Malerba: crónica de un andar de ciegos

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Por Marco Julio Robles

En el terreno de la ficción existen personajes cuya relación con los libros es entrañable. Alonso Quijano bebe de las narraciones caballerescas lenguaje e ideales, vestuario y propósitos. Y Emma Bovary, al entrar en contacto con heroínas que viven fabulosas historias de amor en las novelas que devora por las noches, descubre que su relación con Charles es deslucida y monótona. Recordemos, a este respecto, el pasaje en el que Emma está sentada frente a la ventana en su sala de estar, tiene la costura sobre las piernas, escucha el tañido de las campanas en la iglesia y el ladrido lejano de los perros. La estancia es prisión. La cuadratura de la ventana una metáfora de esa cuadrícula aburrida en la que se desarrolla su vida. Son los libros los que abren el horizonte de Madame Bovary, los que pintan de otras tonalidades los paisajes, los que despiertan deseos en su cuerpo y ansias de emoción.

Por su parte, Antonio, el personaje creado por Giuseppe Grassonelli y Carmelo Sardo en Malerba. Vida a muerte en Sicilia, también tiene una relación peculiar con los libros. Tras varios asesinatos concretados en su natal Sicilia, llega a una prisión de máxima seguridad y en su celda encuentra un libro de grandes dimensiones. Se trata de Guerra y paz de León Tolstoi. En medio del tedio de la prisión. En ese mar de tiempo en el que naufraga la vida de los presos, como voz que le habla en el silencio de su exilio vital, se eleva la prosa de Tolstoi con esa monumental historia que anuda destinos humanos, reflexiones filosóficas, muerte, vida, cansancio y serenidad.

Sin embargo, antes de que Antonio pueda llegar a Tolstoi. Antes que conozca a Nietzsche o a Platón, la historia de su vida y la conformación de sus valores elementales comienza en un hogar modesto en el que crece, al lado de sus hermanos, bajo la vigilancia de sus padres. Antonio, en esa etapa de su vida, se encuentra rodeado de tíos; pero, sobre todo, en contacto íntimo con su abuelo. Un hombre que cree en la transformación de la sociedad gracias al comunismo, que sospecha que las noticias desafortunadas sobre Stalin son una treta cruel inventada por los dirigentes del capitalismo mendaz. De su abuelo, Antonio aprenderá sobre la lealtad y el compañerismo; en él encontrará comprensión y ternura. Rasgos y complicidades que explicarán plenamente el desarrollo posterior de la historia.

Contada en primera persona y desde la perspectiva del propio narrador. Malerba es el testimonio de los deseos y las esperanzas de un hombre que ingresó en la cárcel a los 27 años, que al día de hoy ha vivido más de dos décadas en prisión y que, probablemente, vivirá más años preso que en libertad.

La historia de Antonio incluye un intenso retrato de las relaciones interpersonales en las clases “bajas” o “altas”, según gire la ruleta siempre cambiante de la fortuna. En la narración no se dejan de lado los deseos y las satisfacciones carnales. Y como contrapunto del crimen, la muerte y la venganza, los autores nos ofrecen interludios que sitúan al personaje en un espacio temporal reciente y que nos permiten conocer su sensibilidad. La primera línea narrativa da cuenta del pasado de los personajes, mientras que los interludios que segmentan la narración lineal —a menudo poéticos— presentan los pensamientos que ocupan la mente de un Antonio que ha madurado en la cárcel y que, gracias al contacto con los libros y la filosofía, ha transformado la forma en la que se concibe a sí mismo.

Desde sus primeras páginas, la novela de Grassonelli y Sardo plantea encrucijadas éticas de difícil resolución. Por un lado está la falta de oportunidades y la desigualdad que padecen ciertos grupos de niños y jóvenes en Sicilia, y por el otro la serie de decisiones —discutibles desde el punto de vista moral—, que estos mismos niños toman para subsanar las fallas de un sistema que los margina.  

A este respecto, el libro es un crudo testimonio de los perjuicios que causa el crimen en los individuos. Sin embargo, aunque la cuestión de las consecuencias que tiene una vida dedicada al crimen, como la de Antonio en Malerba, tenga cierta centralidad en la novela que nos ocupa, se desvirtúan las cualidades de esta obra si se piensa que se trata de un testimonio moralizante. Giuseppe Grassonelli y Carmelo Sardo no caen en el melodrama biográfico. Por el contrario, lo que nos entregan es una obra de ficción cimentada en la experiencia directa. Malerba es el relato de un hombre que tras veinte larguísimos años de encierro, sin pedazos de cielo despejado, sin mar a la vista, sin sexo… cuenta la historia de sus años de niñez y juventud; pero también la transformación y la madurez, la sensibilidad y los pensamientos que liberan o atormentan el universo interior de un hombre condenado a cadena perpetua, sin posibilidad de apelación.

Además, los autores de la novela lograron incluir en ella perspectivas filosóficas y sociológicas acerca de la libertad, el crimen y la mafia, sin convertir la obra en un mamotreto en el que la cita erudita resulta gratuita, pesada o pretenciosa. Por el contrario, saben integrar en la narración grandes máximas sin que resulte agotador. Gracias a las citas que a lo largo de la historia dejan una estela luminosa extraída del humano esfuerzo por comprender la realidad y su contradicción, observamos cómo puede la filosofía transformar a los individuos. Al situarlos con mayor riqueza y más herramientas en relación con su pasado e impulsarlos a crear.  

