La muerte violeta II

Por Carlos Castro Castillo

En memoria de Gustav Meyrink.

I

Fermín recorría velozmente las letras del texto y, a buen ritmo, se enfiló a la parte final del relato.

Nota del autor: se advierte al estimado lector que no pronuncie en voz alta la palabra Emelen. —Fermín leyó para sí— ¡qué tontería! —pensó sin pronunciar nada en voz alta, tatuando en su memoria esa última advertencia del relato.

Cerró el libro y lo metió a su mochila, se olvidó de aquella historia y apuró sus pasos hacia el paradero, en media hora iniciaría su primera clase en la Universidad. Con el paso de los días fue cosechando algunas amistades, no diremos que muchas, pero sí las suficientes como para hacer un enredo de personas, historias y lugares; recordemos que basta un contacto o una relación entre dos seres para interconectar amigos en común. Así pasó con Fermín a pesar de que no solía ir en busca de nuevas relaciones. Respecto a su situación escolar,  acababa de ser aceptado en la carrera de Geografía, aunque adoraba la literatura. Entre sus cosas siempre se podía hallar un buen libro, cada cierto tiempo, uno diferente, jamás se permitía estar sin leer y tampoco sin viajar. En gran medida, había elegido Geografía como carrera por las constantes prácticas de campo que la carrera ofrecía; con esto, como se suele decir, mataba dos pájaros de un tiro, y añadiremos otro pájaro: leía, viajaba y se licenciaba en Geografía. A su vez, le fascinaba recomendar sus lecturas a sus allegados; la Universidad era un buen lugar para explotar este gusto por compartir sus lecturas, empero, no estaba seguro de querer divulgar la última; ésta, superficialmente, le había parecido un tanto infantil, no obstante, en la profundidad de sus pensamientos se gestaba el relato, había penetrado en cada una de sus neuronas, tal como el dios que fantaseó con la lluvia dorada, mojando a su amante sedienta y enjaulada en cárceles broncíneas, mientras penetraba sus entrañas aun con todo y los bloqueos infranqueables surgidos entre ellos. Así fue como Fermín se fusionó con aquel relato donde todo era color violeta: los periódicos, los ingleses, la gelatina, los tibetanos, los alquimistas de la Edad Media, Wagner, Berlín, la humanidad, la muerte…

—¿Será cierto lo de los conos color violeta? —Se preguntaba continuamente Fermín— ¡Tonterías!, tiene por lo menos un siglo que se dio a conocer el relato y jamás se ha visto semejante locura, me siento un perfecto idiota al creer en semejantes cosas. —Luego, devolviendo su mirada al libro viejo, continuó su soliloquio—: ¿Y esa palabra rara? ¿Será posible que pueda convertir a la gente en…? Ahí voy otra vez con la misma locura, ¡es ridículo!, no tengo remedio, tan simple como decir en voz alta Emel… —Se interrumpió así mismo sin terminar de pronunciar la palabra, un escalofrío lo recorrió y lo mantuvo al margen de formar el vocablo completo, el miedo se apoderó de su vientre y le dejó un vacío. Dejó el libro, se recostó en su cama y, mirando un punto fijo en la nada de su techo, resumió—: Si tan sólo pudiera averiguarlo de otra forma… ¡Bah!, lo más seguro es que no pase nada y sólo estoy perdiendo mi tiempo con esta tontería. —Se rio de sí mismo, se puso cómodo y se relajó con esa conclusión. Durmió profundamente durante el resto de la noche que aún cubría el espacio.

A la mañana siguiente Fermín parecía otra persona, sonreía y saludaba a todos sus compañeros, un optimismo desbordante se escurría de las comisuras de sus labios. Al parecer, ese dormir pesado le valió un sueño en donde aparecía él frente a sí mismo, en un diálogo donde el tema no fue otro que el relato “La muerte violeta”; en dicho sueño, ante Fermín se presentaba su yo lógico que le argumentaba que en pleno siglo XXI no podía ir creyendo lo que se contaba en un relato de principios del siglo XX, ya no estaba en edad para tomar en serio la literatura. El debate entre los dos Fermín se prolongó durante todo el sueño, y sólo recordó lo último, la conclusión de su yo lógico que lo desarmó y convenció de que al despertar, sus ideas respecto a ese cuento se apagarían y con ello se cerraría la controversia. Así lo hizo.

