Reinventar los límites

Por Daniel Silva

Desde su estreno en 1879, Casa de muñecas de Henrik Ibsen no ha eludido su calidad de controversial y su impacto subsiste hasta nuestros días. Por ello, no es extraño que esta obra del dramaturgo noruego se monte con frecuencia, pues como cualquier clásico, Casa de muñecas permite nuevas adaptaciones e interpretaciones. Mauricio Jiménez asume esta tarea y presenta una versión que revitaliza su polémica esencia en una traducción más fresca y contemporánea ─a cargo de Paulina Barros Reyes Retana─ que guía a los actores hacia su gran responsabilidad: hacer retumbar un mensaje tan necesario como hace poco más de dos siglos: la liberación de la mujer en un ambiente opresor. Sin embargo, este no es su límite.

Al ingresar al teatro, el espectador se siente un tanto lastimado por el trabajo de escenografía: una casa repleta donde resaltan contrastes, pues no sólo está presente un gran júbilo por la espera de la Navidad ─el árbol, los regalos, un piano─; hallamos también la nota discordante, si no es que carcelaria: una pared grisácea, en cuya parte superior se halla un espejo retrovisor que no sólo refleja una aparente cotidianidad: es, ante todo, un ojo imparcial, pues se limita a observar el continuo deambular de esos pajarillos que no se permiten franquear siquiera el tope del escenario ─el día a día y la ley del hogar se imponen vigorosamente─.  El confort  y la opresión están resguardados por una estructura metálica ─una casa apenas esbozada o una jaula-prisión─, el toque final del microcosmos donde veremos, durante poco más de dos horas, la confrontación de roles que creíamos concluida.

La trama ─conocida por otras representaciones o por lectura escolar─ se desarrolla sin más: en la víspera de Navidad, Nora y Torvaldo, matrimonio en apariencia perfecto, reciben una excelente noticia: el ascenso del cabeza de familia en el banco. Previo a la celebración, unos cuantos invitados, Cristina y el doctor Robles, felicitan a la pareja dichosa hasta que Conrado, un hombre desahuciado por una injusticia laboral, exige a Nora un gran favor del cual depende, no sólo su porvenir, sino un secreto guardado por Nora durante mucho tiempo…

El elenco, encabezado por Andrea Salmerón (Nora) y Moisés Arizmendi (Torvaldo), despliega el mensaje central de la obra con una naturalidad que rebasa lo corporal y lo verbal enfrascados en una actuación, pues cada frase emitida oculta múltiples significados: la ternura se confunde con la esclavitud; la angustia, con la valentía y la convicción de haber obrado por un bien, no sólo personal, sino también a nivel familiar y de pareja. Así pues, como en el ping pong, los personajes se tiran unos a otros, con inocente violencia, y durante el juego se liberan y/o refrenan según su convicción o conveniencia. Aquí no se trata de una guerra entre sexos, pero sí de estereotipos. No hay fragilidad, pero sí represión y dominio. Si bien Nora se autoencarcela en el silencio, tendrá, no a un hombre, sino a  Cristina (Olga González), la amiga confidente que la invita a quitarse la máscara y a confrontar la realidad. Tampoco será su única tarea luchar contra un deseo sexual reprimido (el doctor Robles, con una gran interpretación de Erando González), ni mucho menos su gran némesis, o sea Conrado (Francisco Mena), cuyo chantaje, al fin y al cabo, resulta irónico ─¿acaso el chantaje no estimula la valentía?─, pues no logra minimizar a los personajes femeninos. Mauricio Jiménez ha creado, no un intercambio de roles: sí una evolución. No una simple galería de estereotipos y sí la raíz donde brotan casi todos los males: la repetición de patrones. Un mal a erradicar contra toda oposición.

Casa de muñecas, producción de Teatro en fuga y Hogares Unión presenta funciones de jueves a domingo en el Centro Cultural Helénico, del 15 al 17 de diciembre de este año y retoma funciones a partir del 5 de enero hasta el 4 de febrero de 2018.

Casa de muñecas de Henrik Ibsen. Dirección: Mauricio Jiménez

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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