Seis de octubre

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Por Stivaleit Guerrero

Llegó ayer al edificio. La llave de la cerradura no se atoró esta vez. Pudo abrir con sigilo, intentando no despertar a los cuatro inquilinos del primer piso, pero falló al subir al segundo, porque sus pisadas pesaban por el alcohol que aún continuaba en su cuerpo. En otras ocasiones, no tenía que parpadear. Eran cinco inquilinos más, cada uno soñando con una mañana más brillante que la de ayer, en sus respectivas habitaciones. No era ni la cinco ni la siete u la ocho, sino la habitación seis. Lo veía por todos lados siempre: en su número de celular se repetía tres veces, aunque no seguido, y en los números de fila para pasar al banco, al hospital, a donde fuera. Pensaba que todo se había jodido ese mismo día, el seis de octubre de mil novecientos noventa.

Sobre su cama había ropa limpia, una laptop, su respectivo cargador, tijeras, dos sábanas enredadas, una toalla, una sudadera que no sabía de quién era, una mochila de viajero y unos tapones para oídos. Todo lo hizo a un lado y se acostó. Pero el sudor no le permitía respirar. Sentía que los poros estaban inundados y que debía de alguna manera quitarse ese abrasamiento que había recogido del metro Hidalgo, cuando salió corriendo entre vagones vacíos para llegar a su destino. Así que, dejando la toalla mojada sobre la cama, se fue quitando la ropa en el pasillo. No había un solo sonido, aunque pensaba que quizás de todas maneras lo que siempre se escuchaba más fuerte era el temblar de sus huesos, el zumbido de sus neuronas tratando de conectar, la saliva que pasaba por su garganta seca, el corazón bombeando. Llegó a la regadera ya sin una sola prenda encima.

El agua a presión que subía y que bajaba de la tubería pronto silenció todos aquellos ruidos del interior. El sueño tomó posesión de su cuerpo, y ahí, en la baldosa verde, descansó lo que le pareció una eternidad. Cuando despertó, el agua seguía templada, pero ya no tenía fuerza. Le pareció una buena semblanza y allí se quedó otra media hora más. Después, la cama absorbió toda el agua que sus poros ya no deseaban.

Alrededor de las seis de la mañana, su vejiga se comportó caprichosa, y sus ojos también, porque no se le querían despegar de las lágrimas. Pero una vejiga caprichosa siempre puede más. Pensó en lo peor que podría suceder si no hiciera caso a sus demandas. No, aún no llegaba a ese estado. Sabía que no tardaría mucho, pero aún podía hacer uso de sus últimas facultades mentales. O al menos eso creía.

En el pasillo escuchó ruidos extraños. No era el ruido de la cafetera, o de la regadera del piso inferior, no era ruido de pasos, ni nada parecido. Entró al baño, el que quedaba al final, el mismo de la noche anterior donde había dormido, el que se encontraba a un lado de la habitación ocho. El esfuerzo por vaciar su bolsa de adicciones no duró mucho, porque apenas reconoció los ecos, salió a medio vestir hacia el otro sanitario. Y estando allí, ya nada más pudo escapársele.

Regresó a su habitación e imaginó todo. Todo lo imaginó: el hombre, quizás de casi dos metros, de macizo peso pero poca grasa y poca presencia… ¿qué tipo de mujer tendría allí con él? ¿Un siete quizá? Sería una mujer mediana, de peso promedio, tez morena, cabello lacio u ondulado, ojos negros, a lo mexicana toda ella. O bien, una extranjera, de piel pecaminosa o llena de pecas, raquítica, de cabello verde, ojo claro. Tal vez alguna asiática, bisexual, que aunque pareciera hombre, a quién no se le antojaba.

Le pareció insoportable concebir que alguna mujer pudiera gritar así. En efecto, el pasillo separaba suficiente los cuatro cuartos de arriba pero aún se escuchaban los gemidos y súplicas a buen volumen. Dudaba que alguien pudiera disfrutarlo tanto. Pensaba que con clementes probabilidades la mujer fingía para terminar ya su acto. Tenía la certeza de que después de cierto tiempo, ya el lubricante se seca y las paredes ya no tiemblan, sino que más se aferran a un final feliz. Lo sabía, porque aunque era virgen, el internet era lo único que no le fallaba en la vida. Se imaginaba que el hombre, el vecino, se complacía de placer al verle a ella los ojos desorbitados y la nalga sucia. Se lo imaginaba y perdía el tiempo en su cama.

Durante la tarde no hizo más que pensar en la baldosa. Porque habían salido ambos de la habitación contigua y alguno de ellos, o ambos, había hecho uso de la regadera. Qué baldosa tan dichosa, si es que los cuerpos eran bellos, o qué baldosa tan desafortunada, si no lo eran. El vecino no contaba con mucha gracia, ni de cuerpo, ni de personalidad ni de nada. Se preguntaba si lo mismo pensaba el vecino del resto de los inquilinos que habitaban en los cuartos, en especial el seis. Qué pensaba la baldosa de que le pusieran el culo encima dos veces, en menos de veinticuatro horas. Habrá sido la muchacha buena carne.

Se imaginaba que el agua se les metía, no por los poros sino por el ombligo. Que la succionaba así porque el resto de los orificios del cuerpo ya tenían o habían tenido algo dentro. No creía que se pudieran quitar de la misma manera los restos de olores, de sudores, de besos de otros. Podían intentarlo, pero no sucedería. Hasta acá en su habitación lo percibía aún. No eran como las películas que veía. Esta mujer, aunque no la conocía, era promedio, tenía la certeza. Lo sabía, lo sabía. Olía a medianita. El sueño llegó de nuevo.

