Expectativas

Por Julieta Holst

Creo que ya estoy mejor. Sí, me siento diferente. Me asombra cuán rápido se puede cambiar de parecer tan sólo con escuchar las palabras correctas. A las personas indicadas. En la mañana todavía pensaba que era inútil asistir a la terapia, pero ahora me alegro por haber ido. Siempre que salgo de ese lugar me siento tan bien. Hoy más que cualquier otro día lo comprobé. Qué bueno que fui.

Y pensar que apenas hace cuatro días cometí mi segundo intento de suicidio. Porque el de la secundaría no cuenta. Fue estúpido. Y ahora estoy aquí sentado, disfrutando de este café. Respirando. Tratando de escribir en un diario todo aquello que me hace sentir mal, pero no sé cómo empezar. Ya llevo un rato aquí y no he escrito nada. No hace mucho, sentía que podía llenar páginas enteras en un sólo instante. Páginas de rabia, de tristeza, de remordimientos, rencores y demás sentimientos negativos que, en una gran desesperación por desterrarlos de mí, me llevaron a querer comenzar con la escritura de este diario a modo de terapia. Pero ahora que ya me siento mejor, me quedé en blanco.

Quisiera iniciar en una forma interesante. Quién sabe, como dice el líder de la terapia grupal, tal vez después este diario pueda publicarse para que otras personas en una situación parecida a la mía descubran que siempre hay una manera de mejorar, de sentirse mejor. Yo, por ejemplo, estaba harto de mí, de la persona que era. Me consideraba nefasto, aburrido, tonto, inútil, poco inteligente y nada productivo. Como un bulto que no servía para nada. Vacío en todos los sentidos. Alguien que vivía nada más porque había sido lo suficientemente pendejo como para no haber podido suicidarse en tres ocasiones. Bueno, en dos; porque la vez de la secundaria no cuenta. Pero ahora todos esos pensamientos me parecen tan equivocados. Inexplicablemente me siento contento, emocionado por todo lo que me espera en la vida. Sea bueno o malo, me siento capaz de enfrentarlo.

Bueno, supongo que por el momento puedo empezar a escribir de cualquier forma. A ver:

Hoy fui a la terapia grupal de apoyo porque hace cuatro días traté de suicidarme otra vez. Mis compañeros, muy entusiastas todos, me dijeron que yo era una persona muy valiosa y que el mundo no sería el mismo lugar sin mí. Dicen que tengo que

—Aquí están sus hot cakes.

—Muy amable. Gracias.

—¿Desea pedir otra cosa?

—No, muchísimas gracias.

aprender a valorarme a mí mismo, a ver lo especial que soy, porque soy alguien que tiene mucho que ofrecer a los demás. Dicen también que sólo tengo que estar dispuesto a demostrarlo y que por nada del mundo debo de perder la fe, porque ella es la base de todo nuestro bienestar. Me dieron té y galletas y quedamos en que la próxima sesión será el lunes 13. 

¿De verdad esto podría ayudar a alguien? ¿Podría ayudarme incluso a mí? ¿Cómo voy a demostrarles a los demás lo que tengo para ofrecer si nadie se interesa en conocerme? ¿Y qué tengo para ofrecer? ¿Que por nada del mundo debo de perder la fe? ¿Fe en qué? ¿Para qué? No me trago el cuento religioso. Es absurdo. ¿Fe en mí mismo? No creo. Pero si yo nunca he tenido fe; nunca he sentido la necesidad de tenerla. Y si algún día la sentí, no lo recuerdo. Seguro fue alguna insignificancia.

¡Pero qué cosas estoy pensando! Se supone que esas ideas negativas debo dejarlas en el pasado. Eso también me lo dijeron. ¡Claro que tengo mucho que ofrecer! Sólo tengo que encontrar a las personas indicadas, aquellas que sepan cómo valorarme. Tengo la ilusión en que hay algo y también alguien sorprendente para mí que vendrá pronto y me hará saber lo que es tener fe, en lo que sea, menos en dios. Porque, insisto, no creo la patraña religiosa. Tan falsa como dios mismo. Pero ¿y si no viene nada ni nadie? ¿Y si no hay nada para mí?

