Fiera catársis

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Por Daniel Silva

Entre Viernes Santo y Domingo de Resurrección hay un abismo de dos días que invita a reflexionar, no por el sacrificio de Nuestro Señor, sino por las tribulaciones familiares. No obstante, la meditación no es un ejercicio meramente catártico: se trata, pues, de un juego donde la regla de oro es la honestidad despojada de vínculos sanguíneos y jerarquías.

Bajo la dirección de Boris Schoemann, Las musas huérfanas reserva al espectador un lugar en la mesa de una familia cuyo platillo estrella será una retahíla de verdades sazonadas con una generosa dosis de pasado. El reto será rebanar el bocado en trocitos y deglutirlo con placer y angustia, sin muecas ni asco.

Kathryn, profesora y fuente de ingresos de la familia, cuida de sus hermanos: Luc, quien se aferra a escribir una Obra Maestra y a vengar la ofensa que los habitantes del pueblo le hicieron a su madre, e Isabel, una joven de veintisiete años a quien resguarda con esmero de todo peligro. Sólo Kathryn, Luc y Martine ─una militar lesbiana cuyo retorno a casa lo provoca un mal chiste de sus hermanos menores─, saben la verdad sobre su madre, a quien Isabel cree muerta… hasta que reciben una carta donde la madre anuncia su llegada el Domingo de Resurrección.

El texto del canadiense Michel Marc Bouchard quiebra las fronteras geográficas (Quebec) y temporales (posguerra) y así, se ofrece una aterradora disección del núcleo familiar ─los restos de éste, más bien─, pues toda autoridad muestra debilidad, y toda debilidad va desnudando su lado perverso conforme la trama, a lo largo de casi noventa minutos, avanza. El reparto ―compuesto por Indira Pensado, Tania González Jordán, Yeber Aíza López y Carmen Mastache― se deja cobijar (o herir) por los roles interpretados ―algunos incluso se introducen en la piel de personajes incidentales alternando la vestimenta frente al público― para recrear un día normal en casa.  Y entiéndase por normalidad una confrontación sin piedad, una constante recriminación entre hermanos cuya autoridad moral flaquea en cuanto es su turno de ser el atacado, donde cada uno trata de defender su causa y a cada diálogo, a cada reproche enfatizado por los actores, sale más y más pus al ritmo de una melodía (“La paloma”) que matiza la nostalgia por la madre perdida y por quien seguirán esperando hasta llevarse una escabrosa sorpresa.

El ritmo de Las musas huérfanas, no obstante, no es un exceso de diálogos recriminatorios; el humor negro despoja a la trama de tedio y flaqueza. Ello incita al espectador a entablar un diálogo entre espectador y equipo actoral, de tal forma que ninguno de los dos queda indiferente ante las ricas posibilidades de conflictos familiares, vistos sutilmente (o casi nunca nombrados) por la sociedad actual con tal de mantener un falso equilibrio. Queda en el público dar la última palabra.

La cita a este macabro festín es todos los martes, hasta el 25 de abril, en la Sala Novo del Teatro La Capilla en Coyoacán. ¿Quién será el valiente en acudir a tan placentera y sanguinaria catarsis?

Las musas huérfanas con la dirección de Boris Schoemann

Daniel Silva B. (México, DF., 1989). Egresado de la licenciatura en Creación Literaria del Centro de Cultura Casa Lamm. Amante de la buena prosa, enemigo a morir de todas las películas de Marvel y amante de los buenos melodramas.

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