Una historia de Harrat: segunda parte

Por Rudy Quispe Arirama

III

Soñó que volaba sobre un dragón con forma de serpiente. Recorría el cielo y sentía cómo el viento golpeaba su rostro, extendía las manos y podía tocar las nubes que le parecían de algodón. Volaba alto sobre la tierra y vio montañas, tierras labradas y ríos caudalosos; desde las alturas alcanzó a ver su antigua aldea, donde había más gente que nunca, más animales de los que jamás en su vida había visto. Estaban reunidos en grandes rebaños, y había de todos los tipos, ovejas, cerdos, yaks, caballos de tiro, y muchos más de guerra. Los hombres marchaban hacia el mar, grandes masas de hombres marchaban hacia un destino de sangre, Chie lo sabía. En el mar había enormes animales de madera, con grandes barrigas donde entraban los hombres. Estos animales de madera tenían tentáculos en lugar de brazos y se deslizaban sobre la superficie del agua con delicadeza.

Chie se veía a si mismo volar sobre todo esto, como si fuera un líder poderoso, como si poseyera el mando de esa monstruosa masa de gente y animales que al final formaban una sola bestia.

En esos sueños estaba cuando un dolor en la espalda lo despertó, fue tan intenso que le hizo soltar un grito de dolor. La siguiente patada fue aún más fuerte y sintió como la bota se hundía en sus costillas. Se encontraba echado en los establos junto al corral de los cerdos y el chillido que ellos emitían en ese momento parecían alaridos humanos para sus confundidos oídos. En vano intentó escapar de ahí, le habían arrojado encima un cubo de agua con desperdicios de comida y excremento de animales, sintió que se hundía en el lodo que se estaba formando. Y no estaba equivocado, un pie pisaba su espalda con fuerza y lo mantenía quieto en ese lugar, a la merced de sus captores.

—Te debería matar aquí mismo —dijo una voz sobre él que no alcanzaba a identificar en su desesperación.

—No… por favor…

Chie había tragado algo de lodo y sentía que se asfixiaba cuando una mano lo sujetó por los cabellos y lo levantó con fuerza. Pudo tomar una bocanada de aire limpio y se sintió vivo por un fragmento de segundo. Moyo lo había levantado y ahora lo miraba con el desprecio y sadismo de todas las veces que lo golpeaba hasta dejarlo con heridas sangrantes.

—Pides por favor —Moyo le escupió en la cara—. Te hicimos el favor de dejarte vivo y nos pagas así. Nos robas.

—No, no lo hice —suplicó Chie.

Una bofetada atravesó su rostro.

—Desprecio las mentiras tanto como a los de tu raza. Gracias al Gran Jinete que los masacramos a todos. Son un pueblo débil e inútil, no sirven para la guerra y no sirven para la paz, no tenía sentido que siguieran viviendo. Y ahora tú estás aquí y al igual que muchos de ellos vas a rogar por tu miserable vida.

—No lo hice —lloró Chie.

—No te voy a matar, eso lo decide el Señor, pero mereces un castigo por robar mis carnes —Moyo soltó una risita suave y sujetó la mano derecha de Chie, y con un movimiento lento, pero fuerte, le rompió dos dedos.

Alaridos salieron de su boca, la desesperación lo inundó y sentía que perdería el conocimiento pero no lo hizo, el dolor era intenso y se expandía de la punta de los dedos hasta sus ojos, hasta el centro de su cabeza. Como no dejaba de gritar, Moyo le asestó un golpe rápido y limpio en la boca del estómago que le quitó el aire y lo desmayó.

—Átale las manos y los pies —le dijo a Kumo, el encargado de los establos—, vamos a llevarlo con el Señor.

Kumo lo ató y lo colocó sobre su hombro. Los dos caminaron hacia el centro del campamento donde se hallaba la tienda más grande, que era la que pertenecía al líder. Desde afuera se veía imponente y estaba adornada con estandartes de calaveras y pieles de zorros en la parte delantera, y en los costados los estandartes trofeos y pieles de otros animales que habían sido capturados en las diferentes campañas de conquista y saqueo, como la que se había hecho al pueblo de Chie.

En la entrada de la tienda había un guardia con la espada al ristre que no dejaba ingresar a nadie sin ser anunciado antes, y al ver a Moyo levantó la mano.

