El perseguidor del tempo 

Por Abraham J Sánchez

La obra de Julio Cortázar es fundamental en el devenir de la literatura iberoamericana a partir de la segunda mitad del siglo XX. Abarca desde la poesía, como en sus primeros libros, bajo el pseudónimo de Julio Denis; la novela, entre las que sobresalen Rayuela o La vuelta al día en ochenta mundos; y el cuento, donde alcanza mayor reconocimiento, con títulos como Bestiario e Historias de cronopios y de famas. Además de la literatura, se apasionó por otras disciplinas, como el box, el cine y la música, especialmente el jazz. En cuentos como “Torito” y “El Perseguidor”, devela y desarrolla estos placeres. Es, precisamente al jazz y a uno de sus personajes más emblemáticos, el saxofonista Charlie Parker, que Cortázar le dedica uno de sus mayores trabajos, donde retrata la realidad y explora los demonios y la existencia de un ser atormentado, en el libro Las armas secretas (1959).

Es en “El perseguidor” donde Cortázar recrea la última parte de la vida del músico Johnny Carter durante su decadente etapa y estancia en una buhardilla de un viejo Hotel de París, la ciudad luz. Johny Carter, personificación del jazzman estadounidense Charlie Parker, de quien Cortázar era admirador. El hilo conductor de este relato es la atormentada personalidad, inestable vida y la obra que ha creado este gran saxofonista, fuera de lo común y su trágica muerte, que trunca una carrera de altibajos.

Bajo esta atmósfera jazzística se reflejan las situaciones de extrema decadencia por los que atraviesa Carter. Bruno, voz de esta historia, es un reconocido y respetado periodista y crítico de jazz que desde hace algún tiempo se encuentra escribiendo la Biografía (vida y obra) del gran músico, Johny Carter. Ha entablado un cercana relación con él durante los últimos años, situación de la que se ha visto beneficiado gracias a este vínculo tan cercano.

Así, nos revela el trastorno de este enigmático saxofonista y cómo su talento no lo salva, sino que es lo que lo hunde en las adicciones: el alcohol y la supuesta mariguana(1), acompañado de la obsesión por el tiempo. Y es precisamente el tiempo lo que marca el ritmo de este relato: el tiempo, la obsesión de Johny.

La obsesión por medir el tiempo, contar las horas, los minutos, los días y semanas; el limitarlo, cuantificarlo y fragmentarlo todo, es lo que agobia y atormenta a Johny. Es precisamente de este mundo de reglas establecidas de lo que quiere escapar cada vez que toca el sax. Es a través de la música que logra encontrarse consigo mismo y dejarse ir; es la mejor y única manera de olvidar su pesado pasado, sus años difíciles de la infancia, marcados por las condiciones sociales y los conflictos raciales con los que han tenido que lidiar los afroamericanos a través de décadas vejaciones. Resultado de un núcleo familiar decadente y violento del que tiene la necesidad, la urgencia, de salir a temprana edad y arreglárselas para sobrevivir y poder seguir su vocación en la música y, algún día, llegar a ser un músico reconocido. En estas andanzas tuvo muchos fracasos, que lo llevan a su acercamiento a las drogas, al alcohol, a las mujeres y demás vicios; todos placebos para el pesar. Sufrió el menosprecio, las burlas y feroces críticas de los integrantes de la primera banda en la que estuvo y de la que tuvo que escapar para poder continuar tocando. Y sobre todo, para buscar su voz propia: su tempo adecuado.

Después de esos años difíciles en Estados Unidos, ya en París, Bruno intenta salvarlo de sí mismo ayudándolo de diversas maneras, tanto económicamente, facilitándole un buen saxofón para cumplir con los compromisos que Dédée, su actual pareja, ha firmado, como la grabación de algunos temas con la banda y otras presentaciones extra, que les ayudarían mucho, pero de los que ya no tiene dinero, ni instrumento para tocar. Lo perdió en el metro, una vez más, dice Johny.

