Buzón extraterrestre

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Por Marco Julio Robles

Tal vez con el paso de los años las preguntas grandilocuentes y complicadas, esas cuya respuesta es difícil por lo gigantesco de las premisas en la que se basan, quedan oscurecidas por el vértigo de los días, el trabajo y las necesidades cotidianas; pero cuando se tienen 16 años, se vive en el centro de una familia disfuncional y uno se siente extraño en los entornos en los que se ve obligado a desarrollarse, son preguntas que avivan la sensación de incomprensión hasta niveles demenciales. Con una de esas preguntas inicia la más reciente novela de la narradora mexicana Gilma Luque, cuya obra está conformada, hasta ahora, por otros dos títulos: Hombre de poca fe (Mondadori, 2010) y Mar de la memoria (Ediciones B, 2013).  

El inicio de la novela, Los días de Ema, es contundente: «Hoy cumplí 16 años y no sé qué esperar de la vida…». Escrita a manera de diario, lo primero que sabemos es que se trata de un personaje reflexivo; conforme la lectura avanza se describen días teñidos de sorpresas, desencantos y luchas agónicas por experimentar el amor, el sexo, las fiestas, los primeros trabajos. Ema se enfrenta a los problemas que cualquier chica citadina de clase media puede verse orillada a resolver: los maestros, la escuela, los exámenes, las ganas de vivir experiencias épicas, dignas de ser contadas.

La sensación de soledad, el ambiente familiar opresivo y la incomprensión de sus compañeros en la escuela acentúa en Ema esa subjetiva y, a menudo, sesgada percepción de ser “rara”, de estar al margen y no cumplir con los estándares de belleza que los demás buscan y aprueban. Pero independientemente de que esa sensación tenga una justificación externa, lo interesante de la novela es cómo se plantea esa rarefacción en una joven incipiente. Gilma Luque nos acerca a tópicos que parecen nimios, incluso, superados; pero que no han dejado de asolar a generaciones de jóvenes que no están seguros de sí mismos, afectados por lo que los otros opinan y critican en ellos: la ropa, el vocabulario, la apariencia física, el peso o las posibilidades económicas…

Gracias a un vocabulario simple y a la plasticidad con la que Gilma Luque logra transmitir las emociones de los personajes, el lector (aun cuando no sea un habitual del género juvenil, como es el caso) encuentra innumerables ocasiones de identificarse con los personajes y las situaciones. Reaviva emociones que parecían perdidas en un fondo subterráneo, en el traspatio de la secundaria y la preparatoria.  

Por otra parte, Los días de Ema suceden en la actual Ciudad de México que, gracias a la autora, se convierte en uno más de los personajes de la novela. Esa urbe de tráfico pesado, de edificios repletos de gente y de perros, y esos parques que se han de mantener limpios gracias al esfuerzo de los ciudadanos. La colonia Narvarte, la avenida Insurgentes, las cadenas de cafés y restaurantes que abarrotan la ciudad y en los que los jóvenes viven sus primeras experiencias amorosas, se quedan sin dinero, sufren desencuentros o reciben mensajes de Whatsapp que los catapultan hacia aventuras no siempre felices, muchas veces peligrosas.

Si bien la novela está vertebrada en torno a Ema y su cruenta historia de amor con Walter, la autora no desaprovecha a los otros personajes que rodean a la protagonista. La muerte del abuelo de Ema nos permite conocer su sensibilidad en torno a la muerte y traza con astucia el duelo familiar: la dureza de su abuela, la vulnerabilidad de su padre… En suma, la relación amorosamente tensa al interior de su familia.

Y, por supuesto, los amigos: Florentino y Nina. Esos otros hermanos que la narradora elige y que le sirven de espejo, de apoyo o de obstáculo cuando la vida corre tan ágil, tan desbocada que la velocidad le amenaza. A lo largo de esta novela agridulce, el lector no deja de constatar a cada paso los versos de la Nemea VIII de Píndaro que nos previenen ante la necesidad que tenemos de los otros:

«Necesitamos cosas muy diversas de aquellos a quienes amamos

sobre todo en el infortunio, aunque también el gozo

busca unos ojos en los que confiar».

Y es que la amistad, traicionada, clausurada y luego recobrada es uno de los soportes narrativos de la novela. De gritos y de enojos, incluso de mentiras u omisiones, como en una montaña rusa, Ema va descubriendo, poco a poco, lo que a su juicio vale la pena conservar.     

Quizá de entre los momentos más conmovedores de la novela se sitúen esos mensajes que Ema lanza al espacio, a los extraterrestres que vendrán algún día y podrán acceder a lo que fueron sus sufrimientos: la vida de una chica aislada en su recámara, abrazada a Jimo, su perro. Ema escribe desde ese aislamiento en el que los sentimientos pueden ser contradictorios, pero honestos.

Al leer Los días de Ema, se experimenta el ansia de que ese buzón extraterrestre reciba los llamados de la protagonista. Esa voz, a menudo triste, que es lanzada al universo porque aunque Ema no sabe qué hacer con el dolor íntimo, sí sabe que éste se vuelve más cierto cuando se verbaliza: «Le conté a Tino algunas cosas, no pude contarle lo que me hizo ese tipo porque pienso que fue mi culpa, porque me avergüenza mucho, porque no puedo deshacerlo, y decírselo a alguien lo hace más cierto».

Con acertados toques de humor, Gilma Luque logró configurar un puñado de personajes que fluctúan entre el vértigo y la soledad; la misma soledad que el acto de escribir exige y premia, después, con un mínimo de claridad acerca de lo que se ha vivido. Por ello, cuando el inevitable devenir de los días nos muestra la evolución de Ema, uno como lector no deja de sentir que parte de esa transición es gracias al diario, en fin, al audaz acto de escribirlo todo.

Gilma Luque, Los días de Ema, Ediciones B, México, 2016, 240 p. Ilustraciones: Juan Antonio RZ
Gilma Luque, Los días de Ema, Ediciones B, México, 2016, 240 p.
Ilustraciones: Juan Antonio RZ

Marco Julio Robles Santoyo, (Puebla, 1983). Licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma de Puebla. En 2014 obtuvo una beca por parte del CONACYT para obtener el grado de Maestro en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha colaborado en el suplemento Numen; en las revistas Luvina y Clarín.

Es autor de Diario camaleón (Textofilia, 2015), obra que presentó en la librería Elkar en Vitoria, España, y en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. En marzo de 2016, Diario Camaleón fue la obra elegida por el Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco, para la celebración del Día del Libro, vinculando pintura y literatutra a partir de los cuentos que componen dicha obra, en el marco de un Club de Lectura dirigido por Concha Rubio.

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