—Traigo a este ladrón para que el líder lo juzgue —dijo Moyo señalando a Chie que estaba inconsciente en el hombro de Kumo—, dile que es el hijo de los ovejeros.

El guardia desapareció dentro de la tienda por un momento y cuando apareció nuevamente estaba envuelto en humo y sudor, con la espada desenvainada les indicó que entraran.

El interior era oscuro y sofocante, una entrada de aire en el extremo posterior brindaba la escasa iluminación, y un pequeño brasero en el medio extendía el calor.

—Te ha robado un niño —dijo de pronto una voz—, estás haciéndote viejo, Moyo.

De una cama de pieles se levantó un hombre alto y grueso. Se acercó al fuego y cogió una pierna de cordero medio quemada y la devoró con tantas ansias que la grasa resbalaba por su barba.

Se acercó a Kumo y jaló al niño al suelo. Chie despertó con el golpe y se dio cuenta que estaba amarrado, intentó forcejear pero era imposible soltarse de aquellos nudos. Se sentía como un gusano retorciéndose junto al fuego.

El Señor de los Zorros tiró el hueso medio masticado al suelo. En la tenue oscuridad Chie a duras penas podía verlo, pero sus ojos se adaptaron rápido y entonces se dio cuenta de los tatuajes le que cubrían los brazos y el pecho, tenía diversas runas en los brazos, con distintos colores, y en el pecho dibujos de animales entre los que sobresalía el zorro, la marca de la tribu. Pero no todos eran tatuajes, también habían muchas cicatrices que eran testimonio de las batallas en las que había estado, en las que seguramente había matado muchos, como a la tribu de Chie. Estaba desnudo y sólo tenía una piel de zorro sobre los hombros, caminaba alrededor del fuego buscando la purificación de sus entrañas, siguiendo el ritual antiguo de los hombres de las estepas.

—¿Dime qué ha pasado, niño? —había sacado un puñal y lo sostenía por el extremo filoso, jugaba con lanzarlo.

—Ha robado mis carnes —dijo Moyo y le dio una patada a Chie.

—Eso es lo que me dices —dijo el Señor de los Zorros—, pero quiero escucharlo de su boca.

—Señor… por favor…

—Ruega por tu vida escoria —Moyo le dio un puntapié.

—No entiendo a los de tu raza —el Señor de los Zorros le cortó la cuerda que lo tenía sujeto—. No te entiendo a ti, te he dado el privilegio de la vida, tienes el placer de mantenerte vivo cerca a nosotros, cerca a guerreros de verdad. ¿Y cómo es que pagas nuestra gratitud? Nos robas, robas a la mano que te da de comer, que te da un hogar.

Chie se encontraba en el suelo, y a pesar de que estaba liberado de las cuerdas no se podía mover. Moyo lo tenía aplastado con la bota y le repetía que rogara por su vida.

—Cuando maté a tu padre no aprendiste nada —el Señor de los Zorros cogió a Chie por el cuello y lo atrajo con suavidad, pudo sentir la peste de sus dientes podridos—. Cuando violé a tu madre frente a tu padre no aprendiste. Él aún respiraba mientras la montaba, y lo vio todo. Así como tú lo viste todo. ¿Por qué no eres agradecido?, ¿por qué me robas?

—Sentí que me faltaban provisiones —dijo Moyo—, así que un día esperé y vi a esta escoria robando un pedazo de carne salada de la despensa. Lo escondió en su ropa y se fue en dirección de la colina del norte. Esa fue la primera vez, durante la misma semana lo vi hacer lo mismo, incluso con la leche de yak fermentada.

—Robaste mi licor… —el Señor de los Zorros movió el puñal con rapidez y cortó la oreja derecha de Chie—. Nunca robes mi licor.

Soltó un grito de dolor. Ya no sabía cuantas veces había gritado desde que había sido capturado, desde que lo obligaron a ver cómo morían sus padres y cómo sus cuerpos eran vejados y exhibidos como simples trofeos de saqueos, donde ni una sola alma había quedado con vida, más que él. Había llorado todas las noches, había padecido cientos de golpes, insultos, la marca del látigo sobre su espalda, huesos rotos, mutilaciones, la violación, el dolor infinito de la pérdida de esperanza y el deseo no otorgado de una muerte rápida y sin más dolor.

—Ruega por tu vida —repetía Moyo.

