El cielo líquido

3m sprungbrett / 3m diving board - spring board

Por J.C. Guinto

La Ciudad de México, por las mañanas, apesta a basura. Lo confirmo cada vez que salgo de casa, como hoy, a las seis treinta para asistir a mis clases de natación. Afuera mi nariz se topa con un muro de olores repugnantes de fruta y carne podrida, originados en lejanos vertederos.

Camino a prisa a la estación Ricardo Flores Magón con un bolso de color azul a cuestas. Soy el primero en llegar. Muy pronto arriban otras personas, me rodean, van vestidos de saco y corbata, pantalones bien planchados; otros, como yo, traen puesta ropa deportiva, y algunos más visten uniformes escolares. Ha llegado el metrobús, se abren las puertas y nadie sale, está lleno de personas con los ceños fruncidos. Prefiero esperar el siguiente pero la gente que se encuentra atrás de mí me empuja, me meten a la fuerza y me incrusto entre la abultada panza de un señor de cabellos canos, alto y moreno que viste playera de los Pumas, y los duros codos de una señora que se encuentra a mi espalda y que no puedo ver, pero la escucho gritar que ya no empujen, que ya no cabe nadie más. No tengo de donde agarrarme, me volteo, busco un pedazo de tubo, lo encuentro al lado de la señora gritona, veo que usa gafas oscuras y trae los cabellos húmedos. Suena el pitido que anuncia el cierre de las puertas, al cerrar se atoran con un pequeño hombre de bigote crespo y gorra amarilla del Club América, que bufa al hacer el esfuerzo de meterse al metrobús, sin embargo la presión de las puertas hace que recule y se quede atrás, haciendo muecas y mentando madres.

En cada estación se repite la misma historia: la gente se aprieta contra las puertas, los que quieren entrar no dejan salir, y los que quieren salir no permiten entrar, hasta que de alguna manera alguien cede, salen en desbandada y entran a trompicones. Lo primero que hacen al entrar es aferrarse a algo: las manijas de la salida de emergencia, el resbaloso contorno del espejo, algún pedazo del grueso caucho de las gomas de las puertas, o el acordeón que une los dos módulos del metrobús, para asirse con la yema de los dedos, y no perder el equilibrio y caerse encima de las personas en cada vuelta que da en el eje de Guerrero, para incorporarse a la avenida Hidalgo, o en el cruce de Reforma con Balderas.

Al llegar a la estación Juárez salgo como pasta dental de entre el amontonamiento de personas, mi ropa termina arrugada, mis tenis pisoteados y sucios. Afuera encuentro un enorme embotellamiento, no puedo cruzar hacia la calle de Morelos porque han cerrado Bucareli, debido a la temprana instalación de un campamento de manifestantes frente a la Secretaría de Gobernación. Hay un montón de automóviles parados, con el motor encendido, luchando por avanzar centímetro a centímetro.

Cruzo Balderas, toreo coches, camino y llego a la calle Artículo 123, paso a un lado del destartalado refugio de pordioseros, establecido y arraigado desde hace años frente al supermercado chino Nuevo Día. Un hombre flaco y correoso, sin playera, fuma marihuana acuclillado en la acera con la mirada vacía fija en las alturas, tiene la cara raspada, el párpado de su ojo izquierdo hinchado y sanguinolento, otros duermen entre sucias sábanas y cartones húmedos. Huele a tíner, apesta a mierda. Doy vuelta en Humboldt. Jalo la puerta de rejas azules del número 62, entro, coloco mi dedo en un lector de huellas, suena un pitido, la puerta se abre y me adentro en el viejo edificio perteneciente a la Asociación Cristiana Femenina (por sus siglas en inglés Y.W.C.A.), que en realidad son dos edificios que están unidos por dentro. El primero se encuentra sobre la calle de Humboldt y Artículo 123, el segundo sobre Humboldt y Morelos, ambos de estilos contrastantes. El primero es anodino, blanco y gris, con balcones azules, y es donde se encuentran la entrada principal, las oficinas, los dormitorios y un restaurante. El segundo, de estilo Art Déco, de color palo de rosa y gris, en cuyas fachadas J.L. Cordero esculpió varias esculturas en relieve de mujeres realizando roles de justicia, creación artística, deporte y maternidad, es donde se encuentra el deportivo, la alberca, el gimnasio y las canchas de basquetbol.