Entre sus compañeros universitarios, había tres de ellos con los que Fermín compartía su tiempo. Los tres mantenían una característica común, tenían sus objetos favoritos que portaban consigo a todas partes; eran, decían, las cosas que les daban suerte. Un gorro tejido de color gris, unos fingerless gloves con franjas horizontales rojas y negras muy desgastados y unos lentes Ray Ban Aviator eran los tres objetos de los tres compañeros universitarios de Fermín, respectivamente.

—¿Qué andas leyendo ahora? —Preguntó la chica de los lentes Ray Ban Aviator.

—Nada, no importa. —Respondió Fermín sin darle importancia a la pregunta.

—¿Cómo que nada, y ese libro que se ve ahí de qué es? —Contraatacó el chico de los fingerless gloves.

—En serio, no es nada. ¡Eh, deja ahí, dámelo! —Refunfuñó Fermín al tiempo en que el chico del gorro tejido de color gris hurgaba en su mochila y lograba extraer un libro de dimensiones medianas con pastas duras, negras, rotas y hojas amarillentas que contenía el relato La muerte violeta.

—¿De dónde sacaste esta reliquia? ¡Se rompe solo! —Se burló el chico del gorro tejido de color gris.

Al percatarse que era inútil escapar de la curiosidad de sus amigos, Fermín se resignó a contestar el interrogatorio.

—Lo encontré en unas cajas abandonadas en una habitación que mi madre ha destinado a lo que no usamos en casa; ahí había más libros, pero éste llamó mi atención por su mal estado de conservación, lo hojeé y noté que en su interior había dibujos hechos a mano y en la parte central un relato, el único en todo el libro, lo leí y encontré conexiones con dos dibujos. Parece ser un libro de principios del siglo pasado.

—Vaya, vaya, vaya… —repuso el chico de los fingerless gloves, parodiando un personaje de televisión.

Todos rieron la ocurrencia y la conversación se tornó menos tensa.

—Y… ¿Cómo se llama el relato o de qué va? —retomó la conversación la chica de los Ray Ban Aviator.

—El relato se titula Der violette Tod, es alemán, traducido sería “La muerte violeta”. Es de un tal Gustav Meyrink.

Luego de un silencio, continuó hablando del autor y su obra. Así lo esperaban sus compañeros:

Googleé su nombre y encontré que escribió sobre ocultismo y cuestiones esotéricas.

Sus amigos presionaban a Fermín con sus continuos silencios, esperaban algo más que pudiera decirles, y como casi siempre sucede cuando alguien espera algo más de uno, Fermín, deseando encontrar una frase que sellara con maestría su breve explicación, sólo encontró la frase más trivial que alguien puede arrojar como conclusión a lo que ya se había vuelto una recomendación literaria:

—Me gusta su estilo.

Los cuatro amigos contemplaron el libro por un instante, lo hojearon y se detuvieron en los dibujos que más les gustaron. El estilo de los dibujos parecía ser el de una sola persona, después de ver los trazos por un tiempo, se podía reconocer una sola mano en todos ellos. En general, la temática era un tanto oscura, con objetos variados ocupando el centro de las hojas, flotando en las texturas amarillentas de las mismas; otros dibujos eran escenarios sin un contexto preciso, una maraña de árboles, veredas y hierbajos difuminados en toda la hoja, con un fondo oscuro poco claro, parecía una selva del mundo dantesco; un laboratorio alquímico de la Edad Media, con su material arrumbado, cubierto de telarañas, una balanza sostenida por una cadena eslabonada hasta el techo, unos candelabros, un cúmulo de libros ilustrados y con diversas anotaciones al lado del texto central, una chimenea al fondo de la habitación y algunos animales disecados adornando la oscuridad del lugar; un globo terráqueo con todos los continentes acumulados en su centro, imitando el Pangea de millones de años; y antes de llegar a las hojas centrales, había dos dibujos que llamaron la atención de Fermín; en el primero aparecía un pavo real de la India gigante, con su cola extendida en todo su esplendor, hipnotizándolo todo, esos círculos policromados que parecían globos oculares chispeaban un fuego demencial. Sus ojos, aunque diminutos, eran intensos e inquietaban a todo aquel que los mirara; a su alrededor había hombres que al lado del pavo real se veían muy pequeños, llevaban unos gorros rojos puntiagudos y, por sus movimientos, se podía deducir que danzaban y alzaban cantos de alabanza hacia el ave, la cual parecía indiferente a lo que pasaba a su alrededor, en cambio, posaba sus ojos de frente, como si contemplase a los que estaban fuera del dibujo. Toda la imagen era cubierta por la noche; en el segundo dibujo constaba el mismo escenario del primero, pero no aparecía el pavo real, en su lugar estaba el mundo con un trono en su parte alta, a modo de corona real; tampoco había hombres, en su lugar, distribuidos alrededor del globo terráqueo, unos conos de color violeta de tamaños regulares, algunos más grandes que otros pero sin tanta diferencia.

