No te las cortes

el

Por Faridelio

¿Quieres un buen consejo? No te cortes las uñas cuando estés arriba. Te lo juro, es el consejo de la vida, me cae. Fíjate que hace eternidades que comencé y no he podido finalizar ni siquiera con una de las manos. Vaya viaje, juraría que llevo horas haciéndolo, pero la canción que puse antes de comenzar aún no termina. Bueno, algunas canciones de reggae son muy largas; quizás ésta sea una de ésas en donde todo el disco es una sola rola… lo dudo, juro que sigue sonando “Una demanda”, en voz de aquel monumento sudamericano de mujer. Corazón, corazón, corazón; pienso la palabra pero imagino tres grandes figuras una verde, otra amarilla y una más roja flotando sobre esa hermosa cantante y yo, mientras escuchamos la música del amor.

Entonces no han pasado ni tres minutos de que comencé con esta jodida idea de cortarme las uñas justo después de exhalar humo verde en el departamento, ¡oh!, el departamento, el hogar que decides formar con tu familia: tus amigos; cómo los quiero a esos cabrones… qué estaba diciendo… espera, espera, puedo recordarlo… ¡Ah, claro!, sólo tres minutos que llevo cortándome las uñas.

Significa que lo he hecho muy rápido. ¡Carajo!, con razón ya me corté un pedacito de piel y el pulgar derecho parece la ocurrencia de alcanzar mi mano a la boca y mordisquearla como lo hacían algunos compañeros en la primaria con los recortes de las tareas. Como ese pinche Juliancito, era un desmadre; un auténtico hijito de la chingada, vaya. Medía como uno cincuenta —sobra decir que era un gigantón para nosotros—. Nos pegaba a todos los chaparritos, les subía la falda a las compañeritas y siempre se mantuvo impune. ¡Maldita justicia!

Oye, ¿cuánto tiempo ha pasado?, en serio, toma tu reloj, dime por favor qué hora es… Tengo muchas cosas que hacer y yo perdiendo el tiempo cortándome las uñas. ¿Quieres un buen consejo? Nunca te cortes las uñas cuando estés arriba. Neta es lo peor; las manos se ven más lejos de lo normal, y eso que no me quité los lentes, si no hubiese estado más locochón, mirando todo borroso: hace meses que no veo casi nada si no me pongo los anteojos. Qué graciosa estupidez, antes de necesitarlos soñaba con utilizarlos en algún momento de mi vida, según yo que para verme interesante; después de dos años ya no los soporto, es una bronca tener que olvidarlos en cada fiesta, a veces tienen alma pachanguera, pues te mandan a tu casa y ellos se quedan en la peda. Una vez tardé más de un mes en recogerlos del chante de una amiga porque vivía en casa-la-chingada y me daba una pereza extrema ir hasta allá, preferí volver a la táctica milenaria de entrecerrar los ojos para ver de lejos y que, así, no se me pasara de largo la ruta del microbús.

¡Ja, ja, ja! El perro del vecino ladra cagadísimo… espera, ahora sí es otra rola la que está sonando, el buen Bob es la onda; pero cuántas canciones han pasado, maldita sea, tengo que llegar a la redacción del periódico antes de las cuatro… y qué horas serán… ¿qué le habré hecho al reloj que me regaló mi tía? Siempre me incomodó utilizar guacho, me lastimaba y lo más que traigo ahora son un par de pulseras, una en cada mano.

El perro no se calla y ahora comienza a ser molesto, esos ladridos son más bien chillidos que penetran hasta lo más recóndito del cerebro, ¿por qué me taladra tanto el chingado llanto? Ya terminé de cortarme las uñas de la mano derecha, llevo apenas el meñique de la izquierda y ya me pasé de navaja, creo que este cortaúñas ya está oxidado… ¿me fijé acaso si era el nuevo?… uf, sí, es el nuevo, no obstante sigo dándole en la torre a mis dedos.

