El cazador

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Por Fernando Cervantes Radzekov

Mientras la mayoría de cazadores mundialmente reconocidos prefieren demostrar sus habilidades con piezas grandes y ostentosas, yo siempre me he distinguido por alcanzar la fama con ejemplares de menor tamaño. El orden Blattodea domina mi obsesión, pues con sus más de 4,500 especies me dan la oportunidad de mostrar mi genio ejecutor. La cucaracha es la cúspide de la caza deportiva y yo soy su campeón.

Dicho animal ha sufrido vejaciones interminables por su aspecto y costumbres. Su asesinato no va más allá del uso del zapato o el insecticida; sin embargo, ella representa todo un reto a la inteligencia, no es sencillo aplicar el fino arte de la cacería a tan menuda y escurridiza criatura. De igual modo, es sumamente difícil construir todos los artefactos necesarios para su captura y tratamiento posterior. Pasé grandes complicaciones por no encontrar material a la altura del espécimen, por lo cual, a lo largo de los años, me construí una fábrica en miniatura con la cual pudiera satisfacer mis exigencias. Me ha costado una pequeña fortuna, pero ha valido cada céntimo.

El mejor método para cazar a la bestia no varía mucho del convencional usado en otros animales de mayor tamaño. Se considera el hábitat y costumbres para elegir el lugar adecuado en donde encontrarla y para colocar las trampas que nos ayuden a sujetarla. El común en la especie es rastrearlas en sitios cálidos y oscuros en los cuales no falte el alimento. Los instrumentos de captura deben tener el tamaño y fuerza suficiente para sujetar sus poderosas patas. Al mismo tiempo el artefacto debe ser delicado como para no romper el frágil exoesqueleto y las uniones que lo constituyen. En caso contrario obtendremos un ejemplar mocho, carente de valor.

El siguiente paso, una vez que el instrumento captó el delicado paso de la cucaracha, es localizar rápidamente a la presa antes de que se autoflagele. Un recorrido cada hora podría hacer la diferencia. Para hacer más eficiente esta diligencia, existen aparatos capaces de percibir el rugido del animal acorralado. Cuando tenemos localizada a la bestia el trabajo real comienza.

Se tiene que ser muy cuidadoso; acercarse en silencio. El arma debe de estar preparada: municiones hechas de plomo ligero y del tamaño de granos de arena; y cañón poderoso de un centímetro de largo, de preferencia con un milímetro de diámetro. Enfocar la mira con precisión es una situación agobiante, pues tiene uno que colocar el ojo a ras del sueño. La mano no debe de dudar en accionar el microscópico gatillo. La presa debe de morir casi en el acto para no perder su majestuosidad.

¡Oh, tantas experiencias extremas en los diversos confines del mundo! No todo el proceso es igual, cada ambiente representa sus propios riesgos. Sin embargo, grande fue mi gloria cuando sometí a la rara cucaracha lanuda que habita la tundra del Cáucaso o cuando me hice de la cucaracha arborícola en una oculta rivera del río Amazonas. Mis memorias han quedado relatadas en El universo en miniatura, único libro que he escrito. De igual modo, mis conquistas me han traído reconocimientos por parte de diversas universidades y grupos científicos, pues muchos ejemplares y descripciones ayudaron al entendimiento de esta singular especie.

Al igual que todos los organismos, el contacto con el hombre ha mermado el esplendor de la cucaracha, basta con verla en estado salvaje para apreciar sus cualidades únicas. Su captura pudiera resultar cruel, pero ha contribuido a la ciencia y a mi fama. Hoy mi pared ostenta más de tres mil ejemplares adquiridos en los más recónditos sitios imaginables.

A pesar de las increpaciones, cada una simboliza mi genio y valentía. ¿Por qué ostentar trofeos enormes cuando uno tiene el alma pequeña? ¿Acaso tiene uno que avergonzarse por sus logros en miniatura? A fin de cuentas llega más lejos quien cumple cada uno de sus sueños diminutos que aquél que cae por un trabajo absurdamente descomunal. Todos necesitamos una tela de araña que nos sostenga a nosotros mismos de nuestra realidad apabullante. En esa realidad sintética está el valor de cada uno. Y en el mundo de lo insignificante yo soy el campeón.

Fernando Cervantes Radzekov (San Salvador Atenco, Estado de México, 1989). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Redactor en LINNE Magazine. Sus cuentos han aparecido en Revista Marabunta y Revista Hysterias. Sufre de trastornos del sueño y otros males de la psique. Su inspiración: una tesis que lo frustra, venlafaxina y mucho café.

lf.cervram@gmail.com

@FernandoCervan3

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