Otro detalle de los dibujos era que a pesar de la antigüedad del libro se veían recientes, como si llevaran poco de haberlos hecho, sus colores eran muy vivos, contrastando con la calidad del papel en el que fueron plasmados. Unas hojas después del relato había más dibujos sobre formas no humanas, podrían ser los habitantes de cualquier otro planeta a años luz de la Tierra o, simplemente, personajes salidos de la mente de un dibujante con talento o de un esquizofrénico. Las últimas hojas del libro habían sido mutiladas, ni rastro de lo que pudo haber en esas páginas.

—Se ve bien, qué tal si nos prestas el libro para sacarle copias, tus recomendaciones me han entretenido. Tienes buenos gustos, cerebrito. —Con este mote se dirigió el chico de los fingerless gloves a Fermín.

—Esoterismo y ocultismo… Ese tema nos queda: la suerte, el azar, la fortuna, el destino, los objetos de culto…, en buena parte somos esotéricos. —Bromeó la chica de los Ray Ban Aviator, se le notaba nerviosa.

—No se diga más, necesitamos un juego de copias cada uno de nosotros para leerlo. —El chico de la gorra tejida de color gris habló en representación de todos. Todos asintieron, aunque la chica de los Ray Ban Aviator lo hizo más porque la mayoría lo imponía que por ella misma.

Los cuatro amigos se dirigieron a la fotocopiadora y esa misma tarde, cada uno de ellos tenía su copia del libro de Fermín. Éste, por su parte, no le dio importancia a lo que antes había pensado sobre el relato, lo que lo dejó pensando fue que, a decir verdad, él no consideraba tener ningún objeto de culto o de la suerte, ni tampoco se consideraba amante de las cuestiones esotéricas ni del ocultismo. Ese libro lo había hallado por azar.

Pasaron dos semanas para que Fermín volviera a ver a la chica de los Ray Ban Aviator, les dio alegría haberse encontrado y platicaron un momento.

—Pues cuéntame, ¿qué te pareció el relato? —Preguntó Fermín.

—Oh, el relato… Lo olvidé, con tanta tarea no lo he podido leer. —Mintió la chica de los Ray Ban Aviator, la verdad era que esos dibujos la habían turbado un poco, no era una persona valiente, a pesar de mostrarse fuerte ante los demás. Decidió no correr riesgos con lo que pudiese encontrarse en el relato, con lo poco que Fermín les había contado bastaba para no querer leerlo.

—¿Crees que aquellos descerebrados ya lo hayan leído?

—Quién sabe, no los he visto desde ese día.

—Yo tampoco, de hecho, no han venido a la escuela. —Contestó ella.

—Hoy me conecto en la noche, a ver si hacemos un chat para platicar, ¿no? —Propuso Fermín.

—¡Claro!, nos leemos por la noche. —Se despidió la chica de los Ray Ban Aviator. Se alejó por los pasillos de la Facultad y Fermín la contempló un instante, luego volvió su mirada y se perdió entre la gente que salía de los salones de clase.

Nadie se conectó esa noche.

II

A los pocos días la chica de los Ray Ban Aviator, Fermín y toda su generación se enteraron de que el chico del gorro tejido de color gris y el chico de los fingerless gloves con franjas horizontales rojas y negras muy desgastados habían muerto, cada uno en sus respectivos hogares. Hasta ese momento no tenían claras las causas de sus muertes, corrían los rumores de suicidio en uno de ellos, no se sabía cuál de los dos, al final toda la información se distorsionó a niveles que sólo los murmuradores comprenderían y nada de lo dicho era de fiar. Entre las tantas versiones que se oían, había una que hizo ruido en la cabeza de Fermín, y es que se llegó a mencionar que la madre del chico del gorro tejido de color gris, al entrar al cuarto de su hijo, encontró un cono de consistencia gelatinosa y color violeta que en su parte alta, en el pico, poseía inerte el gorro tejido de color gris que tanto usaba su hijo.

