San Francisco en la mente

el

Por J.C. Guinto

-Mamá, ¿quién era ese?

-Era un vagabundo.

-Mamá, yo también seré vagabundo.

Jack Kerouac

 

Al salir de Powell Station, en pleno centro de la zona comercial de San Francisco, el primer residente con el que me topé fue un alto y negro pordiosero que miraba fijamente el cielo azul. Dejé la estación atrás y caminé hasta encontrar mi hotel. Después de instalarme salí y caminé por Market Street, giré en Mission hasta encontrar el Blue Bottle Caffe, ubicado en Jessie Street, donde almorcé un sándwich cubano.

Luego de comer, sorteé un tipo robusto que se encontraba desparramado en la acera con la cabeza metida en una jardinera de cemento. Caminé y cerca de Montgomery Station tomé un autobús que pasaba por el Barrio Italiano. Los pasajeros eran asiáticos leyendo periódicos con caracteres chinos, hombres vestidos de traje sumergidos en sus celulares, un par de jóvenes con profundas ojeras, la mirada en ninguna parte, sucios, nerviosos, los cabellos verdes, cenizos, sentados al fondo del autobús que era conducido por una enorme mujer blanca de esponjados cabellos rubios. Para marcar la bajada había que jalar un cordón que se encontraba asido en anillas por todas las ventanas. Ya ubicado en la salida, cuando creí que había llegado a mi destino, jalé el cordón. El autobús se detuvo, pero no se abrieron las puertas, y un pequeño señor de ojos rasgados, molesto, me gritó: step down!, step down! Volteé a verlo, estupefacto, y al mismo tiempo hice lo que me ordenó, di un paso y las puertas se abrieron. Bajé en Kearny Street, justo frente al restaurante de los Coppola, ubicado en un edificio de oscuro color verde.

Caminé la Avenida Columbus cuesta arriba y llegué a la librería City Lights (fundada en 1953 por el autor del libro A Coney Island of the mind, el poeta Lawrence Ferlinghetti, quien alguna vez escribió que la poesía era “una suave risa loca”) no sin antes pasar frente a la puerta cerrada del bar Vesubio. La librería era acogedora, los estantes eran de madera, el techo alto y estaba, por supuesto, llena de libros. La selección iba de literatura clásica, moderna, contemporánea, política, artes y poesía. Fue un gran deleite perderse en ese pequeño dédalo, vagabundear entre los libros, hojearlos, buscar y al mismo tiempo ser buscado hasta que un libro que no tenía en mente se materializó en mis manos, me atrapó e hizo que pagara lo que fuese para tenerlo; subí las escaleras hasta el Poetry Room, tomé asiento y me puse a hojearlo. El tiempo pasaba lentamente, parecía fluir entre los estantes de diferente manera a como lo hacía al exterior de la librería, en fascinante suspensión. Al fin llevé mi libro a la caja y pagué después de llenarme la cabeza con tantos títulos y quedarme con las ganas de llevármelos todos.

Decidí caminar por el Barrio Chino. Me perdí en sus calles sucias. Sobre las aceras vendían frutas extrañas de colores llamativos, las texturas lisas, peludas. Peces gato nadaban apretadamente en oscuras aguas de peceras que al mismo tiempo eran las ventanas de algunos restaurantes. En una carnicería colgaban patos desplumados. Caminé por Stockton, una de las calles principales del barrio, y me adentré a otro país, tan remoto y al mismo tiempo tan cercano, que pude oler el aroma de su comida, caminé lado a lado con su gente, oí su lengua, observé sus letreros de colores chillones, ininteligibles.

Sobre una pared un cartel promocionaba las colecciones de arte que tiene el Asian Art Museum, por lo que decidí que iría a visitarlo por la tarde. Seguí vagando por la ciudad, yendo de un lado al otro, a la deriva.

