La gran bitácora del lector incansable

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Por Amelia González

En los últimos tiempos hemos tenido la oportunidad de encontrar en los estantes de las librerías esas particulares obras en las que los autores, casi siempre los ya consagrados, deciden escribir acerca de otro de los fundamentales aspectos que conforman su trayectoria literaria: el de la lectura.

Basta, a manera de ejemplo, recordar por ahora las obras en las que Coetzee, Pamuk y Ricardo Piglia abordan esta otra cara de la moneda. Este último, a lo largo de gran parte de su narrativa, no sólo abordó de manera sutil —es decir, entretejida delicadamente en la trama— el tema de la lectura, sino que, de manera bastante combativa se dedicó en uno de sus libros más entrañables (El último lector) a defender la idea de que para él la lectura en realidad era más importante que la escritura. Afirmación, evidentemente, con toda la huella borgeana.

Podríamos proseguir indagando en los múltiples ejemplos que tenemos de autores que defienden su papel como lectores; sin embargo, existe un ejemplo en donde esta visión parece ejemplificarse al máximo: el caso del escritor mexicano Edmundo Valadés.

Valadés es uno de esos grandes autores cuya obra fue en realidad bastante breve. Bien dicen que en ocasiones no se alcanza la perfección, sino a través de la concreción poética. Desde luego que no en todos los casos resulta así, pero en el de Edmundo Valadés parece cumplirse al pie de la letra.

Cuando el lector se encuentra con el nombre de este autor descubre esa gran obra titulada La muerte tiene permiso, así como algunos comentarios a la misma; pero, en realidad no encuentra —como sucede en el caso de otros grandes autores— mucha información adicional al respecto. La duda se suscita entonces, ¿por qué este escritor es considerado uno de los pilares fundamentales de la narrativa mexicana del siglo XX?

La importancia de Valadés no solamente radica en las magistrales obras que escribió a lo largo de su vida, sino en lo mucho que el cuento como género le debe a este escritor sonorense.

Ávido lector de grandes obras de la literatura universal, Valadés sintió siempre una especial predilección por el cuento. Su profundo amor por este género lo llevó a impartir algunos talleres en los que enseñaba a sus alumnos —entre los que se cuentan Monsiváis y José Emilio Pacheco— la importancia de la narrativa breve. Para Valadés, y así se advierte en su poética, la extensión no era precisamente lo esencial en la literatura. Para él lo que importaba era cultivar un estilo claro, directo, sencillo, además de los finales inesperados.

A lo largo de su vida, Edmundo Valadés más bien se dedicó con gran fervor a difundir obras ajenas: se encargó de revisar, compilar y divulgar la obra de muchos de los autores que ahora forman parte fundamental de la literatura mexicana y de la literatura latinoamericana. Muestra de esa generosidad que siempre señalan los que lo conocieron de cerca.

Así mismo, la infatigable generosidad de Valadés no sólo se traduce en su papel como difusor de diversas obras y autores de la literatura, sino que también se aprecia en una de sus obras más memorables: El libro de la imaginación (publicado por el Fondo de Cultura Económica, en 1970).

Esta obra es un híbrido entre la compilación de citas y la bitácora personal de lectura. Valadés, fiel a su talento como editor, pretende reunir en este libro suyo más de cuatrocientas citas, fragmentos, recortes, apuntes, relatos incompletos a propósito de los temas más variados, como la muerte, los sueños, ideas apenas esbozadas, amor, utopías, enigmas, así como otras reflexiones acerca de distintos aspectos vitales.

La magia y la importancia de esta obra pueden entenderse desde dos perspectivas: la primera radica en que, gracias a este libro, el lector podrá tener la posibilidad de conocer a diferentes autores, ya que al ser una compilación variopinta podrá indagar en los pensamientos de Séneca o de Cicerón, pero también podrá conocer los de Julio Cortázar. La multiplicidad es una de las claves que permite entender este libro. Pero, sobre todo, a través de esta obra podemos conocer esa otra faceta del autor de La muerte tiene permiso: la de lector. A través de los temas que conforman cada una de las secciones de El libro de la imaginación, el lector tiene la posibilidad de asomarse a ese mundo que los ojos de Valadés vieron: ¿Cuáles eran los temas que lo atraían? ¿A qué autores recurría continuamente? ¿Cuáles fueron algunas de las obras clave que posiblemente se cristalizarían en su narrativa? Es a partir de estas preguntas donde la esencia de bitácora personal de lecturas puede apreciarse claramente.

En esta obra de la acumulación Edmundo Valadés invita a que las quimeras de la ensoñación que deambularon por la mente de múltiples escritores dialoguen directamente con las suyas: ésta es una obra que no solamente elogia la capacidad imaginativa de los autores que leemos, sino que también elogia nuestra potencia creativa como lectores.

Edmundo Valadés, ese incansable lector generoso, buscó a través de esta obra mostrarse inconforme con el ejercicio que, a veces, acompaña a la lectura: el de la soledad. Y si se mostró inconforme es porque fue más cercano a la idea de que la lectura no debe ser exclusivamente un acto solitario, sino que debe ser siempre un acto generoso, un gesto compartido. De ahí que buscara, con esta compilación, dialogar con sus propios lectores; compartir con ellos los trozos de lecturas que formaban parte de su propia constelación como escritor.

Sin lugar a dudas merece la pena asomarse a la obra de este “fanático de la brevedad”, como no en vano lo llamó su alumno José Emilio Pacheco, pues no solamente es uno de los pilares de nuestra narrativa, sino que también es uno de los eternos defensores de lo legítimo y loable que existe en la lectura.

El libro de la imaginación de Edmundo Valadés, Fondo de Cultura Económica.

Amelia González, egresada de la carrera en Lengua y Literaturas Modernas italianas, UNAM. Apasionada del mundo de los libros. Traductora y revisora de textos, así como también profesora de italiano y de inglés. Apasionada, también, de la lectura de cualquier género literario.

Facebook: Amelia Montserrat Hernández González

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gracias por este hermoso texto. ¡Saludos!

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