Detrás del silencio

Por Juan Carlos de León

Rodrigo Torrentera se quitó las gafas negras y comprobó que la dirección del lugar coincidía con el viejo edificio que había frente a él. Entró y tocó en la puerta correspondiente.

Hacía días que Ampudia no se afeitaba, quizá también habría aflojado el nudo de su corbata el día que extravió la máquina rasuradora, quién sabe; y tal vez el pañuelo dentro del bolsillo de su camisa estuviera húmedo de sudor. Abrió la puerta hasta el tope que la cadenilla de seguridad permitía, y al ver al sujeto preguntó:

—¿Señor Torrentera?

Este asintió extrañado y Ampudia liberó la puerta de la cadenilla, se presentó y ofreció a su invitado tomar asiento. Rebuscó en los cajones mientras trataba de reproducir al parecer un bolero con silbidos discontinuos, en tanto que la computadora portátil que sacaba quedó hacinada junto a la montaña de papeles que había sobre la mesa.

—Perdón, pero el trabajo se amontona… Mire.

Desplegó la pantalla de la computadora y pulsó uno de los botones. Rodrigo no comprendía aún por qué había sido llamado a ese despacho y qué tenía que ver con tal acontecimiento.

—Permítame -dijo Ampudia, mientras abría una carpeta de documentos con varios videos guardados-, a partir de ahora todo tendrá su explicación… ya verá.

Segundos después, en la pantalla apareció repentinamente el rostro de Amalia. Allí estaba ella, su mujer, tras siglos de desmemoria, reconocible aún. Rodrigo se acercó a la pantalla y apreció cómo un moretón emergía del pómulo de Amalia, no tenía muy buen aspecto.

Ampudia se sentó en su silla y encendió un cigarro: la bocanada de humo que exhaló envolvió el primer plano de la mujer que miraba atenta a la cámara, como esperando una señal para hablar. Ella también encendió un cigarrillo, entonces habló:

—Rodrigo… Espero que al licenciado Ampudia no le haya costado dar contigo. Casi puedo ver la sorpresa en tu cara. Puedo verla como si ayer hubiera sido nuestro último encuentro y, sin embargo, ¿cuánto hace de ello? Ya ni te acuerdas, no serías capaz de responder sin pensar, sin dudar. Antes no dudabas, ¿recuerdas?

—¿Qué carajos es esto? —exclamó Rodrigo al notario tratando de controlar su turbación. Ampudia no respondió y apuntó con el mentón a la pantalla de la computadora.

—Esto, querido, es mi testamento, mis últimas palabras que recibes. Quiero demostrarte que el tiempo no te expulsó de mi memoria. Evidentemente, para ti no hay reservado nada material; no era eso lo que esperabas de mí, nunca codiciaste mi dinero, y quiero que sepas que eso lo aprecio. Pero te daré lo que siempre quisiste: una explicación.

“En poco tiempo dejaré de existir —dijo inexpresiva, mostrando una pistola automática—, claro, ahora mismo hablo en presente. Mi presente. Tú, en cambio, considéralo como pasado; cuando veas esto hará mucho tiempo que desaparecí; seguro que te preguntarás por qué. Yo tengo otra pregunta: ¿Por qué respondiste al anuncio? Ya conocías esta pregunta, te la hice en más de una ocasión. “El morbo de ser observado”, respondías una y otra vez. A mí también me gustaba que mi marido me observara cuando hacía el amor con otro; aunque te confieso que me gustaba más cuando él no podía vernos o, mejor dicho, cuando tú imaginabas que él no podía vernos. Pero de eso hace mucho tiempo. Insistías, volvías una y otra vez y yo no podía escapar a tus deseos; aquello que bien pudo ser una colección de encuentros esporádicos se convirtió en una red mortal”

“¿Recuerdas que te pregunté si alguna vez habías matado a alguien? Dudaste. Tardaste en responder. No pronunciaste palabra, pero negaste con la cabeza. Una negativa tranquila y a la vez sincera, pero al mismo tiempo turbadora. Te creí, Rodrigo; no habías matado nunca a nadie, pero también entendí que un gesto mío bastaría; quizá interpretaste que aquello se trataba de una orden. Toda una demostración de tu necedad. ¿Cómo iba a saber yo que, dos semanas después, te temblaría la mano?”

Rodrigo se revolvió en su silla. No era posible que ella supiera que fue él quien apretó el gatillo. Nunca comentó nada con ella mientras tramaba su plan, ni siquiera una alusión, una palabra extraviada o una frase salida de un sueño. Pensó que quizá la intuición acaba materializando aquello que abraza.

Quedó ofuscado. Años atrás dejó un cuerpo ensangrentado a sus espaldas en la puerta del sauna ubicado en el Centro, con una tarde nublada como testigo. Aún podía oler esa sangre, oír el eco del disparo rompiendo el silencio de la oscuridad. Y a pesar de lo escandaloso de aquel cuerpo espasmódico sobre el piso ni siquiera fue relacionado con el asunto. En ocasiones, Torrentera, se decía que todo había ocurrido tan sólo en su imaginación. La expresión de Amalia se serenó en la pantalla.

—Él acertó; siempre supo que debió de tratarse de uno de mis amantes. Aquello no era una cuestión de negocios, no, las financias se resuelven por medio de accidentes. Todavía, desde su silla de ruedas, decidió que la justicia la impartiría en mí. Te tembló el pulso, Rodrigo. Y gracias a tu maldito pulso, a tu pinche bala perdida entre dos vértebras en lugar de la nuca, gracias a todo eso, un día desperté y comprobé atónita que mi muñeca estaba esposada al cabezal de la cama.

Desde ese momento él comenzó a vaciar toda su venganza sobre mí; alimentada como un perro y violada por no sé cuánto hijo de puta mientras me miraba excitado desde su silla de ruedas. Perdí la noción del tiempo que pasé esposada a la cama. A oscuras. Todavía me parece oír las ruedas de la silla rechinar en dirección al cuarto, rumbo a mi miedo. Su voz resentida y cavernosa: “¿No tenías suficiente?” Acabé desmoronándome bajo ese terrible eco. ¿Creías que dejé de responder a tus llamadas por gusto? ¿Pensabas que me escondía detrás del silencio de la línea? ¿Tal vez que estuviera enojada porque lo intentaste matar? Si acaso, porque no acertaste.

“Ahora, Rodrigo, ya conoces mi silencio, ya tienes el trozo de historia que te falta y ya puedes deshacer tu incertidumbre. No creo que pueda seguir ocultando el cadáver durante mucho más tiempo. A veces se desprende algún muelle de la cama ¿sabes? Un muelle que se clava en el corazón; hay tantas, tantas cosas que se clavan en el corazón… El licenciado Ampudia te mostrará la salida”

El video se disolvió en millones de puntos grises y azules, y a Rodrigo le pareció que el rostro de Amalia sobrevivía al fundido de la pantalla. Cuando dirigió su mirada hacia Ampudia, éste le apuntaba con una pistola entre las cejas.

—No se lo tome personal, señor Torrentera.

Juan Carlos de León (D.F., 1981). Narrador y periodista egresado de la Escuela Carlos Septién García. Ha publicado crónicas, relatos y algunos poemas en revistas de México, Perú, Chile y España. Alguna vez fue boxeador, pero encontró su verdadera vocación en el bourbon, los cigarrillos y la vida nocturna del arrabal capitalino. Twitter: @maesselyon Instagram: lyonbac_

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s