Firmo una hoja de entrada, dejo mi carnet, camino y paso por las calderas, subo a los vestidores. Tomo asiento en una banca, me quito y guardo la ropa, me coloco el traje de baño, las sandalias, saco la toalla, la gorra de color rojo y los gogles, meto mi bolso en un casillero; me ducho, salgo, bajo y abro una puerta de aluminio, se me empañan los lentes y los limpio. Saludo al instructor, cuelgo la toalla con mis lentes encima de una barra metálica. Mi reloj marca las siete de la mañana en punto. Me ubico en la orilla del tercer carril, me pongo la gorra, los gogles, estiro los brazos, las piernas, sacudo mis manos y salto al agua.

La alberca consta de tres carriles de 25 metros de largo. En el primero nadan los principiantes, como la china Lyn. El segundo es para los expertos, los que saben hacer todos los ejercicios, como Luisito, el Capitán América y la Chica Superpoderosa, tres de los mejores nadadores del deportivo. El tercer carril es para los de nivel intermedio, lo usamos Paty, el señor Burns y yo.

Ya en la alberca, comienzo con un nado suave, de crol. Tomo el aire por la boca, lo saco por la nariz. Durante unos minutos estoy solo, voy y vuelvo, debo hacer 300 metros para aflojar los músculos, me concentro en mantenerme a flote, horizontal, con cada brazada ladeo mi cuerpo, pataleo, saco a medias la cabeza, respiro por la boca, aspiro al entrar, llego a la otra orilla, regreso, me impulso, doy tres patadas de delfín, emerjo y continúo nadando hasta llegar a la otra orilla. En el segundo carril, Luisito y el Capitán América miden sus fuerzas, van de una orilla a otra, dan perfectas vueltas de campana, se persiguen, no paran. La Chica Superpoderosa ha llegado tarde, los mira y cuando cree que ha llegado el momento se avienta a la alberca, ahora hacen un circuito; Luisito, un tipo blanco de mediana estatura, cabello corto castaño, nariz grande y chueca, con gorra blanca, va por delante, lo sigue un hombre alto, moreno y delgado, cuya gorra es azul marino y tiene impreso en un costado el escudo del Capitán América (de allí su apodo), y por último la Chica Superpoderosa (así la llamo, es la única que tiene las habilidades para nadar en el carril de los expertos), es bajita, de brazos cortos pero fuertes, nalgas planas, ojos chiquitos y gorra azul celeste. De pronto veo que en el primer carril la china Lyn, una mujer demasiado delgada, se está atragantando de agua, y se sostiene de un espagueti de plástico que su instructor le lanzó a tiempo, tiembla, tiene los ojos irritados, toma y saca el aire a prisa, parece a punto de llorar. Se suelta y se dirige a la orilla hasta llegar a las escaleras.

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Me impulso con las piernas, salgo en posición de flecha, doy tres patadas de delfín, braceo. Observo las puntas de mis dedos penetrando en el agua, y la luz descomponiéndose entre los montones de burbujas que circundan mis brazos; siento mis manos jalando y empujando el líquido, haciéndome deslizar suavemente. Paty acaba de saltar al carril, usa gorro de color rojo, nada y yo la persigo, llegamos a la otra orilla y regresamos. Veo que también ha llegado el señor Burns, se está colocando su gorra negra. El instructor nos detiene y pide que hagamos 300 metros de dorso. Me volteo, me impulso, braceo y pataleo con fuerza, me mantengo a flote, veo pasar los banderines, miro el techo alto de este edificio inaugurado en el año 1933. Me concentro, me invade la calma a pesar del esfuerzo, escucho el murmullo que se genera cada que braceo, el tranquilizante rumor del agua. Regreso y descanso.