¿Coincidencia? ¿Y cómo podrían saber sobre esa historia las personas que daban esa versión de la muerte del chico del gorro tejido de color gris? ¿Otros habían leído La muerte violeta y sabían lo que pasaba? Fermín le pidió explicaciones a su yo lógico, pero éste no apareció, lo maldijo y lo nombró cobarde. Se obsesionó con la idea de que “La muerte violeta” no era un relato cualquiera, que ese texto contenía un poder maligno real, que podía verdaderamente matar gente y convertirla en conos color violeta.

Nuevamente la idea de comprobar estas suposiciones surgió, así que realizó una lista de sus candidatos, los estudió con cierta profundidad y fue descartándolos uno a uno hasta que sólo quedaron dos personas: la chica de los Ray Ban Aviator y la chica que le gustaba desde que la vio deambular en los pasillos de la Facultad, la misma a la que jamás se había atrevido a hablarle. Por deducciones lógicas, su amiga, la chica de los Ray Ban Aviator era candidata, debido a que poseía una copia del texto, era cuestión de tiempo para que lo leyera, según pensaba Fermín, y en cuanto lo hiciera, dejaría de ir a la Universidad, tal como pasó con los dos de sus desaparecidos amigos; las noticias de su posible muerte no tardarían en llegar a oídos de todos en la escuela y esa sería la señal, su comprobación: la muerte violeta sería una realidad. Respecto a la chica que le gustaba, la determinación para que fuera la otra candidata era simple: era una buena oportunidad para acercarse a ella, la eligió porque sí, una intuición le decía que era perfecta para el experimento, además, ahora tenía la confianza para acercarse a cualquiera, tener ese poder de muerte sobre ella o sobre cualquier otro lo hacía sentirse de inmejorable forma.

Pero no podía confiarse, elaboró una serie de notas sobre posibles situaciones que se presentaran al llevar a cabo el plan. El primer paso era esperar a que la tensión que reinaba en la Facultad por la muerte de sus dos amigos disminuyera y, en parte, se olvidara el asunto; luego de eso, acercarse a su amiga, la chica de los Ray Ban Aviator, y preguntarle sobre el relato, saber si ya lo había leído, en caso de afirmación sólo había dos opciones: o lo leyó en silencio o simplemente el relato era una ficción más, con importancia para el mundo literario, pero nada más. Si la chica de los Ray Ban Aviator confesaba que no había leído el relato, lograr que de algún modo lo hiciese, posteriormente, esperar y esperar. La espera era vital, su más fiel aliada. Si no tenía éxito con la chica de los Ray Ban Aviator, recurriría a probar suerte con la otra de sus candidatas. Maquinó su plan con frialdad maquiavélica.

La chica de los Ray Ban Aviator empezaba a evitar a Fermín, conforme pasaban los días, éste no dejaba de hablarle de “La muerte violeta”, esto la incomodó, además que desde la muerte de sus dos amigos, más allegados a ella que Fermín, la chica de los Ray Ban Aviator se volvió muy callada, apartada de todos, prefería pasar su tiempo estudiando o haciendo cualquier cosa referente a la escuela que hablar con la gente, aún no estaba lista para tratar el tema de sus dos amigos muertos con cualquiera que quisiera enterarse.

Para evitar mayores sospechas, Fermín se distanció de ella y llegó el día en que tenía que abrir una nueva relación, esta vez con la chica que le gustaba a la cual bautizó como la mujer piel de tulipán blanco.

El contacto con la mujer piel de tulipán blanco no representó mucho problema, ella resultó ser accesible y rápidamente Fermín ganó su confianza. No tardó mucho en envolverla con sus pláticas. El día que Fermín llevó el texto para que ella lo pudiera leer en voz alta, la citó en un parque después de clases, en una zona alejada de la concurrencia, ahí se detuvieron en unas bancas de metal, charlaron un poco (la conversación ya estaba encaminada en cuestiones literarias) y, siguiendo su plan con tanta naturalidad, Fermín extrajo de su mochila el libro viejo de pastas negras, lo entregó a ella y ésta lo hojeó, interesándose primero en los dibujos, preguntando sobre ellos y el origen del libro. Cuando la mujer piel de tulipán blanco leyó el relato, Fermín, de forma inteligente, se alejó, alegando haber recibido una llamada (previo a ver a la mujer piel de tulipán blanco en el parque, Fermín programó su celular a una hora determinada para que éste sonara y simulara una llamada. ¡Frialdad maquiavélica!), dejándola con el libro en sus manos. Esperó pacientemente viéndola desde lejos atrapada en la lectura, porque ese era otro de sus efectos, el texto enganchaba a las personas desde sus primeros párrafos.

