#TintaVioleta: “El desamor un buen día se va”, Cristina Rivera Garza

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Por Brenda Pichardo

Cristina Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964), es una escritora mexicana, autora de El mal de la taiga (2012). Es reconocida por su novela Nadie me verá llorar, con la que ganó el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero (1997).

Es la primera vez que leo una novela de Cristina Rivera Garza, que sin duda tiene un manejo del lenguaje implícito formidable, y que nos revela en el contexto y en la descripción del ambiente. La novela está narrada desde la perspectiva de una detective que va haciendo notas de las pistas que encuentra y a su vez hace breves reflexiones sobre el amor y el desamor.

En El mal de la taiga, la autora nos comparte la travesía de una detective que retoma el sueño de volverse escritora. Además, la protagonista acepta ser contratada para traer de regreso una mujer que huyó con su amante al interior de la taiga, en la que los significados ocultos se van descifrando en la medida en que se introduce en su inmensidad rodeada de bosques y aves sin nombre. En su trayecto hace referencia constante a cuentos infantiles cuando recuerda a Hansel y Gretel perdidos en el bosque, como la pareja que ha huido sin saber con certeza hasta dónde irán a parar.

Trazar el sendero por el cual introducirse a la intimidad absorbente de El mal de la taiga, no es fácil, ya que va dejando huellas del viaje, indicios narrativos que podrían conducirnos hacia un lado u otro según la interpretación de quien lo lee. La misma Cristina Rivera Garza lo afirma, con otras palabras, en un conversatorio sobre su libro:

“El libro ha sido leído de distintas maneras (…) el lector me entrega a mí versiones de mi propio libro que tal vez yo no había imaginado, llevándolo a otros sitios. A mí esos otros sitios o trayectos, me recuerdan mucho El mal de la taiga: inicias en un sitio, compartes esto y es difícil saber hacia dónde irá…” (1).

En estos distintos senderos por los cuales se trata de descifrar alguno de los varios significados ocultos que están ahí latiendo pero que no se nombran, hace de la obra un enigma que nos incita a no dejar de leer.

Uno de los temas que están latentes en la novela corta de Rivera Garza, sin pretender hacer spoiler, es el aborto, que sin nombrarlo así, lo narra como un suceso incierto dentro de una habitación lúgubre, en la que encuentra restos de sangre y de “algo” que llama, como el nombre de uno de los capítulos, “placenta”. Nombrar lo que todavía es un tabú social en nuestra sociedad contemporánea es una labor creativa para lograr decir “sin decir”, aquello que por sus pistas se nos revela.

Otro tema que sale a colación, una lectura que me adjudico, es la del mito del amor romántico: en esta novela el nomadismo de la pareja fugitiva se opone a la idea del “amor eterno” y estático, ya que ella pasa de un ambiente hogareño, en el que su marido está acostumbrado a su presencia cotidiana, a la travesía de los diferentes paisajes, hasta llegar a la inmensidad de la taiga, donde se detienen momentáneamente para esperar la llegada de la detective. Es la vida de una mujer que decide dar paso a otro sendero, a otro amor. A ser nómada de otra historia.

El mal de la taiga quizá es una metáfora de otros males que nos aquejan actualmente como sociedad. La narración deja rastro de lo que se oculta en la taiga, en sus personajes, que parecieran producto de la fantasía. La presencia humana en medio de la naturaleza, de los árboles, los personajes viven como nómadas bajo el resguardo de las casas de campaña, trabajando mientras la luz del día lo permita. Y viviendo el amor en pareja mientras la otra persona así lo decida.

El enigma es complejo, lo que vuelve necesaria la reiteración como un recurso literario para no perdernos en lo inhóspito del bosque, y poder volver al sendero que nos conduce hacia la pareja fugitiva.

La detective piensa en el señor que le asignó el caso, marido de la fugitiva, que padece “el mal de la taiga”, en otras palabras: ¿cabe decirle también, “el mal de amor”? Aquello que se niega a aceptar como perdido: el punto sin retorno. Durante una conversación antes del viaje hacia la taiga, quiso decirle:

Que el desamor aparece igual que el amor, un buen día (…)

(…) justo como el amor, el desamor un buen día se va”.

El enigma se va descifrando a través de lo que la detective observa: el niño que comparte los dibujos de lo que miró a través de la ventana, cuando la pareja se hospedaba ahí; el aroma a muerte que percibe la detective cuando entra en esa misma habitación en la que hay manchas de sangre. ¿Qué ocurrió ahí? Es la pregunta recurrente. ¿Qué sucede en el interior de la taiga, entre quienes habitan dispersos en sus casas de campaña? Que si “Las mujeres sólo piensan en sexo”, como se titula otro de los capítulos, también parece un misterio que envuelve a la novela, y que sólo cada una de nosotras lectoras podemos respondernos. Estas interrogantes pueden servir de guía para que el enigma no parezca indescifrable y que cada quien resolverá según el anclaje que haga con su propia experiencia y la lectura del libro. Y de ese otro enigma que nombramos amor.

(1) Conversación con Cristina Rivera Garza sobre su libro El mal de la taiga en el Tecnológico de Monterrey.

El mal de la taiga de Cristina Rivera Garza, Tusquets, 2012.

Brenda Pichardo (Ciudad de México). Ciencias de la Comunicación, en Facultad de Ciencias Política y Sociales, UNAM. Egresada del Seminario Género, Filosofía y Pensamiento Crítico en 17, Instituto de Estudios Críticos, donde también cursé el Seminario Cine Documental e Historia: confluencias. Renunciando a mi androcentrismo literario. Descubriendo la literatura diversa: otras narrativas, otras voces.

Contacto: brendapich@gmail.com

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