Las heridas del ruido 

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Por Julieth Alemán Yepes

Veintiséis poemas componen la primera antología poética de Wilson Díaz. Poemas escritos con un estilo vanguardista, pensando en lo caótico, lo desconcertante o lo cotidiano en una ciudad y una atmósfera que parecen no estar pensadas para convertirse en poesía. En este libro no sólo se encuentra la influencia de personajes como Lêdo Ivo, Thomas Lynch, Georges Bataille o Charles Bukowski, sino también la fuerza corrosal de aquellas cosas tan simples que parecen dar significados a cada estado sentimental, cada pensamiento inmerso en una pregunta sin respuesta y cada situación absurda que nos hace parecer personajes tragicómicos en una ciudad de furia.

La obra de Díaz Rodríguez compone una pieza magistral para matar el encantamiento de lo perfecto, dejar de lado la idea simple y fugaz del regocijo de la calma y en lo que no se admite, para entregarnos completamente al ruido, las luces, los quebrantos de múltiples cosas que ofrece su obra poética. Es un libro para despertarnos y observar la no realidad de nuestro contexto.

Al ser una obra de carácter poético, las figuras narrativas como lo es el narrador (en cualquiera de sus rangos) es inexistente. El poeta es el encargado de plasmar las imágenes, detalles, y figuras que van componiendo la poesía, con esto busca llegar a esos rincones tan difíciles de transmitir, pero que la palabra ayuda a entender.

La fuerza poética de Wilson Díaz lleva al lector a una serie de poemas en donde lo vertiginoso, lo violento y lo caótico se transforman en un mundo de emociones convertidas en la palabra, formando una similitud y armonía con las cosas más mundanas que pueden sucederle a cualquier sujeto en cualquier entorno.

Su poesía no sólo habla de la ciudad, los vidrios o los ruidos, expresa, también, ese sentimiento de alienación y extrañeza al enfrentarnos a entornos caóticos que conforman lo cotidiano y que parecen invisibles a los ojos. Tal vez sea el factor invisible lo que más se destaca en esta obra poética, ya que Díaz visibiliza todo aquello que es normal.

La voz poética en la propuesta de Díaz es fuerte, chocante, visible y, sobretodo, desgarradora. Cada poema compone lo que es, tal vez, un sentimiento de soledad, angustia o de momentos repentinos en los que se ven envueltos los miedos y la pesadumbre, de allí se desprende esa transformación del entorno, de la existencia y de todo lo que puede rodear a una sola persona en un solo lugar.

Boca de armario

La manga izquierda

Devorada por el abuelo-olor

La taciturna

Aletea desesperada

Buscando el gancho

Estrangulado en el armario

Come trapo viejo

Nadie te observa

Cadáver de retazo

La sombra

Acecha

La espera, se esconde

En el doblez, cristal del ojo

La boca se cierra

Un susurro

Interrumpe los miedos.

(Díaz Rodríguez Wilson, pág. 20. Poema: “Boca de armario”. 2015)

El autor lleva al futuro lector precisamente a esos escenarios, algunos familiares, otros por el contrario, son sujetos a la experiencia personal, al contacto que cada uno ha podido tomar de una situación semejante. Aun con esto, Díaz participa activamente y hace notar su voz, su presencia dentro de los poemas y el acompañamiento mutuo que hace con el lector. No hay un distanciamiento (como si puede ocurrir dentro de la novela o el cuento), hay una forma de contar en donde poeta y lector asumen y viven cosas similares pero de emociones distintas.

Dentro de esta antología se encuentra toda una diversidad de espacios, sin embargo, al tener ese carácter poético se convierten en únicos, dando a cada poema una locación y una espacialidad que forman una unidad entre la imagen, la palabra y el espacio.

Desde entornos como la ciudad, pasando por habitaciones, la poesía compuesta por Díaz toma como referencia espacios que propinan ese encuentro poético, que dan al lector las imágenes precisas para adentrarse de lleno en esa atmósfera creada en la poesía. Es un logro magistral, porque la utilización de escenarios comunes permite una identificación y un apego a esos lugares que son palpables y que se pueden encontrar en todo momento. Las Heridas del ruido no se aleja de la realidad, lo que hace es transformarla para que cada espacio (ya sea dentro de los poemas, en la privacidad de la habitación) sea ese lugar en donde se transforma el significado de lo que se ve, se escucha o se siente.

