El nuevo y eterno tiempo de los románticos: El tiempo y lo imaginario de Adriana Yáñez Vilalta

Por Amelia González

A lo largo de toda su obra  —y en este caso bien podemos decir que también a lo largo de toda su vida—, María Zambrano se preguntaba si existía algún punto en que poesía y filosofía podían unirse. Estas dos formas de la expresión, habitualmente antagónicas quizá desde que Platón expulsara a los poetas en su República, se convirtieron en los ejes nodales, o mejor llamémosle corazones, que palpitaron con insistencia en toda la obra de Zambrano.

La filósofa de Málaga buscó, a través de diversas fuentes, respuestas para su interrogante y, en uno de sus despuntes creativos-filosóficos más altos, apuntó que la poesía podía concebirse como un “encuentro, don, hallazgo por gracia”(1); mientras que la filosofía sería aquello que antecede este “encuentro”; es decir, la filosofía es siempre el territorio del que brotan todas aquellas preguntas que anteceden cualquier búsqueda.

Como se aprecia, en esta lírica visión zambraniana, tanto poesía como filosofía se nos muestran inseparables. Una —en este caso la filosofía— se vuelve el arco en que la flecha —aquí, poesía— se apoya para ser lanzada hacia el terreno de lo incierto. Sin embargo, como el lector agudo podría refutar legítimamente, existe algo en lo cual María Zambrano no ahondó —aun cuando en gran parte de sus obras se aprecia, por supuesto— y esto es el lenguaje en que este binomio debiera expresarse: ¿las respuestas a esta búsqueda filosófica deben expresarse a través de la palabra poética o a través del lenguaje característico de la filosofía?

Si bien Zambrano no profundizó en este territorio —y es que verdaderamente no podía hacerlo, pues conocía los límites de su propia disciplina, al final de cuentas siempre más cercana a la filosofía—, su pregunta se nos presenta muy actual al confirmar que como toda gran pregunta, ésta no se agota con una sola respuesta, sino que trasciende tiempos y fronteras y llega hasta nuevas mentes que puedan darle otra nueva voz. Éste es el caso de la filósofa mexicana Adriana Yáñez Vilalta, quien parece rescatar aquel hallazgo zambraniano y convertirlo en su propio modo de expresión filosófico.

Adriana Yáñez Vilalta (1954-2009) fue doctora en filosofía. Se interesó a lo largo de toda su vida  en el movimiento romántico alemán, pero también en cómo éste se advertía en el pensamiento mexicano y en el pensamiento francés. Lectora apasionada de Hölderlin, Nerval y Baudelaire, por solamente mencionar algunos de sus grandes amores, cultivó también ella la poesía. La filósofa mexicana buscó a lo largo de toda su vida entablar un diálogo directo con la filosofía alemana a fin de crear ella misma su propio mapa en el que convivieran tanto la filosofía romántica como la poesía.

Gran parte de este mapa, o bien, de este recorrido intelectual, puede apreciarse a detalle en su obra El tiempo y lo imaginario. Esta obra, editada por el Fondo de Cultura Económica dos años después de su muerte, recopila algunos de los ensayos fundamentales de esta pensadora. Son ocho ensayos los que componen este libro y en cada uno de ellos se aborda un autor o un aspecto particular de alguna obra literaria o filosófica, visto a través de la particular mirada poética- filosófica de Vilalta.

La importancia de esta obra, El tiempo y lo imaginario, radica particularmente         —aunque desde luego no exclusivamente— en dos aspectos. En primera instancia, esta obra se convierte en la oportunidad de que más lectores se acerquen y conozcan a esta autora cuya obra todavía no es tan reconocida. Sobre este mismo punto, es importante mencionar que esta compilación ensayística se da a la tarea de ofrecerle al lector no solamente algunos de los textos fundamentales de la filósofa, sino que también pretende invitarlo a que conozca, de modo más íntimo, a la autora. Esta obra contiene algunos anexos y un par de emotivos textos que fungen como introducciones, en los que amigos o la madre de la autora, la también escritora Maruxa Vilalta, recuerdan la importancia del trabajo de Adriana Yáñez Vilalta en el panorama de la filosofía en México.

El segundo aspecto radica en que esta compilación es verdaderamente un microcosmos de la poética de Vilalta. La selección de los ensayos es realmente precisa, pues en cada uno de los ocho textos que conforman esta obra se advierten algunos de los temas que aparecen constantemente desde su primera obra: el surrealismo, la imaginación como vehículo creador y la poesía como modo de habitar el mundo.