—Cuánta carne desperdiciada en un ser tan inferior, en un perro habría sido más útil —el Señor de los Zorros miró por un momento a Chie, estaba delgado y temblaba, sostenía sus dedos rotos y su oreja sangrante, tenía un ojo hinchado por los golpes y las ropas manchadas de lodo y sangre—. No tolero el robo dentro de mi clan y menos cuando es hecho por extraños. Ruega por tu vida, me gusta oírlo, pero igual te mataré, dolorosamente.

—No, por favor —suplicó Chie, sentía que el dolor nunca se iba a detener, que sufriría toda su vida—. No lo haré más, no lo volveré a hacer.

—Eres una vergüenza, ovejero, pensé que por ser el hijo del jefe de tu aldea serías más cuidadoso con tu vida y más agradecido con nosotros por dejar que la conserves —dijo Moyo.

—¿Sabes qué le dije a tu padre mientras agonizaba?, que la sangre de tu madre era dulce —el Señor de los Zorros lamió su puñal—, al igual que la tuya… Llévalo afuera y cuélgalo, luego corta su cabeza y ponla en una lanza en la puerta de mi tienda.

—Nooo, nooo… no era para mí, no robé para mí —gritó Chie desesperado—, no era para mí, era para el anciano… para el anciano…

—¿Cuál anciano? —preguntó el Señor de los Zorros.

IV

Dos jinetes avanzaban por la estepa en dirección de la colina del norte, Moyo llevaba a Chie, está vez sin ataduras. El sol aún no se ocultaba en la fría tarde invernal, el viento soplaba fuerte y al caer en la piel era como si cientos de espinas se clavaran profundamente.

Ya habían pasado el pozo donde acostumbraban recoger el agua y dentro de poco llegarían a la colina sin nombre.

—No puedo creer que el líder se haya creído ese cuento —dijo Moyo.

Cuando Chie gritaba, desesperado, que no estaba robando para sí mismo, despertó la curiosidad del Señor de los Zorros. —Lo más probable es que sea un espía de alguna tribu, había dicho, y éste bastardo lo está ayudando. Moyo y Kumo pagaron el precio de esa curiosidad, se les había ordenado llevar al niño para que les mostrara la cueva donde se ocultaba ese anciano.

—Más te vale que esto no sea una mentira para salvar tu pellejo —le dijo Kumo—. Igual te matarán.

—Si no hay algo que valga la pena, te mataré ahí mismo.

Chie parecía no escuchar las palabras de sus captores, intentaba pensar en qué haría el anciano, si lo ayudaría, si sería capaz de salvarlo, o si al menos estaría en la cueva. Pero a cada momento el dolor lo volvía a la realidad, el movimiento del caballo, combinado con la dureza del camino hacían que se acrecentaran sus padecimientos, especialmente el dolor de sus dedos rotos.

En poco tiempo llegaron a la base de la colina, que estaba cercada por un matorral bajo y marchito, un poco de pasto cubría ciertas zonas y el resto estaba completamente desnudo.

—¿Por dónde? —Moyo sobó la oreja sangrante de su prisionero.

Chie soltó un quejido y unas lágrimas se sumaron a las incontables que ya había regado en ese día. Señaló hacia un lado, justo donde se encontraba el sol que ya empezaba su descenso, la cueva se encontraba oculta en ese extremo.

La entrada de la cueva permitía el pase de un caballo y su jinete sin dificultad, pero los hombres dejaron a sus animales atados a un tronco seco que estaba cerca. El interior de la cueva era espacioso, y probablemente fue el refugio de osos, zorros o lobos en algún momento. Pero nada de eso había ahora, por el contrario, cuando los hombres entraron sólo encontraron a un hombre muy viejo envuelto en harapos y que atizaba una pequeña hoguera para combatir el frío.

—¿Éste es tu anciano? —Moyo empujó a Chie de una patada.

El niño asintió, moviendo la cabeza levemente, y luego miró al hombre, que al fondo de la cueva se mantenía impávido.

—Es puro hueso y pellejo —dijo Kumo—, y creo que se está muriendo.

En efecto, el anciano se veía muy débil, y la piel la tenía muy pegada a los huesos. A pesar de que Chie había estado robando comida para él, en todo este tiempo el semblante del hombre no había cambiado mucho. Ahora se mantenía quieto, como si no prestara atención a lo que estaba pasando a su alrededor, ignorándolo todo.

—¿Es alguien de tu tribu? —preguntó Moyo—, ¿o es un espía de otro lado?