Cuando despertó, pudo sentir otra vez el olor en la habitación, el olor de ellos. No le provocaba excitación sino asco. ¿Había dejado así las almohadas? ¿La silla se encontraba antes en esa posición? Se levantó y acercó su nariz al escritorio. Por un momento pensó que había una mano, el sudor de la mano en contorno ahí sobre el escritorio. Quiso vomitar. ¿La silla hedía a lo que se imaginaba? Un leve mareo se coló por las neuronas. Después notó que la mancha de la mano en el escritorio coincidía con su propia mano, y se tranquilizó. Pero es que no, esas almohadas no estaban en esa posición. El piso se veía más usado. ¿Había cerrado la puerta con seguro? Se dirigió hacia ella. En efecto, no tenía seguro alguno. Regresó la mirada a la habitación ¿qué más se sentía fuera de lugar? Olió su propia ropa, la que la noche anterior se encontraba en la cama, que ahora estaba en el suelo, a pesar de ser ropa limpia. Su aroma no era fresco, sino a asiática. Tenía la completa certidumbre.

Ambos entes sexuales, en su manía, habían entrado a la habitación y habían tenido sexo ahí mismo, no cabía duda. Como era su costumbre, cuando viajaba a la tierra de los sueños, se perdía, no escuchaba, no se movía, apenas podía respirar. Y porque el vecino estaba consciente de ello, la oportunidad de hacer realidad una de sus fantasías no se había escapado. El mareo regresaba otra vez, sigiloso. Era, pensaba, quizás la prueba de que tenía razón. Otras personas serían menos conocedoras de sus propios sentidos. Estos sentidos no estaban equivocados y los sabía interpretar a la perfección.

Salió. El sanitario, el famoso sanitario al final del pasillo olía todo él a sexo. Sexo en el inodoro, en el lavabo, en la regadera con moho, en las paredes, en el suelo asqueroso, lleno de pelos sueltos, de partículas de uñas, de sangre, de desechos, y sí, hasta en la puerta de madera se podía percibir el sexo. Ahí, juraba, en la madera, se veía aún la silueta de ambos. Los podía escuchar golpeándose contra ella, enterrando la manija en la espalda, o quizá más abajo, entregándose comprometidos a la experiencia, sin tomar en cuenta el resto de los habitantes de la casa. Podía ver cómo el líquido blancuzco en el piso de la regadera se fundía con la baldosa, que ya no era verde, sino aqua. Veía la garganta de ella, de la mexicana, abierta como nunca bajo las gotas de agua, y sus ojos negros cerrados, mientras por detrás alguien se aseguraba de que no resbalara. Sintió en su garganta la misma agua. Escuchó sus venas, cómo se mantenía la sangre en movimiento dentro de su cuerpo y se preguntó por qué su cuerpo completo no se movía de ahí. Sintió caliente en la garganta y debajo del vientre.

Vomitó.

Después ya no pudo sacar de su mente la idea de que en el pasillo también se habían revolcado, de que en las escaleras aún podía escuchar los gemidos de la extranjera güera, de que el techo se avergonzaba de esas acciones que no tenían decoro, ni respeto por el resto de los inquilinos. En la cocina, supo. Lo vio claramente: el cómo habían utilizado los utensilios como propias herramientas de placer. Vio la cuchara introducirse y el tenedor rodear los pezones, vio las nalgadas con el sartén, ese, el que todos en la casa utilizaban para quemar huevos. Comprobó con mucha evidencia de sentidos olfativos, visuales y sonoros, cómo los gritos y olores de la mujer extraña se habían quedado guardados en los cajones y en la alacena. Quiso volver a vomitar, pero recordó que aún no había limpiado en la parte superior. Escuchó sonidos nuevamente, pero ya no le eran diferentes. Los demás seres humanos que habitaban en el primer piso comenzaban a llegar a la casa del trabajo. Había desperdiciado toda esa tarde.

Con arcadas se movió rápidamente hasta la covacha, donde encontró la jerga y el bote con agua. Apenas tocó el pedazo de tela, supo que también eso había sido usado para placer que no conocía aún. Ya no quería percibir nada. Deseaba que su tacto y su olfato, incluso que su vista se largaran. La escoba probablemente había sido frotada con alguna parte carnosa. El balde de agua… se tapó los ojos. Escuchó su respiración agitada, las tripas que le pedían comida casi con los mismos gritos de la misteriosa depravada; había tal silencio, que escuchó al mosco inquieto como compañía dentro de la covacha. Percibió otra vez los gemidos que iniciaban como esa misma mañana y terminaban más fuertes y más claros que nunca. ¿Qué había que hacer en esa casa para tener un poco de paz? Aún con los ojos cerrados, a tientas, logró dar un portazo y apenas se hubo caído el pasador del seguro, comenzó a tocarse. Allí estuvo con la puerta bien asegurada hasta el seis de octubre, cuando inocentemente se preguntó por qué nadie le había hecho sentir tanto placer como el vecino a la mexicana, y la mexicana a la asiática, y la güera al vecino. Por qué nadie le deseaba. Entonces para terminar las dudas y los gemidos, los olores y las imágenes, lanzó con toda la fuerza que tenía, su cabeza hacia la pared.

Stivaleit Guerrero (nómada, poeta y narradora) de 26 años. Obtuvo mención honorífica del Premio de cuento breve Julio Torri 2014, primer lugar del Concurso de Ensayo Ágora del Tecnológico de Monterrey 2012 y segundo lugar en poesía del XXVI Concurso de Creación literaria del Tecnológico de Monterrey 2012. Ha colaborado con las revistas Espora, Nocturnario, Monolito, Bitácora de Vuelos, Rojo Siena, Enchiridion y Tierra Adentro. El año pasado publicó su primer libro de poesía: My Jam.

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