pájaros de un tiro, si es que alguien lee ya, claro. “Los jóvenes cometen este tipo de actos porque imitan lo que ven en el cine o la televisión” o “porque están enfermos y no distinguen la realidad de la ficción”. Lo que todos estos expertos en medicina y psicología, doctorados de la noche a la mañana, parecen ignorar, es que síndromes que puedan hacer más difusa la línea que separa realidad de ficción (como el Asperger y aquellos que lo padecen que, por ejemplo, son incapaces de comprender una metáfora) nunca son el desencadenante ni de este, ni otro tipo de espantosos sucesos. Y aunque así fuese, si una persona no distingue ambos conceptos, el desencadenante, valga la redundancia, se desencadenará bien por A, por B, o por Z. No echemos la culpa a la cultura; si es que el detonante se produce en la violencia dentro de algún medio, ficticio o real, este puede ser absolutamente cualquiera, como en casos de malos tratos dentro del propio domicilio o mismo las noticias. El problema no es una novela sangrienta. El problema es que el mundo está ya empapado en sangre.

Una vez (espero) habiendo aclarado este punto, el de que los asesinatos con armas de fuego se produce, en efecto, porque hay armas de fuego, habrá quien se pregunte, entonces ¿por qué las sigue habiendo? Y la respuesta a esta pregunta se ramifica en aspectos de todo tipo, desde ideológicos o administrativos o, por supuesto, pues estamos hablando de la corona del capitalismo, económicos.

Históricamente, la obsesión de los americanos con las armas, comienza en la II enmienda de su Constitución, ya en 1791, que otorga al ciudadano estadounidense el derecho de poseer y portarlas. Este punto va de la mano con otros dos soberanamente importantes: el conservacionismo y la idea de América como tierra de la “libertad”. Punto por punto. Los americanos tienen el derecho a tener armas desde hace más de doscientos años. Privilegio, más bien. Y la palabra “conservador” significa, precisamente, eso: mantener unos privilegios, en este caso confundido con derecho o libertad. En la misma línea, siempre que hablamos de derechos hablamos de libertad, y, en el caso de Estados Unidos, cuando hablamos de su idea de “libertad” hablamos de una farsa. Un ciudadano, pues, defiende su derecho a poseer un arma de fuego agarrándose al clavo histórico e ideológico, por este lado. “Soy ‘libre’ de hacer esto y no quiero dejar de serlo”. Una vez más, este argumento tiene su lógica, hasta que nos damos cuenta de que, si salimos del fanatismo, existen vidas humanas. Sí, la Constitución da derecho a tener un arma, te da la libertad de tenerla. Sin embargo, la libertad de alguien termina donde empieza la de otra persona. Tú eres libre de tener un arma, pero yo debería ser libre de vivir. Con otras palabras, de que no me maten. Yo mismo disfrutaría de ir a un campo de tiro si viviésemos en un plano utópico, pero estamos hablando de Estados Unidos y reitero, además, en las cifras anteriores. Para que un ciudadano tenga un arma, el gobierno estadounidense permite que miles de ellos mueran. Vivir y poseer armas son derechos según su Constitución, y creo que a estas alturas nos es fácil adivinar a cuál dan más importancia.

Pero no todo esto es por contentar al pueblo. En absoluto. La historia de Estados Unidos con las grandes empresas es la pescadilla que se muerde la cola. No quiero entrar mucho en economía, pero el capitalismo, de nuevo, propicia que las multinacionales y los gigantes productivos adquieran mucho poder sobre el gobierno, y se queda en “mucho poder” por el país del que estamos hablando, pues creo que sobra decir que Adidas, Coca-Cola, o Smith and Wesson (empresa armamentística) mueven más presupuesto y tienen más influencia sobre el mundo que un centenar de naciones. Aquí es donde se saltan la no-intervención del estado en la economía, comienza la especulación, la deslocalización y los intereses de las productoras por encima del bienestar de los ciudadanos. ¿He mencionado que Estados Unidos exporta armas a cualquier sitio, bien para alargar una guerra, bien para provocarla?

Otra justificación para la circulación sin control ninguno de las armas (no nos impacientemos, también tocaremos este punto) es el miedo. Un miedo que nace en una sociedad repleta de ignorancia, de racismo, de machismo, de xenofobia, de homofobia, de miedo y asco a todo aquel que no vaya a comer al McDonald’s del centro comercial los sábados y a misa y golf los domingos. En este miedo ciego e infundado se escudan la mayoría de ciudadanos pro-armas cuando se les habla de su prohibición. En especial, en casos de terrorismo. “Si alguien hubiese tenido un arma, podrían haber abatido al asesino y se hubiesen salvado vidas”. Este argumento, en especial, se da en casos de terrorismo en Europa. ¿Por qué en Europa? Porque los civiles no vamos armados a comprar el pan. ¿Por qué no hacen uso de este argumento cuando el caso sucede en Estados Unidos? Porque ellos sí lo hacen, solo que abaten a tiros al panadero. Ellos son la propia amenaza para su país, mientras postulan protegerlo.

