Atar(de) Sol de Daniel Olivares

Por Estela Guerra Garnica

Todos los que escribimos poesía escribimos fundamentalmente para nosotros; sólo cuando los demás nos escuchan y eventualmente nos aplauden—, comprobamos si la experiencia ha valido la pena. Sin embargo, incluso como poetas nos sometemos en todo momento a una ética y una estética, quizá no escritas, pero reales. Éstas se ven conformadas por reglas del lenguaje y los estilos que las tendencias construyen y que evolucionan junto con las sociedades (inevitablemente, las modas). Pero el libro Atar (de) Sol cuestiona un tanto todo ello porque es, primero que nada, una exploración verbal. Su autor, Daniel Olivares Viniegra, es como un niño que juega con las palabras, las saborea a su antojo; dice algo y a veces “nada”, o quizá sólo juega mediante expresiones como “hierro arrullando cristal” o “espinas aromosas”, entre otras imágenes que confrontan a la imaginación.

El libro está dividido en tres apartados: Naufragios, donde encontramos (quizá) de fondo toda una historia de amor; Arenas, que nos transporta fundamentalmente a la contemplación estética que puede darse junto al mar, y Líquida Luz, donde abrevando en esa misma exploración lírica, al igual que observa a una minúscula ave, compone un huapango.

Así por ejemplo, en su poema “Reclamo” recurre la rima en versos tradicionales que no llegan a ser un soneto.

Gaviota de luz, mi mensajera:

flor de oscuras llamas entrampadas en mi hoguera.

La tarde arcana como nube se me enreda,

sonata de silencio sobre un riel que desespera.

 

Y es así como este poeta transgrede las reglas a su antojo; incluso cuando cierra este poema diciendo que son “alegres notas” cuando en realidad son reclamos o lamentos… Más adelante, humilde o vencido, se entrega a Eva en un duelo que es una amordanza… y aflora de nuevo la poesía del varón que no teme sentir y que el mundo lo sepa. La pasión intrínseca en esta voz retoma entonces la forma típica del poeta que ama y canta: una expansión del pecho al respirar el mismo aire de su musa a la que convierte en Dios (a su imagen y semejanza), máxima idealización de un varón hacia su mujer.

Por otra parte, en “Arqueología”, propone la elemental frase “piedra sobre piedra” con lo que él, junto con su amada, deben igualitariamente comenzar a construir ese algo que sólo construyen los poetas…

Pero nuevamente en el último poema de esta parte, “Visita del Ángel”, nos dice:

Me dejas el corazón tan bien tendido

sobre un viejo frutero las manzanas

migajas de amor sobre la mesa

mi casa toda añorando tu presencia…

 

Es por eso que algunos pasajes de estos textos me recuerdan lo mismo a Orlando Guillén (infrarrealista), que a los más densos o intensos románticos, pues resulta inevitable asociar estos Naufragios con Manuel Acuña o con cualquier otro de aquellos atormentados decimonónicos. Así sucede, por ejemplo, cuando expresa:

Suave entereza que a todo arresta,

después de que “del después” tan sólo queda:

Lavar mi rostro con la lágrima que sigue:

comerme solo (y sólo) este mi amargo pan

bañado en tibia sal ahora que te alejas;

yantar despojos

beber venenos…

 

Puedo decir por ello que sigo encontrado en este poeta lo mismo a un explorador del lenguaje que a un enamorado del romanticismo, al cual traslada renovado a la posmodernidad. Un creador-recreador que tiene el espacio para aprovechar todas las influencias, o mejor dicho, dejarse influir por todos los poetas que han estado sobre la tierra, ¿qué lo puede detener? Así lo muestra en toda esta primera parte que, como ya dije, contiene una historia de amor que irremediablemente termina en el adiós.

En el apartado Arenas nos lleva ahora a un entorno marino, con todo y sol y cangrejos, con versos que aún recuerdan escarceos eróticos (o que “el mar también cantaba”), pero que ante todo se afanan en un ejercicio de renovar el lenguaje, que es uno de los privilegios del poeta: es aquí donde encontramos palabras como: estrellitud, pezfinidad, medusamar, nocturnidad… porque, ¿qué le prohíbe al poeta seguir jugando con las palabras? Es su libertad, su derecho grabado sobre el cristal del tiempo, ¿o acaso no? Quizá lo único que lo pudiera detener es la incomprensión del mundo o una realidad que grita para otro lado.

Me refiero a ese mirar para otro lado porque en la parte Líquida Luz es claro que, mientras muchos poetas actuales aprovechan la poesía para expresar su enojo por las cosas del mundo de los hombres, Olivares fija largamente su atención en alguna saeta que deviene “mágico proyectil, ato de plumas”… Lo cual no deja de ser extraño, pero se agradece que en este tiempo de feroz urbanización un colibrí llame  todavía al canto con estos versos:

Alígero volador

Frágil diamante

Aquí entre el vivir…

perseverante permanece…

 

Vuelvo entonces a la pregunta, pero esta vez es directa: Daniel, ¿qué te hace elegir tus temas cuando escribes? Volviendo a los poemas de esta parte, en su “Huapango” saltan el ritmo y la melodía…

Diáfano cristal

te inunda el sol;

tras de esa suave brisa

viste otra risa

baila este son…

 

Pero, llegando a este punto, más me conviene quizá retirarme si no me quiero meter en más líos interpretativos. Retomo, para ello, una atinada frase que él mismo apunta en su poema “Arte poética” con el que cierra su poemario:

 

(Más que botada tengo ahora la canica

Después de andar merodeando por la esfera…)

[…]

Mucho mejor será que el hombre calle el pico

Cuando el silencio dice más que mil palabras.

 

Enhorabuena Daniel, que sigas encontrando versos y construyendo(te) como poeta.

atardesol

Daniel Olivares Viniegra, Atar(de)Sol, México, Editorial Cisnegro, 2016 (Colección Cuántica, 4)

Estela Guerra Garnica (Temascalcingo, Estado de México). Profesora de Educación Tecnológica, Licenciada en Sociología y Diplomada en Administración y Empresa Pública. Escribe poesía y cuento. Ha publicado, entre otros poemarios, El vuelo del arcoiris, Aventura poética (1984), Líneas en el polvo (2002), Poemas de la Alta Noche (2005), La noche de las Magnolias (y otras mujeres) (2014).

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