Un Bolaño más humano

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Por Kevin Aragón

Roberto Bolaño debió tener sus razones para no publicar en vida su novela El espíritu de la ciencia-ficción, que ahora podemos leer gracias a la poderosa editorial Alfaguara que la lanzó al mercado el año pasado. Tal vez, el autor pensó que no estaba del todo conclusa, sensación que deja al terminar de leerla, o que no era lo suficientemente buena, cosa que puede ser cierta si pensamos en sus obras más representativas: Los detectives salvajes, Amuleto o 2666, en las que el escritor chileno muestra una madurez narrativa y temática más plena que la que se lee en esta novela de juventud, firmada en Blanes en el año de 1984. Sin embargo, esto no quita mérito a los momentos de gran esplendor donde se observan la formación de un estilo propio, así como las primeras indagaciones de los grandes temas que circundarán posteriormente el universo Bolaño. En otras palabras, esta novela hay que verla como un campo de experimentación más que una obra última y concreta en la que hay tres historias intercaladas de forma fragmentaria, muy al estilo de Los detectives salvajes, que sirven de radiografía de la literatura en México.

Dos de ellas son las reflexiones y los días de Remo Morán y Jan Schrella (alias Roberto Bolaño), jóvenes chilenos amantes de la literatura que viven en una buhardilla en el entonces Distrito Federal de los años 70. Remo está más interesado en la poesía y conoce a un joven poeta, José Arco, con quien recorre en motocicleta las enigmáticas calles de la Ciudad de México, tratando de descifrar el porqué del incremento de talleres literarios en dicha ciudad, hecho que interpretan como una señal de revolución en la poesía mexicana y, por extensión, latinoamericana, la cual parece ser de un calibre menor a la de otras partes del mundo, visión que a estos jóvenes ofende: “[…] La poesía era para mí en aquellos años, y tal vez aún hoy, la disciplina literaria con mayores logros en América Latina. Que se hablara mal de Vallejo, que no se conociera con profundidad la obra de Gabriela Mistral o que se confundiera a Huidobro con Reverdy era algo que me ponía enfermo y luego rabioso”.

Mientras tanto, Jan vive obsesionado con la literatura de ciencia ficción, a tal grado que sólo vive para leer libros de éste género y se decide a escribir cartas a sus autores predilectos a los que muestra una gran admiración, pero a los que también cuestiona la supuesta incapacidad de los escritores latinoamericanos de participar en este tipo de literatura al enterarse que uno de ellos pretende realizar un comité de escritores que enseñe a escribir ciencia ficción a los autores del tercer mundo.

La tercera historia es más bien una entrevista que acontece en una bacanal literaria entre una reportera vivaz y un joven escritor de ciencia ficción, quien se sorprende ante la algarabía y pedantería de los escritores mexicanos que celebran que recientemente él fuera galardonado por su novela en la que se data la vida en una universidad chilena, la Universidad Desconocida.

Una cualidad de estas historias es que los temas que tocan no sólo hacen referencia al mundo de la literatura en América Latina, sino a su condición social y política, como por ejemplo, las agresiones imperialistas que Estados Unidos perpetró en varios países sudamericanos en forma de golpes de estado y dictaduras, que son introducidas en más de una ocasión a través de los cuestionamientos que Jan hace a sus destinatarios. Este tipo de temas serán desarrollados con mayor profundidad en obras posteriores de Roberto Bolaño.

Aun así hay en esta novela un espacio para temas más mundanos, como el amor y el descubrimiento de la sexualidad, al narrar también su relación con otros jóvenes rebeldes y sedientos de libertad que recorren por primera vez los lugares que después serán comunes en los Detectives Salvajes, así como rincones desconocidos de la Ciudad de México, por ejemplo, la red de baños públicos que reflejan ese sentido oculto de la sociedad donde los abusos y las carencias son cosa de todos los días. De ahí que a esta novela se le considere de iniciación, pues también tiene la facultad, gracias a su sentido coloquial y carácter juvenil, de abrir los ojos a un lector joven a un mundo que no precisamente es ideal.

Si bien en esta novela encontramos algunos parecidos con las demás obras de Bolaño, estos también contrastan con ésta por un punto clave: mientras que en Los detectives salvajes y 2666, pareciese que se acepta la premisa que Dante lee en la entrada al infierno —“abandonad toda esperanza”—, en esta pequeña novela, Bolaño aún no es un hombre desencantado, la búsqueda nunca se concluye y sus personajes tienen la oportunidad de ascender gracias a la literatura.

Sí, Bolaño debió tener sus razones. Sin embargo, leer esta novela nos permite observar  un mito literario más humano, uno que nos recuerda que escribir es un oficio que se domina a fuerza de práctica, de encarar al silencio, de mostrar ese gran amor a la literatura y a la vida misma, elementos que irremediablemente se encuentran diluidos entre sí, así como el reconocer que el éxito literario es también, como lo creía el mismo Baudeliare —otro maldito perseverante—, una acumulación de derrotas y éxitos invisibles para muchos.

El espíritu de la ciencia-ficción de Roberto Bolaño.

Kevin Aragón, estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas, UNAM. Actualmente reportero en el área de Difusión en Prensa Cultura UNAM.

Facebook: /Kevin.aragon1

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