Relato encontrado en una publicación de Facebook

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Por Kevin Aragón

Apenas darían las nueve de la noche cuando ese metrobús pasó. Iba vacío, el hecho me hizo creer que por lo menos algo de buena fortuna me había sido reservada al final del día. Sin embargo, apenas se abrieron las puertas eléctricas, un denso tufo a solvente provocó que arrugara la nariz mientras abordaba y buscaba su origen. Ahí estaba, provenía de las manos de dos sujetos que sostenían sus monas pegadas a la boca. Tenían la mirada opaca, sin que  pudieran enfocar con plenitud ningún objeto. Vestían gorras OBEY apretadas y mal puestas; uno con una playera de basquetbol y el otro una chamarra oscura sobre una camisa Aeropostal, tipo polo; ambos con pantalones de mezclilla, holgados en la entrepierna y amarrados en las puntas; botas deportivas Nike o Jordan… No lo recuerdo con exactitud. “Nada extraordinario —pensé—, a veces pasa: Los monosos también necesitan moverse en una ciudad como ésta y, mientras no se metan conmigo, tienen el mismo derecho que yo para desplazarse”.

El único asiento que quedaba era el que estaba junto a ellos, cruzando el estrecho pasillo, bajo esa luz pálida y enfermiza. Me senté y, pasado un rato, noté que el pasajero que estaba sentando a mi lado se frotaba las piernas con ambas manos, muy nervioso. Se trataba de un tipo como de unos 35 años, calvo prematuro, oficinista. Yo decidí sacar uno de mis libros y esperar a que todo transcurriera sin ningún inconveniente.

 Pero entonces escuché hablar a uno de los monosos: “¿Apoco shí, cainal? Pinshe noble, ¡no se me sienta bien avión que aquí me lo aterrizo!” ¿A quién le hablaba? ¿Era a mí? Lo que se debe evitar en casos como esos es hacer contacto visual, y vaya que yo lo intentaba, mientras aferraba mis dedos sudorosos a la pasta del libro.

 “Si topara la fileteada que le dimos al otro pendejo…. Chaaaaaaa, y eso que na’más fue la puntita. ¿Qué no, mijo?”, dijo el otro, pronunciando sílabas espesas, como si su lengua se moviera a la velocidad del atole, mientras se colgaba del respaldo de enfrente y movía la cabeza en todas direcciones, inhalando el solvente con los ojos entornados.

Aun así traté de concentrarme en la lectura, proponerme algo que hacer e ignorar todo lo que me rodeaba; pero las líneas pasaban por mis ojos sin que pudiera entenderlas. Una y otra vez repasaba los mismos párrafos llenos de formas sin contenido, palabras cuyo significado se me escapaba al mismo tiempo que terminaba de leerlas. Sólo se escuchaba el  motor del metrobús y alguno que otro ruido que se colaba desde afuera. El humor a activo comenzaba a provocarme unas terribles nauseas que por poco y lograban que volviera el estómago. Suerte que en ese momento llegamos a la siguiente estación; lástima que sólo se tratara de un pequeño respiro.

Al avanzar de nuevo sentí una mirada. Era la del sujeto que sentado a mi lado trataba, según creí, de saber qué era lo que leía. Pero después me di cuenta de que, más bien, lo que pretendía era llamar mi atención. Al apartar la mirada apenas unos cuantos centímetros de mi libro, me encontré con la pantalla de su celular, donde pude leer: “Ten cuidado, esos tipos traen cuchillos y vienen con otros dos más enfrente”.

Fue entonces que llegó a mí esa sensación que se debate entre el vértigo y el dolor de un golpe en el estómago que siempre se hace presente ante la negación de una desgracia evidente. Le asentí con la mirada, para no llamar aún más la atención de los monosos. Ellos seguían hablando; murmuraban que dejara de hacerme pendejo, que todo iba a valer verga, que al chile fuera pidiéndole a San Judas Tadeo.

De nuevo intenté leer, pero ahora hasta el libro se me caía de las manos. El hormigueo en el cuerpo, los latidos del corazón, la respiración acelerándose, el maldito mensaje en la pantalla de ese celular; todo me indicaba que me tenía que bajar, evitar el peligro, salir huyendo cuanto antes… Pero el transcurso para llegar a la próxima estación se volvía eterno, no sabía bien a dónde dirigir la mirada sin que los monosos supieran que yo conocía sus intenciones.

La bocina anunció la próxima estación. Yo me levanté y el calvo al lado mío también lo hizo. Antes de arribar, vi en el reflejo de la puerta que él se colocó a mí lado y me observaba. No sé por qué creí él también venía con ellos. Para ese entonces hasta de él desconfiaba. Aun así, le agradecí con una palabra muda y una sonrisa torcida.

Llegamos. Las puertas se abrieron. El sujeto me cedió el paso. Cuando por fin mis pies se encontraron en cemento de la estación, sentí que la presión de mi pecho se me escapaba con un suspiro grande y frío. Pensé en decirle algo al pasajero, agradecerle de nuevo…pero el tipo no estaba a mí lado ni en ninguna parte de la estación. Volteé hacia  el metrobús antes de que cerraran las puertas, pero tampoco estaba ahí. No supe qué pensar. De hecho, aún no sé qué pensar. He llegado a mi casa y lo primero que he hecho es escribir esto que me ha sucedido y, aunque ha pasado poco más de una hora, no estoy seguro de si lo que siento es preocupación o una suerte de alivio.

Foto: ProtoplasmaKid / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0

Kevin Aragón (CDMX, 1992) es estudiante de la carrera de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y reportero cultural. Ha publicado reseñas, crónicas y notas periodísticas en la Gaceta de la UNAM y el Blog oficial de Difusión Cultural UNAM, así como algunos cuentos en revistas electrónicas.

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