Caminar en San Francisco es subir y bajar sus colinas tapizadas de casas de mediana altura que sobresalen por su estilo victoriano, sus ladrillos, sus escaleras de herrería. Recorrí calles que salían de improviso a la bahía, al mar de color azul intenso en el que desde un puente pude observar la fuerza de sus corrientes. Llegué a la zona financiera de grandes y altos edificios reforzados con estructuras a prueba de terremotos, recorrí parques rodeados de árboles de cerezo, caminé por barrios que son pedazos de otros países, di vueltas en los laberintos de la Grace Cathedral y me encontré cara a cara con una miríada de pordioseros.

Luego de un buen rato regresé al bar Vesubio, estaba abierto, dentro encontré recortes de periódicos enmarcados y colgados en las paredes con viejas fotografías de los escritores de la Generación Beat. Las caras de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y compañía se multiplicaban. El piso era de color verde y negro, había cuadros colgados por todos lados, lámparas art decó, la figura de un gato negro arriba de las botellas de alcohol. Me senté en una mesa cuya ventana daba a Columbus, toda la barra estaba ocupada por alegres señores de caras pálidas y pelo blanco vestidos con camisas floreadas y bermudas caqui. Me dio la carta una mesera de alto copete y labios rojos (la carta, un pedazo de papel manoseado, decía lo siguiente “All here bring joy; some by entering, some by leaving”). Pedí un Swinging Beat (Stoli, Pomegrate liquor, Cointreau, fresh lime). Bebí pensando en la joven pareja que encontré afuera de la City Lights, una chica de pelo largo y negro y un tipo joven de cabello ensortijado color castaño, un par de hippies pordioseros sentados en el suelo tejiendo y ajustando piedras de colores en brazaletes y collares, con una sucia cartulina en el piso en la que habían escrito que vendían artesanías porque necesitaban dinero para llevar a cabo su sueño:  hacer el viaje (o los viajes realmente) que Jack Kerouac hizo por todo Estados Unidos, desde Nueva York, San Francisco y México, entre muchos otros lugares, tal y como lo escribió en su novela En el camino. La empresa, si es que era cierto que la querían hacer, me resultaba admirable. Según sus palabras, Kerouac hizo los viajes de On the road en un afán por encontrar a Dios. Buscaba a sus amigos, los perdía, los volvía a encontrar. El vagabundo del dharma fue de un lado al otro iluminado por enormes soles que entraban y salían en el horizonte, arropado por cientos de noches frías. En sus correrías fue copiloto de Dean Moriarty, su más grande y querido amigo, viajó en autobuses por interminables rutas, en camiones llenos de mendigos y trabajadores del campo; y sólo comía grasosas hamburguesas, tartas de manzana con helados de vainilla y café. Se drogaba cada vez que podía y al finalizar el viaje se puso un día frente a su máquina de escribir, y no paró de teclear, inmerso en un estado de trance, hasta que tuvo la historia completa de sus aventuras. A su salud pedí el trago Jack Kerouac (Rum, orange juice, cranberry juice, fresh lime).

Sediento y mareado pedí a la mesera mi último trago, ella me trajo un Rexroth (Maker´s Mark bourbon, Peychaud´s bitters, ginger ale, fresh orange slice), en honor a Kenneth Rexroth, autor de Recordando a los clásicos, entre otros. Bebí y miré la calle empinada, afuera caminaba lentamente una pequeña mujer china de blusa blanca, encorvada, casi besando el suelo, cargando una bolsa con extrañas verduras parecidas a cebollitas de cambray, pero de mucho mayor tamaño y coloración amarillenta.

Salí del Vesubio, casi borracho, y caminé de regreso por Columbus hasta el Sentinel Building, en cuya planta baja se ubica el Caffe Zoetrope de la familia Coppola. Pedí una ensalada, de platillo fuerte pollo asado con papas y una copa de vino. Salí satisfecho y un poco más borracho. Deambulé, no supe cómo ni por qué, pero regresé a la City Lights. Di vueltas dentro de la librería, eufórico. Salí y caminé por el barrio chino, después de media hora bajé por Powell Street y encontré una tienda de discos de segunda mano, subí varios pisos. Busqué y encontré felizmente un disco de Herbie Hancock.

Salí con rumbo al Asian Art Museum.