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Aún con todo esto, la idea general sigue sin ser prohibir las armas. Es más, la propuesta es distribuir aún más armas entre la población (es bastante reciente la imagen de Trump defendiendo la idea de que los profesores vayan armados a las escuelas). Combatir el fuego con fuego, volviendo a la tozudez y a la total falta de sentido común por parte del gobierno y la población general. Si no es ya lo suficientemente disparatada la idea de que todo hijo de vecino vuelva a disponer de un arma como si esto se tratase del Lejano Oeste (de nuevo, esto beneficiaría a la industria, ya que 323 millones de ciudadanos a los que dotar de un arma y munición supone dinero contante y sonante —eso sí, repito, a costa de vidas humanas—), esto genera un nuevo problema, o, más bien, lo agrava: si todo el mundo tiene un arma, significa que no hay ningún tipo de filtro. Y no es que los filtros en cuanto a armas fuesen muy sofisticados hasta el momento, o todo lo que he escrito hasta ahora no tendría ningún sentido, ya que si eres un adulto sin antecedentes ni enfermedades mentales diagnosticadas, enhorabuena, puedes comprar un arma. Pero no puede ser tan fácil, ¿no? Se supone que existe un determinado número de pruebas a las que un ciudadano debe someterse con el objetivo de hacerse con un arma. El problema es que, a diferencia de, por ejemplo, el permiso de conducción, el permiso de armas no requiere ningún tipo de estudio teórico ni ningún tipo de destreza práctica. Se trata de una serie de preguntas de seguridad, uso y mantenimiento de armas, de una única respuesta, verdadero o falso. Este procedimiento serviría de algo si la dificultad de las preguntas no fuese nula, y no exagero. El cinco de enero de 2016, se realizó un experimento al respecto: tres niños de cinco, ocho y diez años fueron sometidos a este mismo proceso de “selección” para la obtención de un arma de mano. Sólo uno de ellos suspendió, la niña de 5 años. Por otra banda, al terminar el “examen”, a los dos niños restantes, que aprobaron, se les otorgó un puñado de armas de juguete, para observar si aplicaban lo respondido en el test, y ambos trataron de cargar el arma con el cañón apuntando hacia su cara. Una vez aclarado esto, reitero, las condiciones para poseer un arma en Estados Unidos son: tener 18 años (21 en el caso de las armas de mano, y añado que la edad legal para consumir alcohol en América es esta misma, es decir, no puedes tomarte una cerveza, pero puedes comprar un rifle M16), no tener antecedentes penales ni enfermedades mentales diagnosticadas (hago hincapié en aquello de diagnosticadas y aprovecho para recordar que las instituciones encargadas de esto en Estados Unidos son privadas) y superar una prueba teórica que podría aprobar un niño de ocho años. No contentos con esto, hay quien quiere aún menos control.

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A pesar de todo, la población norteamericana permanece ciega a este razonamiento, por lo que no sería viable la más básica y lógica (y, por tanto, “radical” y “antipatriótica”) de las soluciones: prohibir las armas. Al ciudadano estadounidense medio jamás se le pasaría por la cabeza esta opción, el gobierno no lo haría aunque quisiese, y los motivos ya han sido explicados. Con todo, tal vez alguien aún se pregunte: ¿Es necesario prohibir las armas? Respuesta corta, sí; respuesta larga: no, si dejamos de vivir en una sociedad armada. La sociedad armada es aquella que ha sido educada para casi venerar las armas, forma parte de aquellas sociedades que se rigen por la violencia, la ley del más fuerte o, en este caso, del mejor armado. Se trata de una sociedad de consumo de armas, objetos fabricados específicamente y con la única función de matar, como un medio de protección. Un ciudadano con un nivel medio de paranoia no necesita llevar una nueve milímetros en el bolsillo ni tener una escopeta del .12 en su coche, un ciudadano de una sociedad armada, sí. La sociedad armada defiende su “derecho” a tener y usar armas con tal de proteger a… ¿Alguien? Del uso de las armas de los demás. Europa, por ejemplo, no tiene una sociedad armada, mientras que Estados Unidos, sí. Por esto, en Estados Unidos se registra una media de 93 homicidios sólo con arma de fuego al día, mientras que en Europa, un continente entero, cuenta con una media de 3,5 homicidios diarios, por cualquier medio. Entonces, ¿no será que los estadounidenses se matan entre ellos mientras se obcecan con creer que se están defendiendo de, o están defendiendo algo?

Una vez aclarado el concepto de sociedad armada, formularé otra pregunta para poder responder a la principal: ¿cómo cambiamos una sociedad armada? La respuesta es la misma para la mayoría de problemas sociales: educación. No hablo necesariamente de educación escolar, pero, tal vez, si dejásemos de jurar ante banderas y constituciones, cantar el himno a capella y votar a un presidente que echa la culpa de todos los problemas del país a los extranjeros, este tipo de educación avanzaría un poco. Hablo de la educación familiar, la educación que nace en casa. Si hablamos de una ley que regula las armas para combatir el crimen con armas, alguien dirá que los criminales no cumplen la ley, y es cierto, por eso son criminales; pero comenzamos este artículo hablando de masacres en institutos, y dejadme deciros que los autores de estas atrocidades no son genios del crimen organizado, son niños de instituto que tienen acceso a un rifle de asalto. ¿Por qué? Porque papi tiene un rifle en el garaje, y no sólo eso, se ha encargado de enseñarle a usarlo, ya desde muy pequeño, para que aprenda a “protegerse”.

Jonathan Costas. Nacido un año y un puñado de meses antes de la catástrofe del Prestige, Jonathan Costas supone un daño colateral de la literatura.

Tras dos años de creación interrumpida y atropellada, puso punto y final a su primer poemario, en lengua gallega, Todo (patente en trámite) para aparecer por primera vez en papel en diciembre del mismo año 2017 en Contos Estraños.

Contacto: jonathancosdi@gmail.com

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