Acabo de descubrir lo mucho que me aterra la idea de que nunca pueda sentirme mejor ¿qué tal que nunca llega aquello sorprendente que se supone que hay para mí? Sé que no debería obsesionarme con estos pensamientos. Dicen los del grupo de apoyo que no me desespere, que todo llegará en el momento justo, pero, ¿cómo dejar de esperar algo que tanto ansío? 

Se me acaba de ocurrir que quizás debería comenzar a arriesgarme. Tal vez si soy yo quien vaya dispuesto a todo, a encontrar de una buena vez eso tan inimaginablemente hermoso que está para mi quién sabe en dónde; posiblemente pueda ponerle fin antes de lo que imagino a todo este tormento, con el que ya no puedo más. ¡Sí! ¿Por qué no lo había pensado antes? Pero, ¿por dónde empezar?… esa chica… siempre me ha llamado la atención. Todas las veces que he venido la veo ahí. En esa mesa, sola. Voy a hablarle. Sí, quizás ella sea una de esas personas indicadas.

—Buenos días, señorita, ¿puedo sentarme?

—No. Espero a alguien.

—Ah… yo… bueno… es que le preguntaba porque veo que siempre viene sola y pensé que podría caerle bien algo de compañía. Mire yo…

—¿Y usted quién se cree para pensar lo que puede caerme bien? Ya váyase.

—Me llamo Sa…

—No me importa. Ya déjeme en paz.

Lo sabía. Lo sabía. Todo es una mierda. Esa pinche terapia es una mierda. Yo soy una mierda ¿cómo se me ocurrió semejante estupidez? ¡Pero claro que no hay nada para mí! ¿Qué puede haber para este pobre idiota, para este imbécil que ni siquiera puede matarse? Ni su nombre me dijo. Jamás me pasó por la cabeza que me rechazaría de esa manera tan cruel. No desperté en ella ni siquiera la curiosidad por conocerme, por saber quién soy, cómo soy, lo que pienso, lo que tengo… ¿por qué? ¿Por qué me negó esa posibilidad? Una posibilidad que pudo ser para ambos. Si me hubiera rechazado después de conocerme; no la culparía, porque sabría que no le interesó lo que hay en mí. Pero así, sin siquiera darme una oportunidad, sin haberme permitido mostrarle lo que soy, lo que podría hacer por ella; sin dejarme ofrecerle todo lo que hubiera querido, todo lo que tengo.

¿Cómo dejar de esperar algo que tanto ansío? Ni si quiera sé que es aquello que estoy esperando. Creo que tampoco sé qué es ese algo que tanto deseo que llegue. ¿Cómo se supone que voy a recuperar la fe; que voy a llenarme de ilusiones, si parece que no hay nada en el mundo que pueda hacerme sentir un poco de emoción por vivir?

—Joven, ¿desea ordenar algo más?

—No… no deseo nada. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro, dígame.

—¿Alguna vez me había visto?

—Me parece que no.

—He venido en varias ocasiones y casi siempre me atiende usted. De verdad ¿no se había dado cuenta de mí?

—Bueno, es que viene tanta gente. La verdad es que no me…

—Dígame, ¿le parezco una persona a la que no vale la pena conocer?

—Pues… no… bueno, no sé, no lo conozco. Yo creo que para saber esas cosas, hay que convivir primero, tratar a la gente, conocerla. Así a simple vista yo no podría decirle, la verdad, si usted vale la pena o no.

—Y usted… ¿querría ser mi amigo?

—¿Yo? Pues… sí… claro… bueno, discúlpeme, creo que la señorita de la otra mesa me pidió la cuenta. ¿Seguro que no quiere que le traiga algo más?

