Un encerrón visceral: Tenemos la carne

Por Genaro Ruiz de Chávez O.

A finales del año pasado vi los avances de la película Tenemos la carne, dirigida por Emiliano Rocha Minter. Desde ese momento la cinta despertó mi interés y me atraía con fuerza hacia su telaraña adiposa. El discurso de un personaje claramente enloquecido, endemoniado quizás, me pareció una excelente carta de presentación: “No te vamos a matar por dinero, ni por el placer de verte sufrir. Te vamos a matar por tu sangre, por tu carne y por una serie de exquisitas sustancias que lo recorren”.

Después vinieron algunas notas de prensa que incluían palabras rimbombantes en sus encabezados, como “INCESTO”, “GORE”, “PORNOGRAFÍA Y NECROFILIA: Gente abandona las salas en Sitges”. La curiosidad se intensificó, hasta que, por fin, después de algunos meses de espera, la he podido ver durante una tarde soleada en estos días de santo recato.

En Tenemos la carne podemos apreciar la convergencia de varios yerros y aciertos. Primero hay que señalar la notable factura de la película en términos de producción, su fotografía, iluminación y movimientos de cámara a cargo de Yollotl Alvarado, la dirección de arte de Manuela García y el abanico de recursos puestos en juego por Emiliano Rocha en su opera prima. De entre estos recursos, tal vez sea el uso del sonido el más contundente de todos, pues se logra crear un paisaje gutural intenso en todo momento.

Por otro lado, los personajes y los actores que los interpretan se encuentran en justo equilibrio. El simpatiquísimo (dígase escalofriante) Mariano, interpretado por Noé Hernández, es la carta fuerte de la película, y las actuaciones de los hermanos Fauna (María Evoli) y Lucio (Diego Gamaliel) están a la altura. Pero tal vez, el personaje principal de Tenemos la carne es el espacio en el que transcurre la película, el departamento en ruinas cuyo ambiente se enrarece y corrompe, se cierra sobre sí mismo hasta llegar a ser gruta o intestino.

Este espacio nos da la nota de lectura de Tenemos la carne, pues parecería que todo sucede en relación a él. El regreso a un estado intrauterino en el que los hermanos y su gurú venéreo se licuarán a través del placer hasta volverse indiferenciados. Por medio de una mística enfermiza ­­¿qué mística no lo es?­­̶ los personajes alcanzan estados extáticos que combinan a partes iguales el horror, la iluminación y el detritus, el extrañamiento absoluto para alcanzar la homogeneidad.

Noto cierta dispersión hacia la segunda mitad de la película, pues la intimidad y tensión construidas durante la primera parte se rompen para dar paso a algunos personajes desdibujados y situaciones impertinentes. Lamentablemente, el cierre se siente flojo en relación a la potencia del inicio.

Tenemos la carne presenta sus credenciales de filiación a un cine de transgresión no acostumbrado en México, aunque encuentro ciertas notas, ecos, con la escena final de Simón del Desierto (Luis Buñuel, 1965) cuando la diablesa Silvia Pinal lleva al santo Simón a bailar “la carne radioactiva”; o bien, al escandaloso acto de incesto en El castillo de la pureza (Arturo Ripstein, 1973). Por otro lado, no pude dejar de relacionar algunas de las escenas de Tenemos la carne con la estética de los videos que Adam Jones ha dirigido para la banda Tool. Detrás del gore y la estridencia, los tacos de tripa y el huevito crudo, la película también nos ofrece su humor sanguíneo que pone en la mira algunos íconos muy venidos a menos, como el Himno Nacional o la Virgen de Guadalupe.

Estoy en la sala de cine, y mientras la pantalla muestra en primer plano una vagina y luego un pene flácido bañado en luz azul, una familia se levanta indignada y abandona la sala.  ­—Mejor que vayan a ver La Bella y la Bestia—  pienso, y sigo disfrutando de la película.

Aunque irregular, Tenemos la carne es un platillo interesante. La carne está servida, y no comerla sería una grosería.

Tenemos la carne

Dir. Emiliano Rocha Minter

México, 2016

79 min.

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