Tomé Market Street, y en la esquina con Larkin, vi que un joven que venía encima de una patineta de pronto se bajaba de ella, la abandonaba en la acera y le aventaba una pequeña bolsa marrón a una pordiosera rubia que la escondió en su gabardina. El joven, al oír una sirena, corrió entre los coches, casi lo atropella una camioneta negra. El tráfico se detuvo bruscamente cuando cruzó la avenida a toda velocidad mientras una patrulla lo perseguía con las luces encendidas. La rubia recogió la patineta y se perdió en otra calle. No supe qué pasó después, los protagonistas del pequeño drama habían desaparecido sin dejar rastro. Seguí caminando.

Antes de llegar al museo me encontré con un pequeño y desastrado campamento de jóvenes pordioseros. Rubios, negros y latinos convivían frente al Palacio Municipal. Unos estaban tirados en el suelo, arropados en periódicos y plástico. Otros fumaban de pie, la mirada perdida en las fascinantes ramas, gruesas y retorcidas, de los árboles llamados pollard London Plane. Sorteé el campamento, con cuidado, tratando de no llamar la atención de sus ocupantes. Entré al museo. Vi budas de madera, antiguos jarrones de porcelana, grabados, opulentos vestidos, armaduras de samurái, espadas, infinidad de objetos de uso diario de las culturas chinas, coreanas, japonesas, hindúes, entre otras. Antes de salir, en el sanitario, me encontré a un hombre de mediana estatura, los ojos irritados, la piel seca, que me dijo que él tenía lo que estaba buscando. Olía fuertemente a sudor. Caminé rápido a la salida, sin voltear atrás. Afuera estaba anocheciendo. En vez de regresar por donde había llegado, decidí seguir, según mi alcohólica apreciación, por Larkin Street, con la tonta certeza de que me sacaría a Market.

Realmente me perdí. Lo que supuse era Larkin resultó ser otra calle. A cada paso que daba más oscura se ponía la zona. En las esquinas se hallaban solitarios pordioseros platicando con ellos mismos, también grupos de hombres y mujeres sentados en la acera, sonriendo y admirando las grietas del cemento. El alcohol se me estaba comenzando a bajar. De pronto, al otro lado de la calle apareció un tipo de playera blanca, traía cargando una bocina en su hombro que emitía y repetía el mismo ritmo una y otra vez. Sin que me lo esperara, el tipo de playera blanca se encontró a un lado mío aguardando a que el semáforo nos dejara cruzar. Sus labios eran gruesos, su mirada puesta al frente, sobre su hombro la bocina no dejaba de retumbar. Inhalaba y exhalaba el aire con fuerza, con furia. Al cruzar la calle decidí cambiar de acera. Lo miré del otro lado, caminando a prisa. Al fondo, a lo lejos, vi las luces de lo que supuse era Market Street, el puerto al que quería llegar lo más pronto posible para librarme de ese mar de tinieblas.

Caminé más rápido y me topé con la puerta de una licorería que se abrió de improvisto frente a mí. Salió un hombre que medía dos metros, delgado, la piel negra y lustrosa, sus ojos llenos de odio y su boca, de dientes dorados, refulgía en la noche. Me mostró sus dientes en una mueca horrenda que no supe descifrar. Resoplaba, abría y cerraba la boca, extendía su mandíbula, sus labios agrietados, mostrando el sucio dorado de sus dientes. De pronto desvió la vista, cruzó al otro lado de la calle y me dejó allí, azorado, frente a la licorería. Salí del espanto y por fin llegué a Market y a mi hotel con la firme intención de jamás regresar a esas calles en mi vida.

Al otro día en la mañana, mientras veía el noticiero matutino, me enteré de que esa noche entre las calles de Larkin y Geary, un tipo de playera azul (muy parecido al tipo de playera blanca con el que me topé) había golpeado la cabeza de un pordiosero llamado Robert, con un tubo metálico. Una cámara de vigilancia grabó el hecho. Robert se encontraba en terapia intensiva. Todavía no habían identificado al agresor.