Malerba. Foto: Malpaso ediciones.

Es el andar de Antonio un andar de ciegos que oscila entre la iluminación de ciertos aspectos y el oscurecimiento de otros. Por ejemplo, resulta muy esclarecedor el pasaje en el que Antonio, siendo muy joven, observa cómo su padre limpia sus botas, manchadas de lodo, junto a sus compañeros de trabajo. Antonio lo observa y decide en ese momento que no será un obrero. Aún no sabe todas las decisiones que le esperan, todas las rondas de cartas en las que, mediante trampas, ganará mucho dinero; aún no sabe que comprará armas, que estará ligado a traficantes profesionales, que vivirá entre rufianes y prostitutas; pero sabe que no será un obrero más partiéndose el lomo para que otros gocen.

Ese andar de ciegos en el que Antonio deambula no concluye en la cárcel. La prisión es la segunda parte de la novela, tan fundamental como la primera, porque en ese encierro obligado, el preso en que se ha convertido toma consciencia de su situación. Cae la venda. La filosofía puebla su entendimiento, le hace notar los errores, las fallas, las caídas; pero también la posibilidad de rehacerse a sí mismo.

En este mismo tenor, resulta imprescindible mencionar la carta de Giuseppe Ferraro que se incluye como epílogo a la novela en su versión original y, también, en la traducción de Nicolás Pastor, puesta al alcance del público castellano por Malpaso Ediciones. En dicha carta, Ferraro, su maestro de filosofía en la cárcel, le escribe que «el mundo será democrático hasta que las cárceles sean escuelas y las escuelas dejen de ser cárceles». Reflexión que complementa la indignación ética que experimenta Antonio, pues el Estado no es capaz de verificar el cambio interior de los sujetos proporcionándoles una segunda y verdadera oportunidad. El Estado mismo ignora que incluso en la cárcel es posible la diferencia, el reconocimiento y la evolución. Ignora que esos hombres privados de placeres, siempre anhelando el contacto amoroso, la palabra amistosa, el vínculo con la familia, son capaces de comprenderse a sí mismos desde una lógica diferente.

Las experiencias que Antonio vive en prisión son un ejemplo de ello. En la novela, tales experiencias, fungen como una suerte de disparador que abre sus ojos en varias ocasiones. La primera es aquella, decisiva sin duda, cuando ya sabe que está condenado a cadena perpetua. Le han confinado en una prisión de máxima seguridad bajo el código 41-bis, es decir, un periodo de confinamiento en las peores condiciones imaginables para un preso en Italia. Y ahí, sin que se nos explique cómo ni gracias a quién, Antonio encuentra el libro de Tolstoi y decide leerlo. El narrador no estiliza los detalles hasta convertirlos en una situación inverosímil tratándose de una celda. Guerra y paz, gracias al contraste del estado de ánimo del narrador y a la descripción del ambiente, cobra una fuerza luminosa. Recuerda a esos objetos fulgurantes de las obras de Rembrandt, por ejemplo, El buey desollado.  

Malerba admite varias lecturas: como documento que bosqueja los móviles de la mafia y el crimen; como obra en la que un personaje evoluciona desde un origen lumpen hasta las altas esferas de la trampa y el éxito criminal; como testimonio de pasiones desbocadas que oscilan entre la venganza y el placer, el amor, la amistad, el odio y la solidaridad. Finalmente, esta obra que en el año 2014 obtuvo el Premio Leonardo Sciascia, también puede leerse como un testimonio que evidencia sin ambages un sistema penal fallido. Este último rasgo la emparenta con grandes obras producidas en Italia en donde el elemento poético sirve como aguijón político.

Sin embargo, si se me diera a elegir la lectura que más me interesa y reconforta, es esa en la que el entrañable personaje que es Antonio reconoce sus anhelos más íntimos: los olores, la comida, la cercanía de su madre, las calles del pueblo, las mujeres… Esos pasajes en los que desgrana sus recuerdos más intensos: los pesados silencios que envolvieron la relación con su padre cuando compartieron celda en prisión, el asesinato de su abuelo, la abulia que padece en la cárcel. La indignación que experimenta al darse cuenta que no obstante su lucha por mejorar, el Estado jamás tendrá en cuenta esas transformaciones, porque su palabra seguirá siendo dudosa.

Rescato la lectura de Malerba. Vida a muerte en Sicilia, como lo que es: un relato de ficción en el que el personaje central evidencia la parte de fracaso que toda existencia humana conlleva. Y el sustrato trágico de un personaje como Antonio que, debido a sus acciones, se repliega en el arrepentimiento porque él, como Edipo, no pudo calibrar el significado de sus deseos ni las consecuencias inevitables de sus actos. Y que como Edipo, también, se ve así mismo viajando entre largos túneles de oscuridad y pasajes de luz; aunque la luz llegue a él, a menudo, como una terrible claridad.

* Giuseppe Grassonelli; Sardo, Carmelo, Malerba. Vida a muerte en Sicilia, trad.  Nicolás Pastor, Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017.

  

Marco Julio Robles Santoyo, (Puebla, 1983). Es Maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha colaborado en medios como: Sexenio, Numen, Luvina, La libre de Fuego, Anal Magazine y Letras Explícitas. Su actividad creativa se centra en el relato y la novela. Diario camaleón (Textofilia Ediciones, 2015) es la primera recopilación de su narrativa breve. En Abril de 2016 Diario Camaleón fue elegido como el libro central para los festejos del Día Internacional del Libro realizados en el Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco.

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