¿José Trigo, 51 años?

Por Abraham J. Sánchez

¿José Trigo? 

Era… 

Era un hombre… 

Era un hombre de cabello encarrujado y entrecano… Tenía cuántos años… Treinta y cinco, cincuenta. Cincuenta y cuatro trenes salen todos los días de la vieja estación de Buenavistas y yo los cuento como cuento sus años.*

A finales del año de 1966 se publica José Trigo, primera novela del joven escritor Fernando del Paso (1935), quien en 1958 se dio a conocer en el panorama literario de la generación de medio de siglo con el libro Sonetos de lo diario, publicado por la Colección Cuadernos del Unicornio, fundada y dirigida por Juan José Arreola. En este breve poemario (re-editado por El Colegio Nacional en 2016 con ilustraciones del autor) reúne algunas composiciones líricas donde el tópico central es la cotidianidad cantada a través de un lenguaje alucinante, cargado de neologismos, arcaísmos y demás recursos donde la palabra evoca el deseo y el sentir humano.

A esta poética del lenguaje se encargará de darle continuidad en su futura obra como novelista, donde la palabra misma es la fuente principal para recrear fielmente el sonido vivo de la oralidad en cada una de ellas, con la intención de lograr una polifonía narrativa, característica principal de la novela total. Por esta propuesta, José Trigo resultó galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia en ese mismo año de 1966.

“La madrecita Buenaventura lo espera, a usted y a todo el que quiera que le cuente una historia, la historia de un hombre que se llame José Trigo o José Trigo, da lo mismo porque lo que vale es la historia de los hombres”.*

El impacto que ha tenido José Trigo ante la crítica y los lectores no ha sido el más cercano, a pesar del visto bueno que recibió por parte de Juan José Arreola y Juan Rulfo, quizá por lo «compleja» que puede llegar a ser su lectura. Y resulta curioso que haya sido recibida de esta manera, en parte por el período en el que se publica: la década en la que estalla el Boom latinoamericano, con autores como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Autores que en sus novelas, escritas durante este período, exploraron una nueva estética narrativa y revolucionaron los cánones estilísticos heredados por generaciones anteriores, que tomaban como referente principal a los grandes autores europeos, una nueva generación que supo cómo darle a su realidad una voz universal.

Entonces, si José Trigo sigue estos preceptos narrativos y estéticos, ¿por qué tuvo un menor impacto, ante los lectores y la crítica, que Rayuela de Julio Cortázar, Cien años de soledad de García Márquez o La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, publicadas apenas unos años antes? ¿Acaso su construcción resulta más compleja para el lector? ¿El lenguaje empleado es artificial? Si bien José Trigo se ancla específicamente en un problema muy particular, como lo es la voraz urbanización de la Ciudad de México y las duras condiciones que por consecuencia tuvieron que enfrentar los habitantes olvidados por el progreso, su lectura evoca una visión universal de la historia y del hombre. Valiéndose de la crítica, el humor negro, la ironía y el pastiche, plantea un cuestionamiento sobre la condición humana y su papel en el mundo moderno.

“¿José Trigo?

Era un hombre. Era un hombre cada vez más grande y cada vez más viejo y de rostro cada vez más iluminado por el sol que me daba en la nuca cuando yo caminando era cada vez una sombra más grande que vi acercarse un día en que yo estaba sentado en un carril o arrodujado y que me miró y me preguntó”.*

¿Por qué —si aborda tópicos relevantes, cantados de excelente manera y ofreciendo alternativas de lectura— no ha encontrado a sus lectores potenciales? una posible hipótesis sería que, por ser la primera novela que escribe y publica Fernando del Paso, a comparación de Carlos Fuentes, quien ya había publicado La región más transparente —donde critica los ideales originales de los héroes posrevolucionarios, dando indicios de lo que será su producción literaria—, José Trigo resulta ajena al público. Caso similar ocurre con Gabriel García Márquez, que anteriormente había publicado La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, novelas donde bosqueja lo que será el mundo fantástico de Macondo de Cien años de soledad, generando un vínculo más cercano entre el lector y la historia. De igual forma sucede con Mario Vargas Llosa y sus dos primeros relatos, Los jefes y Los cachorros, en los que deja ver aquellos demonios que lo acechan y de los que se irá exorcizando por medio de la escritura de sus próximas obras. Así, vemos que no sucede lo mismo con Fernando del Paso, porque es en José Trigo donde comienza a delinear su poética.

¿Podría ser esta la respuesta que, el público y la crítica, al no tener antecedente directos (en prosa) de la propuesta de Fernando del Paso, no quisieron atenderla como es debido? ¿Será porque Fernando del Paso no es un autor meramente prolífico, sino un alquimista de la palabra que le dedicó años de trabajo a cada novela?

La novela se distingue, entre otros aspectos, por un elaborado manejo de la sintaxis que la dota de un ritmo natural, donde lo erudito confluye con lo popular y el pasado se mezcla con el futuro para entrever el presente. La estructura de los capítulos se presta a múltiples lecturas, donde «El este» y «El oeste», mundos paralelos, se encuentran a través de «El puente» que conecta ambas realidades. Tejida en una prosa que tiende a lo poético, donde la musicalidad de lo oral predomina a lo largo de todo José Trigo, es el elemento fundamental de su composición. La mejor forma de revalorizar y conocer la obra es que en verdad sea leída y disfrutada, dejarse llevar por el ritmo y la musicalidad.

“En espejo de agua, diáfanos, con fondo de azules azulejos, ya no alfombrados con la vegetación criptógama que prolifera en las noches de luna llena, se refleja la imagen de una torre”.*

La importancia de Fernando del Paso en la literatura y el arte mexicano lo ha hecho merecedor de diversos galardones, como el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1991, el Premio Cervantes, 2015, un doctorado honoris causa por la Universidad de Guadalajara y su ingreso a El Colegio Nacional y a la Academia Mexicana de la Lengua, en reconocimiento a su pensamiento humanista y legado intelectual, siempre abogando por la libertad. Además del amor por las palabras, también tiene una fuerte pasión por los colores. Paralelamente, como dibujante y pintor, del Paso ha expuesto sus obras en museos de París, Madrid, Londres y algunas ciudades de Estados Unidos.

“Es el símbolo de la nueva Ciudad de Nonoalco – Tlatelolco que comienza en el Puente y se extiende hacia el Este. Colinda con la Glorieta de Peralvillo, con el principio de la Calzada de los Misterios y con lo que fuera el Jardín de Santiago ahora transformado en un parque de aires provinciales con faroles de múltiples esferas luminosas”. *

Fernando del Paso, José Trigo, México, FCE, 2015.

*Fernando del Paso, José Trigo, México, FCE, 2015.

Abraham J Sánchez (D.F., 1992). Pasante de Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Cuentista, ensayista, cronista y músico frustrado. Interesado por la literatura mexicana y universal, la música, el cine, la historia y otros menesteres.

Fb/Abraham J Sánchez; Twitter@abrahamjsnchez

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