Chie guardó silencio esperando que el anciano dijera algo o que al menos se moviera, que mostrara sus ojos rojos de fuego tal como se lo había mostrado a él. ¿De verdad era un dragón, o todo había sido un truco de magia, algún poder de chamán o de un Errante? Chie no lo sabía, en ese momento de su vida no sabía nada.

—¿Sabes hablar, anciano?

El viejo levantó la mirada y se enfocó en los hombres, a pesar de la blancura que cubría sus ojos, parecía que los miraba, que los observaba hasta el interior.

—Responde —Kumo se acercó y pateó un poco de tierra sobre la fogata para apagarla, pero sin lograrlo.

—Claro que sé hablar —dijo el anciano recostándose en la roca, muy tranquilo y sin levantar la voz más de lo necesario—, sé muchas cosas, pequeños zorros.

—Estabas robando para un espía —Moyo empujó a Chie al suelo—. Ahora van a morir los dos.

Cuando terminó de decir eso el anciano soltó una carcajada larga y suave, que tenía una melodía contagiosa. Lentamente se incorporó, apoyándose en la pared donde caían los rayos del sol, rojos, que iluminaba todo el interior de la cueva, dándole un tono irreal, todo se veía como un sueño manchado de sangre.

-—Han venido muy pronto, el niño aún no está listo —dijo el anciano.

—Mátalo y corta su cabeza —le ordenó Moyo a Kumo.

El hombre miró al anciano con un gesto burlón y empuñó su espada. De pronto, con un movimiento rápido que nadie dentro de la cueva hubiese anticipado, el anciano sostuvo la muñeca de Kumo y le impidió sacar la espada.

—Cuánta violencia en este hombre.

Un crujido seco se escuchó y luego un grito de dolor, Kumo vio cómo su mano fue arrancada de cuajo y cómo la sangre salpicaba por la pared. Retrocedió con torpeza e intentó desenfundar el puñal que tenía en el cinto pero no llegó a hacerlo. Ante la sorprendida mirada de Moyo y Chie, el anciano agarró por el cuello a Kumo y lo levantó del suelo. Apretaba con tanta fuerza que la asfixia ya ponía morado el rostro del pequeño zorro que se retorcía e intentaba lanzar patadas y golpes sin ningún efecto.

—Esto no me da placer, pero es necesario —dijo el anciano, y mirando fijamente a Moyo introdujo su mano en el pecho de Kumo, extrajo el corazón que aún latía, chorreaba sangre y desprendía un humo blanco. Lo lanzó hacia la hoguera donde aún habían unas cuantas brazas y el cuerpo cayó pesadamente al suelo—. Si hubiesen esperado un poco más, todo sería más limpio.

El rostro de Moyo estaba completamente pálido, el miedo se había apoderado de él y balbuceaba algunas palabras. Pero cuando vio que el anciano dio un paso hacia adelante cogió de los cabellos a Chie, que también había quedado inmóvil, y puso el puñal en su cuello.

—¡Alto! No sé que clase de demonio eres —dijo—, pero no te acercarás. Si te acercas degollaré al niño.

—¿Todos los de tu tribu son igual de insolentes? —el anciano recogió una pequeña rama seca del suelo.

—Me voy, y cuando vuelva con mi gente no hablarás así. Me llevo al niño, no te muevas.

—No puedo dejar que hagas eso, ese niño es importante para mí. Y ya esperé mucho como para dejarlo ir.

—Si te acercas lo mato —Moyo presionaba el puñal en el cuello de Chie que lloraba e intentaba forcejear—. Me voy.

—No lo harás. No te puedes ir con esa pierna rota.

Moyo no entendió, entonces el anciano le mostró la rama seca que tenía en la mano, y luego la partió en dos. La pierna del zorro se quebró con un sonido seco y un grito llenó la cueva. Cayó al piso y vio como el hueso salía por la piel y la sangre empezaba a brotar.

El puñal había quedado a un lado y Chie pudo escapar y ponerse al lado del anciano. Éste lo miró y puso su mano en la cabeza del pequeño, como para tranquilizarlo y luego sonriendo le entregó un colmillo, el mismo que le había dado la primera vez que se habían conocido.

—Lo que es mío, ahora te pertenece. Y todo lo que tienes ahora es mío. Anda.