En la funeraria

Entro sin avisar

            Que yo no soy el muerto,

            Los olores de la calle

Hacen ruido en mis zapatos.

El ataúd, lejanía de la risa,

                                Exhibe los testículos antiguos,

                           Metamorfosis de la culpa,

                                               Desgarrada de sus carnes.

                   Ellas caen heridas de libertad.

                                     En el frío.

Salgo de la funeraria

Y observo el soplo de la muerte,

Que da a luz la desgracia en los filos del pañuelo.

Tres pasos tras de mí,

          Sigue a la negra erecta que avanza,

Con ansias de penetrar la oscuridad.

(Díaz Rodríguez Wilson, pág. 24-25. Poema: “En la funeraria”. 2015)

En el anterior poema se hace evidente la polifonía que encierra un solo espacio. La muerte, la calle, el ruido, los olores y el frío transforman completamente la atmósfera convirtiéndola en un sitio personal, íntimo en donde influyen diferentes emociones, algunas físicas otras más emotivas. La crudeza del poema, la estabilidad del espacio y la sonoridad que se perciben, son en general, ese entorno que vuelven al poema una composición de un solo lugar, de una sola idea y de un momento específico.

Los poemas están construidos a partir de un presente. El tiempo dentro de la obra de Díaz se manifiesta inconstante, a veces, incluso no se nota y pasa desapercibido. Los poemas se construyen a partir de acciones tan inmediatas que el tiempo no se vuelve crucial y no destaca como un elemento de primera imagen.

No quiere decir que el tiempo en la obra poética no sea importante, es más bien un elemento secundario que sirve para referir al lector a su propio tiempo, al hacer lectura de los poemas este los siente inmediatos, como si formasen parte de su ahora y no de un recuerdo o un futuro del poeta. Esa relación hace que la poesía se complemente con el lector convirtiéndola en algo mucho más personal.

La luna abre la habitación perdida

Yo mismo me convierto en este oscuro incógnito

Georges Bataille

Un cuerno

Negro

Cuelga de su frente.

Arrastra pedazos de pestañas

Que se encuentran entre los ojetes

De sus zapatos rojos

La luna pisa un grito tembloroso

De agujas oxidadas

Lanzadas hacia lo incógnito.

Las piernas enmudecen

Al sentir el hielo

En la oscuridad.

El tiempo se turba

Entre sus uñas sin luna.

Espera ciega un rostro

Afilado, joven

Cuando soy luna.

(Díaz Rodríguez Wilson, pág. 26 y 27. Poema: “La luna abre la habitación perdida”. 2015)

La antología, constituida por veintiséis poemas, tiene como influencia la anti-poesía propuesta por el chileno Nicanor Parra. De verso libre, la composición de cada pieza es una referencia a las acciones, pensamientos y momentos del poeta en circunstancias que no son ajenas o reconocibles para el futuro lector.

La composición de los poemas goza de singularidad y autonomía, dejando así que la propuesta exponga su propia tonalidad, ritmo y paradoja del mundo. La lectura de este poemario es una invitación sensitiva y de reconocimiento a esos elementos inmersos en lo cotidiano que parecen no mostrar una simbología, una sensación o incluso una introspección de lo que se ve y se escucha.

La fluidez propuesta en este volumen hace que cada poema sea un universo para el lector, no hay un lenguaje elaborado o escenarios completamente utópicos, sólo existe la naturalidad y el compartimiento de emociones y pensamientos que cada lector puede tener a través de esa experiencia poética. Es por eso, que se reconoce en ellos la ideología de la anti-poesía, ya que están formulados con las bases ideológicas del autor y no con los parámetros estilísticos y del lenguaje propuesto por la tradición.

Díaz hace que su poesía marche al ritmo que él busca como poeta, sin adentrarse en una propuesta lineal o que incluso forme parte de los estándares literarios; él escribe todo aquello que no parece ser poesía o que incluso puede no estar dentro de las líneas de inspiración poética, es así como su obra va tomando una forma singular en donde la identificación entre poeta y lector no es nula ni remota, es de fraternidad y acompañamiento frente a la introspección del mundo cotidiano.

Como se comentó anteriormente, los poemas no se presentan con una estructura tradicional. Al ser de verso libre la métrica y la rima no son una prioridad y no son utilizadas por el poeta, así que estas no hacen parte de la formación estructural del poemario.

