Little boy blue 

Por León Emir

¿Por qué, cuándo llueve recuerdo la ciudad? 

—La noche de las cantinas tristes, François Rajoy

Modesto se ve agotado, sus ojeras delatan insomnio, horror, falta de agua en las venas, los dedos entumidos haciendo la parada a la ruta 29. Se sentía mareado, recordaba esa pesadilla en la que un grupo de sombras entraba a su cuarto y lo jalaban de los pies; o la ocasión que vio una versión malvada de sí mismo sonriéndole y atestándole una lluvia de golpes hasta tumbarlo. Un perfume llegó de pronto, un extraño hedor a hierba con Jack Daniels. Es una extranjera de ojos claros, gorro extravagante, gafas redondas, sonrisa infantil. Observa a Modesto entre abriendo una sonrisa coqueta. Modesto inspecciona sus collares, las pulseras que cuelgan de sus manos y el humo que sale de sus labios gesticulando una U, quizás un beso.

La primera vez que escuchó a Janis Joplin, Modesto estaba pegado a su ventana sintonizando “La pantera”, era un especial recordando el 2 de Octubre del 68. La estación hizo un control remoto desde el mitin. El sonido ácido de la guitarra le provocaba un cosquilleo en el abdomen, la rebeldía se trepó a sus manos suponiendo como es que se ejecutaba ese rasgueo. La ventana empezó a vibrar, goterones del tamaño de un escupitajo baleaban su cuarto. Modesto tuvo ganas de llorar, ya eran las 8 de la noche, no quiso encender las luces.

Buscó fotografías de Janis, encontró una que lo dejó impactado, la del semidesnudo en blanco y negro, la foto en la que unas cuentas muy largas dejan poco a la imaginación. En su corazón siempre llevó a muchas mujeres pero esa mirada lo hacía cómplice de una soledad que sólo la bruja Kósmica entendía, la mirada al vacío comprobaba que su voz era una lija merodeando sus muslos.

Su nueva casa no se asemejaba en nada al departamento amueblado en el que pasó 2 años, era un cuarto pequeñísimo, cabía un refrigerador, un catre, una estufa de dos parrillas, un tanque de gas y una mesa que ocupaba para desayunar, leer, escribir, comer y cenar. Por las noches salía a comer un jocho y charlar con el Pollo, un sujeto que era mitad hombre mitad ave. Llevaba días sin dormir, las pesadillas se hacían cada vez más atroces, tenía que encender su televisor a las 3 de la madrugada, se quedaba petrificado observando infomerciales de productos milagro o de hotlines. Trabajaba en un canal de televisión, era el cámara 4 (responsable de hacer planos de detalle). Hubo una ocasión que entró en crisis nerviosa y en un programa en vivo la cámara se quedó estática, el director de cámaras aventaba insultos a Modesto, todos escuchaban lo que se decía, tenían audífonos para escuchar indicaciones. Sus compañeros voltearon a verlo, sus manos eran un terremoto, no podía controlarse, colgó los audífonos y abandonó el set. Supieron de él 3 meses después, marcó de un número de Tlaxcala, ahora era fotógrafo de un candidato a presidente municipal, como es de suponer el candidato perdió las elecciones. Sólo marcó para dar las gracias a la productora del programa para el que trabajó.

A Paula la conoció cuando estudiaba, era una adolescente precoz que ya leía a José Agustín y escuchaba a Genaro Salinas en una tornamesa ochentera. Al principio conversaban en casetas telefónicas sin límite de tiempo. Intercambiaban anécdotas, se mandaban besos, escuchaban música, Paula colocaba el auricular en sus bocinas y Modesto emocionado daba de brincos en la calle. Paula lo quiso mucho, sus citas fueron pocas pero interesantes, una tarde se la pasaron besándose en un puente y en otra en su cuarto. Ese día Paula no llevaba sostén, Modesto se aventó a su pecho lamiendo sus gruesos pezones. Modesto no pudo hacerlo, estaba enamorado de otra persona. Paula se hizo productora de cine, era una forma de tenerlo en su vida. Modesto quería ser director de cine.

En la azotea le gustaba observar la ciudad, los edificios en construcción, el horizonte naranja, Janis sonaba en su cuarto, le enamoraba esa voz rasposa y ese paisaje agonizante, esas luciérnagas mecánicas regresando a su hogar. Mara dormía en su catre, acababan de hacer el amor, Modesto, sonriente, se sentía parte del mundo.

Ya eran las 11 de la noche, sentía como se atoraban sus dedos en los resortes fríos del catre. Tenía una caguama en las manos, veía su sofá, aparecían fantasmas, merodeaban su mesa, desordenaban sus libros, observaban con un ojo las botellas de cerveza y oso negro acomodadas en las esquinas, mientras los veía pasearse por el cuarto las burbujas de cebada le hacían eructar; Janis fumaba en la puerta, Modesto sentado en la ruta 29, un beso etílico, el humo de la hierba perfumándolo como si un grupo de querubines bajaran con sus pipas a borreguearlo. Olvidó cerrar la llave del gas, se quedó dormido, se le veía tranquilo, incluso una sonrisa se dibujaba en el aire viciado que el cuarto guardaba. Ese día Liz pasaría por él a su casa, irían al cine, después al botanero, Modesto le confesaría que estaba enamorado de ella desde que entraron a la carrera, Liz bajaría la mirada, Modesto pediría la cuenta.

Liz mirando el celular no hace intento por comunicarse, en ocasiones Modesto terminaba en el sofá de sus amigos, no era extraño que no estuviese en casa.

Janis acaricia las heladas mejillas de Modesto, lo amortaja con una cobija y le planta un beso en la boca. La Ruta 29 sigue su camino, no ha encontrado parada desde hace 5 años, Modesto piensa que pronto llegará a casa. Acomoda su frente a la ventana, la caseta telefónica sigue ahí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s