Una historia de Harrat: primera parte

Por Rudy Quispe Arirama

I

Chie conocería la oscuridad en una fría tarde de invierno.

Había estado todo el día alimentando a los animales, limpiando el corral de las ovejas, llevando agua para los caballos, ordeñando yaks. Se sentía cansado y débil, pero sus labores no acabarían hasta muy entrada la noche, cuando ya la mayoría estuviese durmiendo y sólo unos pocos se dediquen a hacer guardia en la patrulla nocturna. Tenía que llevar la leña para las fogatas y para que pueda mantener caliente la tienda del Señor de los Zorros, luego mantenerse en una esquina y rogar por las sobras de comida en los cuencos, o un hueso con algo de carne, si tenía suerte encontraría algo de paja seca para poder dormir, ya que el suelo era frío y duro, lastimaba su cuerpo y cuando lo despertaban por las mañanas se sentía igual de cansado. Las pulgas eran un problema pero sabía que en algún momento podría acostumbrarse a ellas.

Siempre le decían que había tenido suerte, que tenía suerte de estar vivo. El Señor ha sido benevolente, le decían, deberías estar colgado junto a todos los de tu pueblo. Tenía la suerte de seguir respirando la peste de los animales, suerte de cargar la comida de otros y la leña que da calor a los demás, suerte de recibir los golpes que marcaban su espalda, sus piernas y su rostro.

Suerte de vivir en lugar de la piedad de una muerte rápida.

Chie había juntado dos cubos de agua y los había atado a la vara que cruzaba su espalda y le servía de soporte. Desde el pozo hasta el establo había un largo trecho, y en la oscuridad de la noche el camino sinuoso estaba lleno de piedrecillas que herían sus pies y sólo un árbol viejo y retorcido servía de testigo a sus vicisitudes.

—¿Eso es agua?

Chie se giró de un salto y uno de sus cubos de agua se desparramó en el suelo. Su corazón latía rápidamente producto del susto, sintió que recibiría un castigo, pensó que de la nada aparecería un puño sobre su rostro o un látigo en su espalda.

La luz de la luna era débil, y las nubes ayudaban a ocultar todo, pero aún se alcanzaban a distinguir las siluetas de las personas.

—¿Me puedes dar un poco de agua?

La voz se sentía lejana, y un poco lastimera. Chie entrecerró los ojos para poder ver más claramente de dónde provenía la voz, ya había recogido su cubo de agua y tenía la vara en la mano para intentar una defensa que sabía inútil. Pero la voz no era amenazante, no reconocía aquel tono particular, nunca antes lo había escuchado durante el tiempo que estaba en manos de sus captores.

—¿Por qué te quedas ahí? —el hombre estaba cerca al árbol, se había sentado y reposaba su cabeza en una zona cóncava del tronco—. Acércate.

Chie se había quedado inmóvil y estaba pensando en correr, por algún impulso secreto o por el mismo terror no lo hizo. Al contrario, agarró uno de sus cubos y se acercó, despacio, al hombre que lo había llamado. No se sentía amenazado.

—Aquí tiene —le dijo extendiendo el cubo en la mano.

—Eres un niño… no te veo bien… ya me estoy quedando ciego.

En efecto, sus ojos parecían cubiertos con una fina capa de nieve y al parecer ya le costaba distinguir algunas cosas. Su rostro estaba marcado por arrugas y cicatrices, el cabello era color del invierno y algunas partes ya no cubrían bien su cabeza. Sus pies, por delante, tenían las marcas de sandalias que el sol y el frío habían dibujado, pero ahora estaban descalzos y llenos de llagas. Su cuerpo parecía flaco y débil, y estaba cubierto por unos ropajes viejos y sucios que le daban la completa apariencia de un Errante.

—Me tengo que ir —dijo Chie.

El hombre había cogido el cubo de agua y la bebió con avidez, el agua se desparramó sobre su pecho y cuando terminó soltó una risita.

—¿De verdad te tienes que ir? —le preguntó con tono más serio.

—Tengo que volver o vendrán por mí.

—¿Quiénes vendrán por ti, chico?

—Los hombres del Señor de los Zorros —Chie empezó a temblar ante la idea—. Si me demoro mucho pensarán que he escapado y me encontrarán.

—Está bien, ve. Pero no le digas a nadie que me has visto aquí. Y si mañana vienes a este pozo nuevamente me gustaría que me traigas algo de comer —la voz del hombre sonaba débil pero enmascaraba algo que el niño no podía comprender, como si de alguna manera proyectara una seguridad y un orden con sus palabras, pero sin llegar a ser demandante, simplemente era algo que sabía que debía cumplir sin ser forzoso.

Chie recogió los cubos de agua, verificó que estuviesen llenos, cruzó la vara sobre su espalda y, cuando se disponía a marcharse, el anciano lo detuvo.

