Historias de sexo, conspiración y muerte. Un objeto de culto, por su rareza

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Por Aketzaly Moreno

*Este texto fue leído durante la presentación de Historias de sexo, conspiración y muerte en el Tianguis Cultural del Chopo de la CDMX, el 8 de abril de 2017.

Quisiera dedicar mi breve participación al más grande sanscritista mexicano, Juan Miguel de Mora, quien según medios hemerográficos, falleció el 16 de marzo.
De él es imposible no pensar que es bello morirse con todos los años cumplidos. 

El poeta José Vicente Anaya escribe que Jim Morrison empezaba muchos de sus conciertos tratando de sobrepasar la simpleza de un evento musical. “¿Están todos aquí? La ceremonia va a comenzar”, dice Morrison en Una oración americana. Considero que para un libro de esta naturaleza, como el que hoy se presenta, también es válida esta consigna, no sólo por embellecer este acto al equipararlo con una ceremonia, que en el fondo lo es, sino por la larga serie de pasos que implicó la culminación de este libro y que pueden acotarse en este momento que ahora compartimos. Contrario a lo que dice Edgar Allan Poe respecto a la composición, este libro sí debe mucho a la intuición y al azar. El compilador lo advierte desde las primeras páginas. El azar y el destino, tal parece, fueron tomando las riendas en la elaboración de esta antología. De manera que se resalta un carácter incluso premonitorio, el valor de un augurio que se va interpretando mientras más forma toma una idea.

Este libro es, por lo que tiene de celebración, pacto y destino, un objeto ofrendado para la Muerte. Quien lo tome y lo vea por primera vez, no tendrá duda de ello.

Si me atrevo a afirmar todo esto, es por aquello que el destino tendría para mí señalado; porque en lo que a mí respecta desde que supe que participaría hasta la culminación de esta antología, mi realidad inmediata estuvo rodeada de enfermedades, hospitales, agonías, largas agonías y muertes. Debo decir que la fotografía que parece al interior, no tuve otra opción, ahora entiendo que no podía ser de otro modo, me la tomaron a un lado de una iglesia en la que estaban velando a la mamá de mi papá. Para ese momento ni siquiera sabía que la antología llevaría por nombre Historias de sexo, conspiración y muerte.

Más allá de lo que el título pudiera sugerirnos del contenido de los textos, por la particularidad, el estilo y el tratamiento de los temas, podemos decir que si hay algo que tienen en común estos cuentos es que aparecen juntos en esta antología.  Los cuentos que se dan cita bajo la égida de una Santa Muerte y un acto voyerista, generan, cada uno de manera muy particular, incertidumbre, angustia y desconcierto entre el erotismo, la locura y el juego. Incluso, acaso sea valor lúdico lo que defina con mayor precisión el contenido de estas páginas.

La antología es toda ella una propuesta lúdica y divertida por donde se le mire, basta leer la contraportada para saber que sí, habrá muerte y perversión, pero entre líneas o sobre ellas también se puede leer que aunque la muerte es un asunto serio, también nos permite jugar con ella. Quién no recuerda la famosa escena del Séptimo sello de Ingmar Bergman en la que la muerte le permite al caballero jugar una partida de ajedrez. No hay mucho que decir al respecto, creo que por nuestra actitud general hacia la muerte nos resulta más que familiar saber que hablar de muerte es hablar también de risa, juego y creatividad. De ahí que más de uno haya pensado alguna vez “el muerto al hoyo y el vivo al gozo”.

Ejercicios de crítica y de lenguaje, en este sentido lúdico, son los cuentos que nos ofrecen tanto Lauro Cruz como Fernando Cervantes. Si es cierto que el escritor es un mentiroso por excelencia, y que nosotros como lectores somos partícipes activos de esa mentira en medida de su verosimilitud, a Lauro Cruz le creemos de inmediato. Creo que hay que resaltar el valor que tiene el registro léxico de sus personajes para crear temperamentos y situaciones que hacen de sus cuentos elementos dinámicos y hasta volitivos.

La propuesta de Fernando Cervantes es atractiva por la intención de involucrar al lector en su texto de una manera más directa e inmediata, de llevarlo un poco por una serie de reflexiones que cobran, sólo hasta el final, sólo hasta que se aprehende el texto en su totalidad, un sentido distinto al que aparentaban. Incluso, habrá una invitación que, el lector acepte o no, es consumada. No quisiera decir que la constitución de los cuentos, en el uso de la lengua, nos tiende una trampa; pero sí es cierto. Hay que ir despacio, no para evitar caer, es imposible, sino para caer con conocimiento de causa.

No obstante que el elemento lúdico no sea el motivo genuino en los cuentos de Jaime Velasco Estrada y Emmanuel Vizcaya, no puedo pasarlos desapercibidos, porque la corporalidad, el erotismo, la sensualidad y la carnalidad los resalta de inmediato. Acaso sean estos mismos elementos una manera de involucrarse en el juego de un modo diferente, más perverso e irónico; más premonitorio y más doloroso.

En este mismo tono se encuentran los textos de José Manuel Vacah, que mucho tienen de carnal, de perverso, de conspirativo, de locura y hasta de humor, pero advierto que es un humor que de pronto atemoriza, la rareza de las situaciones, los encuentros y los deseos conforman una atmósfera de angustia y desasosiego; al final queda lo inevitable de un  hecho, esa sensación que nos recuerda todo el tiempo que nadie puede escapar de su destino.

La lectura de los textos, en su conjunto, es la invocación de una intersección de personajes y psicologías dispares, juegos más peligrosos los unos que los otros. El juego que a los ojos de las fuerzas mayores ocurre de modos particulares; la invitación a éste tiene muchas maneras para presentarse y la aceptación, también diversa en su realización. El juego, no obstante, no es inocente; ninguno puede serlo. ¿Cómo es que a sabiendas de que la muerte les gana a todos la partida, aún así insistimos en llevarla adelante? Estos cuentos son la reformulación de esta pregunta, cuya respuesta es siempre inquietante y siempre extraña.

Sea, entonces, por las obsesiones literarias de los autores, o por los mismos autores, sea por el tratamiento de los temas; sea por el increíble tiempo en que se armó la antología; sea por los impulsos y pactos del compilador; sea, en fin por la portada, la Ouija, el tiraje, el parlamento editorial, pues, que quizás esta antología con el paso del tiempo ha de representar un objeto de culto, por su rareza.

Y para mí es motivo de alegría y agradecimiento haber sido partícipe de esta Ceremonia.

Foto: Facebook Historias Brutales

Aketzaly Moreno (Ciudad de México, 1992). Estudió la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado breves comentarios en torno a la poesía en algunas revistas electrónicas, como La llama azul. Realiza espectáculos escénicos para niños, destinados a acercarlos a la música y a la poesía. Cuentos suyos forman parte de la antología Historias de sexo, conspiración y muerte (Texto e Imagen, 2017)

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