Qué belleza de canción, “Mi princesa”, otros sudamericanos entonando canciones de amor. Qué buenas épocas escuchando la música tricolor y prendiendo cigarrillos ilegales con Romina; qué bella, qué perfecta, qué perra. Está bien, quizá exagero un poco, pero aplicármela como me la aplicó, nomás no. Cada viernes perseguíamos a nuestra banda favorita de garaje; los Prana siempre brindaban un memorial espectáculo. «Mi princesa, mi amor ya no tiene fin», cantábamos abrazados.

¡Carajo! Qué dolor, el dedo de en medio me joderá por lo menos unos tres días, eso si no me vuelvo a lastimar con el hilo de un guante o una fregadera así. Una vez, por accidente, me herí el índice por una distracción: estaba terminándome un erizo-maniquiur y una silueta apareció, gallarda, silenciosa en la entrada del departamento; esa costumbre nuestra, la de mis compañeros de departamento y mía, de mantener la puerta abierta. Cuando advertí la rubia cabellera, delgada figura, con un par de lindos pechos que llamaban la atención, cubiertos apenas por una delgada tela blanca, ligera prenda ideal para el clima caluroso; en ese momento apreté bruscamente el artefacto y me volé un pedazo de yema. “Pedazo de imbécil”, me dijo Romina.

Necesito calmar los nervios, quizá por eso estoy tembloroso. Prenderé un cigarro para alivianarme. Nunca te cortes las uñas cuando estés arriba. Tras el chasquido, un destello azul con amarillo y naranja se levanta por encima de la parte metálica del encendedor, inhalo… exhalo… ah, qué tranquilidad. El tiempo se ha reestablecido por completo, pero la lista musical no entiende que ya no quiero recordarla: ahora suena una canción que me dedicó en nuestro primer concierto de Prana, el cover de unos argentinos, “No puedo sacarte de mi mente”. Me vuelve la temblorina de la mano. Son terribles los movimientos involuntarios; que no te obedezca tu cuerpo, ta cabrón, quizá por eso Romina me hizo lo que me hizo, por pretender que ella me obedecería; pero cómo cambiar, si cuando le dije a mi padre que mis celos estaban mal, él dijo que era normal, que en la familia todos éramos así…

En cuanto me termine el cigarro volveré a mi tarea de las uñas, que dejé igual o peor que mi relación con Romina. ¿Por qué la habré soñado anoche?, qué buen sueño: Un hostal en alguna parte de Sudamérica, varios amigos reunidos en el bar, risas, choques de copas, encendedores chasqueando por aquí y por allá; a veces en el bar, otras en la terraza, todos juntos en una habitación, yo me trasladaba como personaje de película, de escena a escena. Uno de los escenarios de esta cinta llamada El sueño de Carlitos era una habitación privada, para dos personas; Romi aparecía moviéndose graciosamente, tal cual me encantaba; en la risa siempre encontré una manera de despertar mi libido.

¡Ah caray! Qué traía ese cigarro. Siento una patada en la sien, como si me la diera un diminuto ser, entrenado y hecho exclusivamente para esta tarea; de fondo “Time”, de Pink Floyd, en versión reggae, por supuesto, se introduce en mi cerebro para mandar órdenes de relajación y, además, se vuelven a aletargar mis párpados, ando re mareado, ¿no será que está temblando?, ¿ya revisaste bien los focos, las cortinas o el jarrón de agua sobre la mesa? Ok, ok, no está temblando, soy exagerado, lo sé, pero es que con esos programas documentales nomás siembran el pánico en la banda, pues todos estamos esperando el terremoto que acabe con la ciudad… ¿no está temblando, verdad?

No debería continuar con las uñas, pero me propuse no claudicar; hasta las últimas consecuencias. Qué dramático, se me da mucho después de fumar, si estoy solo exagero en gestos e imitaciones, por ejemplo, ahorita estoy fingiendo ser Romina, inventando una justificación, que yo deseo, para explicarme por qué me hizo lo que me hizo —ya ves, un dramático, quizá ni siquiera debería atreverme a decir que actuó con la intención de “hacerme” algo a mí—. Agradezco el cambio de canción, es algo más sabrosón, una tonada de músicos franceses, con letras de protesta y sonidos bailables. Sin saber cómo, ya estoy parado contoneando las carnes al ritmo del saxo y las trompetas.