—Antes que te vayas toma esto —de entre sus ropas rasgadas extrajo un objeto blanco y alargado que Chie no distinguió en un primer momento—, es importante para mí. Es una de mis últimas posesiones.

—Es un colmillo —dijo Chie cuando lo tuvo en sus manos.

—Lo es. Un hombre no puede irse sin posesiones de este mundo, y robarle a un anciano o a un moribundo molesta a los dioses, así que espero que no quieras sobre ti la cólera de uno. Ve y cuando vuelvas puede que te cuente de donde lo saqué.

Chie se marchó hacia el campamento, esperando que su ausencia no haya molestado a nadie, vació los cubos de agua, juntó un poco de leña y tuvo la suerte de encontrar un poco de guiso en el fondo de una olla quemada. Buscó la paja más seca para poder dormir tranquilo y se acostó en un rincón del establo con el colmillo cerca a su pecho.

Aquella noche, extrañamente, no soñó con el fuego ni con los gritos, aquella noche no vio las cabezas en lanzas ni la sangre en la tierra. Nadie lo golpeó esa noche, nadie lo tocó esa noche. No lloró por primera vez desde que lo hicieron prisionero. Aquella noche sintió que el dios del tiempo lo cubría con su mano protectora.

II

El niño cumplió con su palabra y volvió a ver al anciano al día siguiente y el día después de ese. Se escapaba por las noches y por las tardes para llevarle algo de comida, incluso sin haber probado bocado él mismo. Se escabullía en las cocinas y esperaba a que el cocinero estuviese distraído para robar un poco de carne o alguna fruta que escondía cuidadosamente en sus ropas, luego, cuando cuidaba a los animales que pastaban o cuando iba en busca de agua o leña, aprovechaba para dejar los alimentos y escuchar un poco al hombre.

No lejos del pozo y el árbol donde se conocieron por primera vez se alzaba una pequeña colina, en su lado oeste tenía una gruta que servía de refugio al anciano. En las tardes la luz del sol alcanzaba a iluminar el interior y cuando empezaba a oscurecer y el sol se ocultaba por el firmamento, Chie sabía que era la hora de volver.

—Va a llover —dijo el anciano de pronto—, hoy intenta dormir en un lugar que no se inunde mucho.

—Cuando vine no vi ninguna nube negra —dijo el niño. Está vez había conseguido un poco de leche de yak, la había ocultado en un pellejo y lo sacó de entre sus ropas con cierto orgullo.

El hombre recibió el pellejo y primero lo olfateó, como un perro, el sabor fuerte a dulce y fermento le hizo sacar una sonrisa. Bebió un primer trago y una línea de leche bajó por la comisura de su boca hacia su barba de canas blancas.

—No es necesario que veas todas las cosas, a veces simplemente tienes que sentirlas. Sentir el viento, oler el viento. Salgo de esta cueva y me paro en la cima de esta colina y siento todas las cosas, ya no veo casi nada, mis ojos cada día están más nublados y siento que hay una niebla delgada que cubre todas las cosas. Sólo se ve lo que los dioses quieren que veas. De alguna manera me recuerda el pasado, cuando todo lo miraba desde arriba.

—¿Cómo que desde arriba?

—¿Recuerdas el colmillo que te di? —Chie asintió con la cabeza y lo sacó de un bolsillo secreto que tenía en su ropa. Era más grande que el de un gato montés, largo y blanco, del tamaño de una mano—. Cuando te conocí te dije que te contaría de donde lo había sacado. Creo que ya te conozco lo suficiente para poder contarlo. Lo saqué de aquí.

Abrió la boca y con un dedo señaló su encía vacía. Chie lo miró con los ojos bien abiertos y luego de unos segundos se puso de pie y tiró el colmillo al suelo.

—Aún soy un niño, pero no soy estúpido. Sólo los animales tienen dientes así, los hombres tenemos dientes pequeños.

Se paró para salir de la cueva, cuando de pronto el anciano soltó una carcajada larga y suave, una risa que era la más agradable que Chie había escuchado en toda su vida.

—Cuando te conocí sentí que eras más listo, pequeño. Dime una cosa, ¿cuántos ancianos has visto en Harrat? ¿Alguna vez has visto a alguien que se vea tan viejo como yo? Por tu cara veo que la respuesta es no. Y no te sorprendas, no vas a ver a nadie que llegue a tener los años que yo tengo, o que haya visto las cosas que yo he visto a lo largo de mi vida. Conozco a los hombres y en este mundo nadie vive tanto, pienso que no es porque no quieran vivir, es más por que no pueden hacerlo, se la pasan todo el tiempo peleando sus guerras sin sentido, matándose los unos a los otros cuando deberían…

—No —dijo Chie de pronto—, tú no sabes nada. Mi padre y mi madre no eran guerreros y los mataron igual, ellos no buscaban peleas pero igual están muertos, los mataron igual que a perros, les cortaron la cabeza a los dos, yo los vi, me obligaron a ver todo… tú no sabes nada… ellos querían vivir…

Estaba de pie con los puños cerrados y los labios apretados, mientras lágrimas de impotencia escapaban de sus ojos. El anciano lo miró con algo parecido a la compasión, como si mirara a un animal indefenso, como un ave a la cual le cortaron las alas.

