Juan Vicente Melo: obedece a la noche

Por Genaro Ruiz de Chávez O.

La primera vez que escuché hablar de ella fue en una clase de literatura mexicana del siglo XX. El profesor la mencionó de refilón, como una suerte de adenda a la rotunda literatura escrita en México durante la primera mitad del siglo pasado. Desde ese momento sentí su fuerza de atracción, como una especie de pequeño hoyo negro que ocurre cada vez que alguien  pronuncia el título de La obediencia nocturna.

Como si en esa particular combinación de palabras habitara un jadeo animal, o una religiosidad bastarda nacida de la poética de Novalis, resuelta en un auténtico eclipse moral capaz de desorientar al lector que se acerca demasiado a su centro de gravedad.

La novela de Juan Vicente Melo (Veracruz, 1932 – 1996) había sido publicada y reimpresa por ERA en 1969 y 1994, así como en la serie Lecturas Mexicanas de la SEP en 1987, pero esta no estuvo disponible en las librerías por más de veinte años. Para nuestra suerte, la Universidad Veracruzana ha vuelto a publicar la obra de Melo en una edición muy accesible en precio y tiraje.

 Después de haber leído las primeras páginas comprendí por qué se ha tejido un culto en torno a La obediencia nocturna, obra burdamente calificada como “difícil” o “hermética”, y que ha sido admirada —cabría decir obedecida—  por los lectores de tres generaciones sucesivas. Los acontecimientos de la novela, cuyo argumento es ciertamente difuso, son resumidos así por el narrador:

“Adriana, la muerte de mi madre, el perro tigre, un padre que desaparece y es sustituido por un extraño, Enrique y Marcos, la señora Rosalinda, la muchacha que busca a alguien que quiere tener siempre a su lado, el cuaderno del señor Villaranda, las canciones y los vestidos de Pixie, el maniquí de Tula, Daniel y la Estrella de David, la zapatilla de la Cenicienta, el falso retrato de Beatrice en el departamento de la otra Beatriz. Todo eso es como decir buenos días, cómo estás, qué frío hace. Lo que importan son las consecuencias de todas esas cosas, de las palabras y las personas, los finales.”

Detrás de estas palabras se adivina el tono onírico que da la nota de la obra. Utilizar el adjetivo, tan a la mano “Lynchesco”, sería apropiado si diéramos por bueno el hecho de que La obediencia nocturna se publicó casi diez años antes de que David Lynch entregara Eraserhead en 1977. Con respecto a su estructura, Vladimir Rivas señala en su artículo “Juan Vicente Melo” (Letras Libres, septiembre 2000), que ésta presenta una estructura musical similar al de una sonata, en donde dos o tres temas se entrelazan como variaciones de un tema inicial. Un ejercicio formal que se extiende por medio de un estilo narrativo rico en ritmo y con una particular contundencia en su fraseo. Y aquí habríamos de notar las marcas de la inclinación y el conocimiento musical de Juan Vicente Melo.

Más allá de la forma, una mística late profundamente dentro de esta obra. La búsqueda de una belleza ideal, representada por Beatriz, y cómo esta búsqueda se vuelve insoportable para los protagonistas; una carga que requiere de humillación y obediencia para ser llevada a lo largo de un breve trayecto temporal que resulta eterno.

Le lectura de La obediencia nocturna me ha proporcionado una experiencia similar a la de El Golem de Gustav Meyrink, o Aurelia de Gerard Nerval; narrativas sin asidero, escritas en plena fuga y repletas de símbolos, signos y delirio. No sería absurdo jugar con la idea en la que el cantado alcoholismo del autor explica tanto estilo como el desarrollo de la novela. Esa recurrente desorientación del personaje principal —Pero lo importante es que bebas y así, borracho, descifres el cuaderno—. Efectivamente, el efecto de la novela es similar a estar rotundamente borracho, o al menos, ésta fue fraguada por alguien que conocía los pormenores de la mente embriagada.

Es interesante el año de publicación de esta novela, 1969, puesto que entra en diálogo con los hitos de la “generación de medio siglo”, como Farabeuf de Elizondo, Morirás lejos de Pacheco, y sobre todo, con La invitación, esa inquietante novela escrita por Juan García Ponce de forma simultánea a La obediencia nocturna.

Quedan muchas cosas por decir sobre esta obra y sus pasajes inquietantes, pienso en el perro tigre, la maniquí Wendolyn o los diagramas poético-musicales. Sí, quedan muchas cosas por decir sobre La obediencia nocturna, pero es mejor no decirlas, dejarlas envueltas en la bruma, a la espera de nuevos lectores incautos que actualicen su mitología y rituales.

Juan Vicente Melo, La obediencia nocturna, Ed. Universidad Veracruzana, México, 2016.

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