Qué onda, ¿qué estaba diciendo? ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué rayos bailo? Las piernas me pesan un poco, mas la rola me pone a danzar involuntariamente. ¡Ja, ja, ja! ¿Qué?, ah sí, estas canciones, me pregunto si Romi aún las escucha, allá en las Europas, a donde se fue a aplicar su beca. Puro choro que mis celos fueran los culpables de que ella optara por tomar el primer avión que la llevara al otro lado del charco ¡Puros pretextos! No le bastó el hecho de la separación, sino que decidió dejarme el peso de la culpa. ¿Seré yo el responsable?, estoy seguro que no, pero logra convencerme, poner en duda esta mente que en ocasiones no puede controlar siquiera los músculos de sus manos.

Dejo de escuchar la música; siento vibraciones en todo el cuerpo, me levanto de golpe y casi me desmayo; me cacheteo para que las luces de colores se vayan de mi lóbrega visión. En el sueño de esta noche, después de dar rienda suelta a la pasión en aquella acogedora habitación, recuerdo a Romina levantándose del lecho, resguardándose un cuerpo para mí borroso; sólo distinguía el contorno de la silueta que yo intentaba recordar íntegramente, pero que para entonces lo cubría una capa de olvido, de mala memoria, como verla a través de una mampara de vidrio acrílico; únicamente podía reconocer su rostro, piel blanca, nariz redonda, ojos de párpados levemente caídos, rasgos de curiosa sensualidad.

No quiero mirarme al espejo, tomo un jarrito, lo lleno con agua del grifo y lo bebo de un solo trago. Ahora sí, solamente dos uñas más y habré terminado… ¡El trabajo!, se me había olvidado, otra vez, ¿cuánto tiempo habrá pasado? Demonios, por qué no guardé el reloj que me regaló mi tía

“Dime si alguna vez

sembraste la dulce sensación

de amor en mí”

de plano hoy el reproductor musical se aferra a remontarme a su recuerdo, qué será de ella ahora, estará en Santiago, en Bogotá, en Buenos Aires, en Cochabamba… sólo me dijo que se iría a una ciudad de sudacalandia (sic).

Suena el teléfono, creo que debo contestar, ¿dónde estaba el teléfono? ¡Ja, ja, ja!, qué onda conmigo, ahí está, en la mesa del comedor… qué caray, colgaron. Qué viajesote, pero por fin terminé de cortarme las uñas, parecen una obra de Picasso, pero ya quedaron; con todo y las tres banditas adhesivas que me tuve que poner. ¿Quieres un buen consejo?, nunca te cortes las uñas cuando estés arriba. ¡Vaya!, al fin me estoy bajando de la nube, qué alivio. Ahí está el teléfono, otra vez, ¿quién será?

–¿Hola?

–¿Carlos?, hola mi pedacito de imbécil. Acuérdate que el avión llega a las doce de la noche en punto, ¿te veo en el aeropuerto?

–Sí, Romi, ahí nos vemos, amor.

Cuelgo la bocina, pero, afortunadamente, me descuelgo del viaje.

Arturo Molina firma algunos de sus textos como Faridelio. Nació el 22 de enero de 1991 en D. F. Cuenta también con la nacionalidad boliviana, y aunque no escribió desde pequeño, así como muchos alardean de su talento infantil oculto, se metió de lleno a las letras desde 2013 publicando cuentos en medios independientes y universitarios. Colaboró durante casi un año para Apuntes de Rabona con una columna literaria semanal. Ha publicado dos relatos en la revista venezolana www.letralia.com y un par de crónicas en el suplemento Milenio Dominical y en el diario La Crónica de Hoy. En 2016 publicó su primer volumen de cuentos Las espinas del rosal por el que le fue otorgado el VII Premio Nacional Noveles Escritores en Bolivia.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en La Choretay comentado:
    La primera del año. El libro ya se está cocinando, así que “en lo de mientras”, como dicen algunos, es bueno saber que ya se comenzó la publicada.

    Me gusta

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