—¿No leer en voz alta la palabra Emelen? —Dijo la mujer piel de tulipán blanco. En ese momento se apagó su voz para nunca volver a emitirse. Nadie, excepto Fermín, fue testigo de la desaparición de la mujer piel de tulipán blanco, ahora de contorno violeta.

Con lo que ahora sabía, Fermín sintió que el mundo estaba a sus pies, mientras él tuviera aquel texto y fuese el único en saber de su poder, sólo era cuestión de lograr que las personas leyeran en voz alta la palabra Emelen. Creyó ejercer poder sobre los demás. La megalomanía bombeaba su corazón con grandes bocanadas de superioridad.

—Ja, ja, ja, ja, puedo hacer lo que sea, lo que sea. —Las facciones de Fermín se transfiguraron, recordaba con claridad el momento en que la mujer piel de tulipán blanco había leído en voz alta la palabra Emelen, puso los ojos en blanco, su cabeza se contorsionó de forma violenta hacia atrás y todo su cuerpo se transformó en un cono color violeta. El libro cayó al pasto, quedando abierto en la hoja que contenía el dibujo del globo terráqueo coronado con un trono y unos conos de color violeta a su alrededor. Fermín recogió el primero el libro y luego el cono, los llevó consigo y se hinchó de grandeza al tomarlos entre sus manos. Ahora sabía que cada persona era un cono color violeta en potencia.

Pasaron los días. De la mujer piel de tulipán blanco nadie supo nada; otras desapariciones acaecieron con regularidad; la población empezó a alarmarse por lo que los noticieros informaban; la policía no tenía pistas. El caos y el terror se acumulaban en las mentes de los ciudadanos, ya nadie quería relacionarse con nadie. Ninguno era culpable, pero todos eran sospechosos. Fermín se regocijaba, tenía la ciudad que quería, silenciosa y temerosa. Se olvidó de todo, un momento de sublime excitación lo arrojó contra sí mismo. Leyó en voz alta la palabra Emelen. Al instante vio a lo lejos lo que parecía ser un pavo real, bastó un parpadeo rápido para que el ave estuviese cerca de Fermín, cara a cara. En un segundo Fermín vio pasar ante sí todas las siluetas de las personas que murieron por la palabra Emelen, gente de todas las épocas; en medio de aquel rebaño de espectros iban el chico del gorro tejido de color gris y el chico de los fingerless gloves; también la mujer piel de tulipán blanco; más allá un profesor de Fermín que no quiso aceptarle un trabajo después de la fecha asignada; a lo lejos el joven de la chamarra de piel que empujó por accidente a Fermín mientras ambos cruzaban la calle, y un sinfín de personas que ahora eran conos de color violeta acumulados en el guardarropa de Fermín. Personas con las que, de no haber poseído el libro, jamás se habría atrevido siquiera a sostenerles la mirada. Fue más allá, no sólo se atrevía a mirar con insolencia, sino que se atrevía a condenarlos, como si fuese el encargado de ejecutar todo el juicio final.

El ave le dirigió una palabra que sonó como un eco insoportable:

Emelen.

Fermín creyó preguntarle quién o qué eres, mas sólo lo pensó, sin embargo, como si de un lector de pensamientos se tratase, el galliforme contestó:

—Yo soy Emelen.

Ahora Fermín se veía dentro de un túnel que por momentos se tornaba nebuloso, el pavo real se iba haciendo pequeño conforme Fermín se adentraba en un túnel contra su voluntad, arrastrado por miles de sombras que chocaban entre sí y gemían con voces guturales. El mareo era terrible y no podía moverse, sus miembros desaparecieron y en su lugar apareció una base circular que iba subiendo poco a poco, eliminando el tronco, los brazos, el cuello y la cabeza de Fermín, sustituyéndolos por un cono de consistencia gelatinosa de color violeta.

El pavo real desapareció y la habitación de Fermín quedó en silencio. Conos de color violeta ocuparon los espacios.

Carlos Castro Castillo (Distrito Federal, 1988) músico y escritor. Estudié Letras Clásicas en la UNAM. Soy amante obseso de los libros; novelas y cuentos son mi fascinación. Adoro el mundo fantástico y lo siento como la gente siente el mundo real: real… Colaboré en la desaparecida revista electrónica CoyoteTV.

Correo: incubo_carlos@hotmail.com

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