En el breve ensayo titulado “El Compromiso”, la autora pretende explicar qué es lo que vuelve a los románticos nuestros contemporáneos y cuál es la grandeza por la cual la literatura contemporánea dialoga de continuo con ellos. Partiendo desde la visión romántica de Octavio Paz, presente en Los hijos del limo, Vilalta ahonda más bien en la esencia romántica —típicamente propia de los espíritus combativos, inconformes, en perpetua búsqueda del Sentido— para poder defender la idea de que el Romanticismo no fue solamente un movimiento literario, sino que fue, verdaderamente, un modo de vida, una concepción del mundo. Para Vilalta la grandeza romántica radica precisamente en esto: sin importar realmente si los románticos fracasaron o no en su intento original por cambiar el mundo, cambiaron para siempre nuestra concepción  del arte, “nuestra manera de ver la realidad, de percibirla, de entenderla” (2). Por tanto, el Romanticismo no debe ser concebido puramente como un movimiento estético, sino que más bien debe ser visto como una lucha, inherente al alma humana, que reaparece a lo largo de toda la historia:

Hoy más que nunca nos solidarizamos con la voz de los poetas románticos: nuestros contemporáneos. Una voz que nos hace llegar hasta el fondo de nosotros mismos […] Ésa, la auténtica voz del hombre, que reaparece cíclicamente en los momentos más importantes, más decisivos de la Historia del Espíritu. El compromiso del hombre romántico es el compromiso de nosotros mismos frente a la realidad que nos rodea. Frente a la humanidad pobre, intencionalmente disminuida, el romanticismo nos ofrece su entusiasmo, su desmedida esperanza, su profunda desesperación […] La grandeza del romanticismo consiste en la búsqueda de lo esencial, del Ser, del fundamento (3).

Eventualmente, en otro de los ensayos más memorables de esta compilación, Adriana Yáñez Vilalta se encarga de conciliar, a través de dos de los autores que le fueron siempre caros, el tema de la temporalidad con el tema de la poesía. En este ensayo, el último de El tiempo y lo imaginario, también se puede apreciar su visión acerca del romanticismo francés. En una particular y compleja lectura —en la que filosofía y poesía se entrelazan a lo largo de todo el discurso—, Vilalta relee a Bachelard y su noción del instante, a través de los versos de las Correspondencias de Baudelaire, demostrando que ambas nociones no sólo coinciden, sino que se complementan: a través de un tiempo vertical —que más que continuarse, brota— “contrarios se reúnen en la fuerza de un sólo instante personal, íntimo, secreto. Así, podemos llegar a concebir la poesía como una metafísica instantánea, como la intuición de un instante pleno, absoluto, verdadero, como un tiempo apasionado que mira fijamente la eternidad” (4).

Así mismo, en este ensayo —que no es sino un verdadero diálogo entre la filosofía y la poesía— se suma una tercera voz:. No solamente conocemos la noción de poesía a través de los dos autores franceses, sino que conocemos la visión de lo poético según Vilalta, pues la autora ofrece al lector su propia traducción de Correspondencias, de Baudelaire. Así, “Bachelard: la poesía como intuición del instante”, título de este ensayo, se convierte sin lugar a dudas en uno de los textos más emblemáticos de todo el libro.

Finalmente, el tema de la imaginación. Este tema es el hilo que conecta cada uno de los ensayos de El tiempo y lo imaginario. La imaginación es posiblemente el tema que motiva toda la obra y el pensamiento de Vilalta.

La filósofa mexicana encontró en el romanticismo alemán el territorio en el que el quehacer poético y el filosófico conviven. Aquí, la palabra poética y la filosófica no pueden separarse, forman una unidad; la habitual línea que las separa se anula por completo. La búsqueda humana de las respuestas — de naturaleza típicamente filosófica, como hemos visto— se expresa a través no sólo de un lenguaje poético, sino que parte, necesariamente, desde una motivación así mismo poética: la grandeza y esencia romántica radica en el redescubrimiento “del poder de la palabra, la fuerza de la pregunta filosófica, la magia de la poesía” (5).

En El tiempo y lo imaginario advertimos que la pregunta fundamental de María Zambrano  renace y adquiere nuevos matices. A través de la búsqueda en ese tiempo nuevo y eterno del romanticismo, Adriana Yáñez Vilalta dialoga con esa tradición que más que alemana se refiere siempre a todo lo humano y busca —a partir de esa pasión que para ella fue la filosofía— hallar en nosotros mismos y en la imaginación “la voz de eso que, a veces, llamamos poesía. Una voz que el mundo moderno intenta de continuo hacernos olvidar” (6).

El tiempo y lo imaginario de Adriana Yáñez Vilalta, Fondo de Cultura Económica.

Notas:

1 María Zambrano, Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pg. 13.

2 Cfr. Vilalta, op. cit. pg. 67.

Ibid, pp. 69-70.

Ibid, pg. 110.

Ibid, pg. 70.

Ibid, pg. 53.

Amelia González, egresada de la carrera en Lengua y Literaturas Modernas italianas, UNAM. Apasionada del mundo de los libros. Traductora y revisora de textos, así como también profesora de italiano y de inglés. Apasionada de la escritura y de la lectura de todo tipo de género y de cualquier cultura.

Facebook: Amelia Montserrat Hernández González

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