El señor Burns tose, carraspea y se mete a la alberca. El hombre nada muy mal, no mantiene la posición horizontal, no hace caso a lo que le indica el instructor, nada de forma apachurrada, los brazos encogidos, las piernas retraídas, como perro apaleado. A veces puedo adelantarlo, pero siempre chocamos cuando voy de dorso. El señor Burns, enjuto, la piel amarilla, flácida, caída, la cara alargada, como suela de zapato, nariz chata y un par de ojos pequeños sumidos en ojeras, gruñe cada que da una brazada, cada que respira con toda la cabeza afuera del agua, cada que choca con alguien, no habla, no vocifera, sólo gruñe. Sigo nadando ignorando en la medida de lo posible al señor Burns y siguiendo a Paty, una mujer alta, de cincuenta años y excelente condición física. Sigo nadando de dorso, esforzándome hasta completar los 300 metros.

Al llegar a la orilla observo que al Capitán América le acaba de dar un calambre, Luisito lo ayuda a salir y a estirar la pierna. El Capitán grita “¡Mamá, ay mamá, ay chingada madre!”, se retuerce, se le salen las lágrimas, se soba, se talla el muslo y poco a poco se va calmando hasta que por fin el dolor desaparece, se pone de pie y vuelve a la alberca como si nada hubiera pasado. La china Lyn, que trabaja como administradora en una tienda de iluminación sobre la calle de Morelos, ha vuelto a intentar flotar, a su lado se encuentra el gordo Ramírez, la mitad de su enorme cuerpo blanco de Buda brilla en medio de las aguas, sonríe beatíficamente, se coloca sus gogles de espejo y se hunde con lentitud en el agua, no nada, no bracea, no flota, sólo está allí, hundiéndose y alzándose, sonriéndole a todo aquel que lo mira. El instructor nos pide que hagamos 300 metros de pecho, Paty se lanza primero, después voy yo con los brazos extendidos al frente. Estiro y comprimo las piernas, doy la patada, extiendo los brazos, me impulso, salgo, respiro, sumerjo la cabeza. Descanso cada 100 metros, relajo la respiración. Antes de terminar el ejercicio me entra agua en los gogles, odio cuando eso pasa. Tengo que quitármelos, sacudirlos, volver a estirar las ligas, ponérmelos y apretarlos para que no me vuelva a entrar el agua.

La primera vez que llegué a la alberca había tres instructores, uno de ellos, al verme, me preguntó si sabía nadar, le contesté que sabía flotar pero que no dominaba ningún estilo. Me dijo salta y nada como puedas de una orilla a la otra, son 25 metros de ida y 25 de vuelta, muéstrame qué puedes hacer. Nadé como me lo pidió y al regresar comentó que mi nivel era de principiante casi a punto de ser intermedio. Te toca el tercer carril, me dijo. No recuerdo su nombre, pero era un tipo moreno y musculoso, que cada que me explicaba cómo dar una patada, mover el pecho y los brazos, por su tamaño, me causaba risa lo ridículo que se veía dándome el ejemplo de pie desde la orilla, como si fuera un oso enorme enseñándome a trepar un árbol. Trabajó conmigo la respiración, las brazadas, el estilo de crol. Cada que nadaba 25 metros terminaba exhausto en la otra orilla, descansaba respirando con fuerza, después completaba otros 25 y volvía a descansar. Con la práctica, cada vez descanso menos tiempo antes de volver a hacer los ejercicios.

Lo mejor de asistir al deportivo son los días en que faltan mis compañeros y el carril está sólo para mí. Son días dichosos en los que nado a mis anchas. Me hundo varias veces hasta el fondo, sin que nadie me presione, me quedo quieto allá abajo, mirando las vagas sombras de los otros nadadores, me tapo la nariz, alzo la cabeza y veo las luces ondulando descompuestas en la superficie, el cielo líquido inestable, luminoso, del que emerjo velozmente al sentir que se me acaba el aire.