—Lo sé, yo lo vi. Lo vi todo y te vi a ti también, y es por eso que te busqué —el anciano ya no mostraba alegría ni sonrisa alguna, habló seriamente pero al mismo tiempo en su voz se podía sentir tranquilidad, una paz acompañaba a sus palabras—. Sé que no lo entiendes, pero ahora lo entenderás. Acércate.

Chie no entendía, qué quería decir con eso, qué era lo buscaba aquel anciano que se encontraba sentado en el fondo de aquella pequeña gruta en medio la nada, en medio de Harrat. Avanzó un paso y luego otro, se acercó al anciano, lentamente, no sabía por qué lo hacía, pero tenía que hacerlo. Cuando estuvo a su alcance el anciano lo tomó del cuello y lo acercó a su rostro, abrió los ojos cubiertos por aquel manto de nieve, por aquella neblina y de pronto se aclararon, se pusieron rojos como el fuego, y en su interior se agitaba como una tormenta. Chie forcejeó, intentando liberarse, los ojos del anciano quemaban su interior. Ahí vio fuego y escamas, vio cielo y nubes, ahí vio lo que era el anciano y cayó al suelo.

—¿Cómo es que…? Tú eres… Es magia…

—Es posible que sea magia, lo que para los hombres es magia, para mi es natural —el anciano recogió el colmillo del suelo—. Esto es mío, y tenía muchos más cuando aún me veía como un dragón. No te engañes por mi forma actual, niño. Mucho antes que tu nacieras, o que incluso, tus más lejanos ancestros nacieran, yo ya tenía vidas enteras volando por los cielos. Respiraba el aire limpio de las alturas, me abrigaba con los rayos del sol y dormía sobre suaves nubes blancas. Yo miraba todo desde arriba, todos eran minúsculos para mí, pequeños puntos en la tierra. Les enviaba tormentas y rayos, yo soplaba truenos para asustarlos y divertirme. Les enviaba lluvias para que puedan cultivar y comer, y también para limpiar la tierra de su presencia. Algunos me adoraban como a un dios, pero no lo soy, los dioses son más crueles que yo, eso te lo aseguro, niño. Yo he dado vida y muerte, pero ellos sólo dan muerte. Y pueden matar dragones.

—¿Me vas a matar? —Chie intentó levantarse y sintió como el miedo se deslizaba por sus piernas.

—No, no te asustes, no te haré daño. Te dije que yo te busqué, pero no para matarte, todo lo contrario, quiero que vivas. Ya no tengo la forma que tenía antes, pero aún tengo poder, este colmillo es la última prueba de lo que alguna vez fui, de todo lo que aún soy y lo que nunca perderé. El resto ha desaparecido, mi piel no es la misma que alguna vez llevé con orgullo, ahora me encuentro reducido a esta forma débil y al pasar del tiempo, a envejecer lentamente en un cuerpo que no reconozco aún. Yo volaba, me deslizaba por encima de las nubes y por sobre las montañas más altas, pero un día me detuve en la tierra, y ya nunca más pude volver a volar. Siempre vi a los dioses reírse de los hombres, pero un día se rieron de mí también, y cuando me detuve en la tierra sólo podía arrastrarme, tuve que aprender a caminar, aprender a vivir como un hombre, sentir hambre y frío, sed y calor. Fui cambiando y perdiendo tamaño, perdí mis dientes y éste es el único que me queda como un recuerdo de lo que siempre he sido. Pero el poder está dentro de mí. Ahora vete, no quiero asustarse más de lo debido.

Chie se secó las lágrimas y tímidamente asintió. Se dio cuenta que empezaba a oscurecer, se incorporó y sin decir una sola palabra partió de regreso al campamento. Mientras corría se dio cuenta que la lluvia empezaba a caer sobre su rostro.

Rudy Quispe Arirama. Historiador de profesión, con pasión por la literatura y recientemente dedicado a fondo a dicho oficio. Hace poco inauguró su blog: https://rqarirama.wordpress.com/

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Milagros O'campo dice:

    Majo, no me esperaba tal final. Vaya!!!! 🙂

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    1. Majo Ramírez dice:

      Majo sólo edita y publica; el verdadero genio detrás de la historia es Rudy Quispe 🙂 Todavía falta que publiquemos la segunda parte, el final es tremendo

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      1. Milagros O'campo dice:

        Ohh!!!, estaré muy pendientee!!!

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