Bruno es el contrapunto de Johny, representa aquello que le molesta a Carter. A su vez Johny, es lo que quizá habría querido ser Bruno, en su medida, un poco más libre de todas las reglas que la sociedad burguesa le ha impuesto y él ha aceptado como normal. Es un hombre con una profesión de años, un matrimonio estable y feliz. Es responsable como la sociedad estipula. Por eso no comprende porqué Johny está sumergido en ese hoyo del que no desea salir teniendo los recursos suficientes: el talento y la edad para tener la vida digna de un músico, un artista de su talla, con su nombre y su talento, como cualquier persona normal desearía. Pero solamente toma decisiones que lo perjudican, incluso, ya sin tomarlas, ya que, generalmente, quedan a cargo de su amante en turno. Demuestra un ajeno interés por aquello que tenga ver con algún contacto con la realidad. Mismas compañías que, según Bruno, resultan ser parte de un círculo vicioso del que no puede salir y del cual no se deja ayudar por quienes le interesa, y por más que él mismo lo ha intentado en infinidad de ocasiones, siempre con la consigna de la última vez, nunca ha podido dejar a Johny como un mono desnudo abandonado.

También Bruno representa el egoísmo por querer salvar la imagen que se han hecho de Johny Carter, y principalmente, la idea de poder terminar su libro. Él mismo llega a cuestionarse si realmente todo lo que han hecho, él, la marquesa, Dédée y los músicos para ayudar a Johny a cumplir con los compromisos ya firmados, grabaciones y conciertos, son con la intención de ayudarlo, o salvarse ellos mismos y la idea que se han hecho. Sin duda, es un gran material para el libro próximo a salir. Quizá esa era la razón principal de ayudar al artista; y la empatía de ver como una persona tan vulnerable se hunde en un abismo sin fondo. Mostrando la decadencia humana y cómo puede llegar hasta la autodestrucción de esa manera.

Johny Carter es realmente el perseguidor, no lo persiguen, sino él persigue un tiempo inasible. Es a través de los compases y la improvisación. Él es el jazz encarnado, eso lo demuestra con el sax. Johny Carter es en sí todo un jazzman. En su música destila todo el dolor y pesar que hay en él; de su vida, su pasado, su condición racial y social, mismos detonantes que dieron vida al jazz.

Siempre latente el sincretismo de la cultura, la música, la danza y los ritos africanos que están presentes en la construcción del tempo sincopado del jazz. En la incursión de los ritmos de la música africana y lograr sincretizarlos con los instrumentos occidentales, es lo que da vida a este género musical, a esta expresión del alma que es el jazz. Ya que al no ser un patrón definido como la música occidental, remite y recuerda ese pasado mítico, mezclado con los elementos occidentales, los instrumentos y su ejecución; siendo la estructura la que rompe y la saca del molde occidental. Es el choque entre estas dos concepciones la que da vida al jazz y es la que el mundo occidental, regido por reglas y estructuras limitadas no valora la composición en los primero años, hasta que después se le

comenzó a dar una visualización y valoración a la composición y ejecución, como a su valor cultural y artístico.

Todo eso es lo que precisamente encarna Johny Carter y es lo que representa para el mundo la figura de Charlie Parker, que sorteando todos esos bemoles de la vida y el tiempo, logró crear esa música tan enigmática y particular. A través del tiempo de muestra que él es el jazz personificado cada vez que se conecta con el sax para desconectarse de la realidad: del tiempo: del presente y del pasado, no pensar en el futuro y perseguir ese instante siempre presente que es la música.

1 Supuesta porque Charlie Parker en realidad sufrió una fuerte adicción a la heroína, pero bueno, eso no nos importa.

Las armas secretas de Julio Cortázar

Abraham J Sánchez (D.F., 1992) Pasante de Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Cuentista, ensayista, cronista y músico frustrado. Interesado por la literatura mexicana y universal, la música, el cine, la historia y otros menesteres. Fb/Abraham J Sánchez; Twitter@abrahamjsnchez

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