Christofer Michel
City Lights Bookstore. Foto: Christofer Michel

Los vagabundos, los sin casa, los pordioseros, los enfermos mentales, los marginados, en San Francisco, son legión. Durante mi visita los encontré constantemente en el metro, en los autobuses, despatarrados en los asientos, bañándose en los sanitarios de los muelles, sentados en los cafés observando tabletas inservibles, afuera de las tiendas, robando a la menor oportunidad, pidiendo dinero para drogarse, peleando en oscuros rincones, sentados mansamente en las aceras, hombres y mujeres hablando solos en los parques, idos, mirando con sosiego la nada. En Yerbabuena Gardens vi a un hombre vestido con una desastrada gabardina, sosteniendo un CD a la altura de su oreja, hablando con algún fantasma. Hablaba y hablaba, como si el CD fuera un teléfono. Otros vagabundos, sentados en una calle del barrio SOMA, rodeados de cajas de cartón, fumaban y se inyectaban drogas a la vista de todos. En la espesura boscosa del Golden Gate Park, vi a un sonriente pordiosero que paseaba, con parsimonia, un carrito de supermercado lleno de bolsas negras de plástico.

Al verlos recordé la película Blue Jasmine, escrita y dirigida por Woody Allen. En ella, la protagonista, una delgada y rubia mujer sofisticada (Kate Blanchet), perteneciente a la alta sociedad neoyorkina, se ve inmersa en una trama que teje con maestría su brillante pasado con su crudo presente, las gratas memorias de su vida opulenta con la horrenda realidad de su caída en la pobreza y vulgaridad. La mujer termina, casualmente, en San Francisco, hablando sola en los parques, rememorando con murmullos una canción, Luna Azul, hundida en el recuerdo de su vida ideal y al mismo tiempo falsa, vacía. Una más de un ejército de personas sin hogar, que vagan de un lado al otro tratando de sobrevivir.

Dicen unos amigos que vivieron en San Francisco, que muchos de los llamados homeless fueron residentes de diversos hospitales psiquiátricos públicos, los cuales en algún momento fueron cerrados por órdenes del ex presidente Ronald Reagan, para que sus pacientes fueran llevados a hospitales privados. Pero la mayoría no lo hizo y quedaron libres, deambulando por las calles. Otra teoría que encontré fue que el área de la bahía recibió a muchos soldados que participaron en la guerra de Vietnam, pero que, al regresar a los Estados Unidos, dañados mental y físicamente por los combates, se quedaron varados y se convirtieron en vagabundos al no encontrar oportunidades de trabajo, los cuales se sumaron a los hippies desahuciados y los consumidores irremediables de drogas fuertes y experimentales, que arribaron en los años sesenta.

Pero esos vagabundos, los que hoy en día florecen y pululan en las calles y barrios de San Francisco, son seres humanos que hacen de cualquier espacio que los libre del sol, la lluvia, el frío y la niebla, su hogar. Para muchos residentes son gente invisible que no toman en cuenta. Sin embargo, para otros ser pordiosero es lo único que les queda. Es una forma de vida, de obtener dinero, ya sea mendigando, robando, o formando parte de algún programa de apoyo gubernamental. Algunos son violentos, ladrones, drogadictos, pero otros, muchos de los que vi, son personas tranquilas, solitarias, únicamente preocupados por encontrar comida, guarecerse de las inclemencias del tiempo y seguir caminando, encerrados en ellos mismos. Disidentes de la sociedad, hombres y mujeres que van a la deriva, protagonistas de una ciudad que se queda prendada en el pensamiento, habitantes de una geografía sísmica y onírica. Islas insólitas que flotan en un inmenso mar de rechazos. 

J.C. Guinto (Guerrero, 1979). Estudió Comunicación Social en la UAM Xochimilco. Obtuvo el 2º lugar del concurso La crónica como antídoto organizado por el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM. Ha colaborado en la revista Punto de partida, en el sitio Lado B, en el libro La crónica como antídoto (UNAM, 2015), y coescribió el libro Buñuel y las fronteras del deseo (UAM-X, 2004). Escribe en el blog <milgarzas.blogspot.mx>, twitea de vez en cuando en @gzusguinto, y vive en Tlatelolco.

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