En cuanto al ritmo hay una polifonía inconstante que complementa y hace que cada poema tenga su propio sonido y visibilidad, es decir, cada uno es una muestra única de sonoridad que evoca o bien a diferentes estados de ánimo o a reflexiones constantes. El ritmo es un elemento secundario pero fundamental para entender la particularidad de la poesía de Las Heridas del ruido, ésta puede partir de sonidos suaves, melódicos y deprimentes, hasta sonidos graves, caóticos y chocantes, formando entonces una sinfonía difusa que cumple con todos los gustos de cada lector.

En la escritura de los poemas se evidencia un estilo de monólogo en el que el poeta constantemente está hablando y comentando sus experiencias o pensamientos en momentos determinados.

Es a partir de esta idea del monólogo que la poesía de Díaz hace una especie de “trato” en la cual no hay ni abismos ni separaciones entre poeta y lector. Este estilo permite que la poesía cobre un significado mayor y cercano, sin perder la voz del poeta ni la futura reflexión del lector.

(Fragmento del poema: Noche de fiesta con la ciudad en llamas):

Todos somos llamados a la ciudad en llamas.

Así que saca tu alma del refrigerador y atibórrala

de veneno, sangre, cerveza, palabras,

estatuas, noche, difuntos, gasolina, alambre,

vidrio, avenida, bares, estrellas, erotismo,

polvo.

Y haz de tu fiesta un poema en llamas.

 (Díaz Rodríguez Wilson, pág. 38. Poema: Noche de fiesta con la ciudad en llamas. 2015)

Con este estilo, Las Heridas del ruido permite sumergir al lector a los escenarios y atmósferas propuestas por el poeta sin perder su tonalidad o esencia. La construcción de esta poesía, son un complemento y un diálogo en continuo que no predice ni embellece las situaciones propuestas en la antología poética, se encarga simplemente de mostrar la crudeza, la felicidad o la tristeza de cualquier momento y cualquier lugar sin limitar la propia voz del que escribe y del que lee.

Al comenzar a leer esta antología, pude notar que las principales tonalidades que encierran los poemas se basan en emociones y atmósferas nostálgicas, un tanto deprimentes y de introspección. No quiere decir que todos los poemas se rijan bajo esas propuestas de composición, también se puede notar que en algunos las tonalidades son estridentes, caóticas y envueltas en una rebeldía que choca con ese ambiente melancólico.

Los poemas en su forma, son una composición que no tiene un único sonido o un único tono, es más bien un universo completo en donde las formas, las voces y las palabras juegan entre sí para crear esa dimensión que los convierte en particular y que así mismo genera su propia tonalidad en el lector. A modo general para algunos puede ser una oda a la rebeldía, el no conformismo y la creatividad en lugares rutinarios, para otros pueden ser una oda a la nostalgia, la desesperación y la imaginación en medio de una ciudad en llamas y que hace invisible a sus habitantes. Es entonces un poemario con multiplicidad de tonos, de voces y de ritmos, logrando así atrapar a cualquier lector, sin importar su estado de ánimo o situación ideológica.

La luna, la noche, la muerte, son una constante y si bien estas representan en parte la tradición poética, en Las Heridas del Ruido se transforman en figuras que representan la sensación y pensamiento del poeta en el momento, es decir dejan de ser centrales para convertirse en elementos complementarios con la poesía.

Sin embargo, la figura retórica más representativa en la obra de Díaz es la ciudad. Ésta es la principal protagonista, ocupa la mayoría de los poemas y es ésta la que precisamente se convierte en el escenario principal para desarrollar el trabajo creativo del poeta. La ciudad se transforma en esa imagen distante, caótica, envolvente; un gigante de hierro, asfalto y humo que cobra importancia en un sentido en cada página y en cada poema, la ciudad es la representante del miedo, del ruido y la invisibilidad.

Al tomar un escenario tan amplio se abarcan también infinidad de temáticas y de tonos, es por eso que esta antología goza de una ambigüedad original, ya que cada poema es una representación propia del momento, del presente tanto del poeta como del lector. No existe una exactitud entre ellos, solo la imagen de la ciudad es lo que los une, convirtiendo a esta en un escenario polifacético y que encierra su propio individualismo.

Las Heridas del Ruido de Wilson Díaz Rodríguez, La Valija de Fuego, Bogotá, Colombia, 2015.

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