—No, gracias. Así estoy bien.

Es ella. La que pidió la cuenta es ella. Se irá. Se irá sin haber querido conocerme. No sé si después regrese, o si vuelva a verla en algún otro lugar. Hubiera querido tener esa oportunidad. Hubiera querido que descubriéramos juntos que tal vez, tanto ella como yo, podríamos ser lo que necesitamos para amenizar esta insoportable circunstancia llamada existencia. Que pesa, que duele. Hubiera querido tantas cosas. Pero no. Parece que estoy destinado a esta injusta pesadumbre, que me agobia en cada instante de mi insatisfecha vida ¿por qué tienen que ser así las cosas? ¿Por qué no está en mis manos cambiarlas?

¿Y si lo intento una vez más? Tal vez pueda modificar yo mismo mi propia situación. Recuerdo que en la terapia me dijeron que no siempre obtendría lo que quisiera la primera vez que tratara de conseguirlo; que posiblemente tendría que probar dos, tres, varias veces; pero que no desistiera de lo que en verdad quería. Quizás si vuelvo a hablarle se dé cuenta de que realmente me interesa y acepte mi compañía. Además, ya pasó un poco más de una hora desde que me acerqué. Puede que hace rato haya estado molesta por algo; y si ahora está más tranquila, tal vez cambie de parecer. Voy a hacerlo. Lo intentaré de nuevo.

—Disculpe que insista, pero en verdad me gustaría conocerla. ¿Cree que podríamos tomarnos un café un día de estos?

—¿Qué? ¿Usted de nuevo? Le dije hace rato que…

—¿Cómo se llama? Yo soy Sa…

—¡Ya le dije que no me molestara! No. No podríamos tomarnos un café ningún día.

—Pero ¿por qué me niega esta oportunidad? ¿Acaso no cree que podríamos encontrar, tanto usted en mí como yo en usted, lo que necesitamos? ¡Dígame cómo se llama!

—No. Ni lo creo y ni le voy a decir mi nombre. ¿Sabe qué? Me está haciendo perder tiempo. Lárguese de una buena vez.

“Lárguese de una buena vez”. Ya había escuchado antes esas palabras. “Lárgate de una vez. Estoy harta de ti”. “No estoy dispuesto a soportarte más. Lárgate ya”. Esas palabras. Todavía me persiguen. Aún retumban en mi mente. Yo solamente quería sentirme bien. Saber qué es la alegría, la felicidad. Es lo único que he deseado desde que entendí lo que significa un deseo. Quería brillar. Tener esa luz que jamás conocí. Esa chispa que hace a todos tan especiales, menos a mí, que nunca la tuve… ¿A qué hora empezó a llover? No me di cuenta. Incluso parece que el mundo mismo disfruta verme miserable. El clima propicio para tan desgraciado ser. Llueve, pero parece que a nadie más le afecta, sólo a mí. Se ven tan despreocupados todos, tan tranquilos.

“Emoción por vivir” ¿qué será? ¿Cómo se sentirá? La esperanza, los sueños, los deseos más queridos, la fe, ¿podrían construirse sobre las ruinas de una existencia condenada a la desdicha? ¿Para qué tener ilusiones? Al final de cuentas se van extinguiendo, sin que lo esperemos. Sin que lo queramos. Sin que podamos evitarlo. ¿Qué habrá en el mundo para aquellos que vivimos así? Muchas preguntas. Y ninguna respuesta. Como siempre. Como en todo.

Por ahora sólo quiero llegar a mi casa. Quiero dormir. Desearía quedarme dormido y no despertar jamás, para no saber qué va a pasar mañana; ni pasado; ni nunca. Ya no me interesa. Ahora más que nunca, dudo que exista algo, ni mucho menos alguien que pueda hacerme sentir mejor, que pueda enseñarme lo que es la alegría. Por dentro me estoy desmoronando. Y el mundo se ve tan imperturbable. 

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