Chie entendió. Sostuvo el colmillo como si fuera un arma, lo apretó con fuerza y se acercó al cuerpo de Moyo que intentaba arrastrarse para salir de esa cueva. Miró los ojos del niño que ya no lloraba, si no que, por el contrario, parecían llenos de ira.

—Te perdonamos la vida —dijo Moyo, casi rogando—, te dejamos vivir con nosotros, ibas a ser un zorro.

—No, yo soy un ovejero. Como mis padres —y dicho esto se lanzó sobre el hombre.

El colmillo ingresó en el pecho de Moyo con asombrosa facilidad, y un nuevo grito salió de su garganta. Chie continuó clavando el colmillo, ruega por tu vida, le decía, ruega como yo rogaba. Pero el zorro no podía decir ninguna palabra más, pues lo único que salía de su boca eran bocanadas de sangre, ruega por tu vida. No alcanzó a sentir la oreja sangrante, ni los dedos rotos cuando apuñalada una vez y otra vez al cuerpo de Moyo.

El anciano no dejó de mirarlo ni por un instante mientras mataba al hombre. Y cuando Chie por fin acabó, empapado de la sangre de su antiguo captor, le brindó una sonrisa.

—¿Todo ha terminado? —preguntó Chie.

—Por el contrario, todo acaba de empezar.

—Vendrán por nosotros, ¿a dónde iremos?

—No vendrán por nosotros, nosotros iremos por ellos.

—¿Cómo?

—Ya lo verás. Pero primero debemos comer.

El anciano se sentó en la piedra al fondo de la cueva, junto a la fogata donde ahora estaba el corazón de Kumo. Sin hacer caso de las llamas que envolvían el órgano, lo sacó y le dio un mordisco. Luego se lo entregó a Chie, que al verlo y tenerlo en la mano no se sentía capaz de comerlo, pero la mirada del anciano era tan amable y tranquilizadora que sintió que no se podía negar.

—¿Alguna vez te preguntaste por qué te dejaron vivir?, ¿por qué eres el único sobreviviente de tu tribu?

Chie negó con la cabeza y le dio una mordida al corazón, con cierto asco. No sabía a nada y a la vez sabía a todo.

—Porque perteneces a un linaje de sangre pura. A pesar de que eres parte de una raza débil, tus ancestros vienen de una línea pura, y por eso eras importante para los zorros, ellos pensaban usarte como un trofeo. Pero para mi eres más importante que eso, pues sólo puedo migrar dentro de alguien puro. Aún no estabas listo, pero no me queda más opción que hacerlo ahora.

Y dicho esto el anciano se desplomó y murió.

Chie retrocedió asustado, pero no tuvo tiempo de hacer nada más. Cayó de rodillas y su cabeza empezó a dar vueltas. Miles de imágenes se proyectaron, miles de recuerdos empezaron a implantarse dentro de él. Vio cientos de dragones volar por lo cielos, garras y colmillos chocar entre sí, vio miles de nubes y flechas, lo perseguían. También supo lo que eran las ninfas del río, y su belleza legendaria. Vio su propia caída y su transformación. Sintió el amor y el desprecio, sintió el odio y la venganza, pudo sentir la oscuridad dentro de su cuerpo. Vio su primera migración, y luego una más, y otra, y otra… y todos los recuerdos de esos seres se juntaron dentro de su mente, algunos claros y otros borrosos, los rostros y los nombres se mezclaban y ya no sabía quién era quién en realidad. Y supo que él era el siguiente cuerpo e intentó combatir, con todas sus fuerzas, con todas sus lágrimas y padecimientos, pero no podía, era una fuerza imposible de luchar, sentía que los recuerdos de sus padres desaparecerían y el dolor de su cautiverio también… y entonces… se rindió.

Un nuevo ser se puso de pie, ya no era Chie, pero algo quedaba de él, un eco en el fondo.

El anciano y el niño han muerto, pensó, pero yo sigo eterno.

Limpió la sangre de su rostro, enderezó sus dedos rotos y recogió su colmillo. Salir de esa cueva era como un nuevo nacimiento. Encontró los caballos esperando afuera, subió a uno de ellos y cabalgó lentamente hacia el sur.

Era una fría tarde de invierno en Harrat.

Rudy Quispe Arirama. Historiador de profesión, con pasión por la literatura y recientemente dedicado a fondo a dicho oficio. Hace poco inauguró su blog: https://rqarirama.wordpress.com/

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