Una mañana me recibió un nuevo instructor, habían corrido al moreno y su suplente era güero pero igual de musculoso, y enseñaba a nadar a gritos. Cada que no acertaba a realizar lo que me pedía me gritaba: ¡Flaco, da la patada después de la brazada, no antes, no al mismo tiempo, después, estírate, flaco, haz bien la flecha, recto, la muñeca de tu mano derecha encima de la muñeca de tu mano izquierda, los brazos tapando tus orejas, la cabeza agachada, deslízate con el impulso, no te dobles, flaco, no te hundas! A todos los hombres nos decía “flaco”, a todas las mujeres las llamaba “flaca”.

El instructor gritón sólo duró cuatro meses en su puesto, supe que se fue a trabajar a otra alberca. Lo suplió un hombre delgado, de barba rala, que usa una vieja gorra de color azul y pone música clásica a todo volumen cuando nos ordena calentar. Nos hace nadar al compás de la música de Dvorak, Mozart y Chopin. Al presentarse nos dijo que la natación era más que un ejercicio, era un arte del que debíamos dominar su estética. Al verme nadar me dijo que yo parecía un molino, que debería suavizar mis brazadas, ladearme, estirarme, alargar los brazos lo más que pudiera, sacar lo menos posible la boca al respirar.

En las bocinas se oye un vals. Acabo de terminar de nadar de pecho y estoy descansando en la orilla. Todos siguen con sus ejercicios. Entonces llega un joven, casi un niño, de pelo cobrizo, la piel muy blanca, delgado y atlético, saluda al instructor, le pide disculpas por llegar tan tarde su primer día. El instructor le pregunta si sabe nadar, él dice sí, con firmeza, se pone una gorra plateada que tiene una estrella blanca al frente, y salta a mi carril, se sumerge como una delgada lanza, da seis patadas de delfín, emerge muy adelante y nada de crol como un joven dios de las profundidades marinas. Es un cometa que va y viene, opaca a todos los que tres veces por semana acudimos a nadar de siete a ocho, y que llevamos meses practicando. El señor Burns sale al ser rebasado tan rápido, Paty también sale, tiene una cita con el dentista y no se puede quedar a terminar la hora, se despide y sube a las regaderas. Sólo quedamos Estrellita y yo en el tercer carril. En un vano afán por no quedarme atrás, lo persigo. Él es ágil, su técnica es impecable. Brazada tras brazada con cada respiración lo tengo más cerca, utilizo toda mi fuerza, veo la planta de sus pies entre las burbujas. Al llegar a la orilla lo alcanzo y los dos salimos al mismo tiempo. Vamos cuerpo a cuerpo, braceando, respirando, pataleando. Soy más alto que él. Vamos cabeza con cabeza. Mis brazos son más largos. Sigo, siento que empujo el agua, que me deslizo y estiro mis brazos lo más que puedo, hasta que al fin lo rebaso y llego primero a la otra orilla. Pero allí me quedo, cansado, respirando y aspirando con fuerza y viendo que Estrellita ha seguido nadando, ajeno a mi efímera victoria. Salgo de la alberca, subo a ducharme, me cambio de ropa. Al bajar las escaleras me despido de Luisito, del Capitán América, de la Chica Superpoderosa, de Lyn, del gordo Ramírez, del instructor, recojo mi carnet, salgo del edificio, afuera ha dejado de apestar a basura, y me dirijo al metrobús.

En la siguiente clase, en lugar de competir, escucho con atención al instructor, memorizo los ejercicios, después me pongo la gorra, los gogles, estiro mis brazos, las piernas, salto a la alberca y nado con soltura el inestable y luminoso cielo líquido que huele a cloro.

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J.C. Guinto (Guerrero, 1979). Estudió Comunicación Social en la UAM Xochimilco. Obtuvo el 2º lugar del concurso La crónica como antídoto organizado por el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM. Ha colaborado en la revista Punto de partida, en el sitio Lado B, en el libro La crónica como antídoto (UNAM, 2015), y coescribió el libro Buñuel y las fronteras del deseo (UAM-X, 2004). Escribe en el blog <milgarzas.blogspot.mx>, twitea de vez en cuando en @gzusguinto, y vive en Tlatelolco.

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