No es más que el fin del mundo

Por Emiliano Mora Barajas

¡Ay, Xavier Dolan! Desde la primera escena de No es más que el fin del mundo (2016), te le entregas al público. Lo vuelves tu cómplice. ¿Por qué haces eso?  ¿Qué culpa tiene la audiencia? No lo sé, pero no voy a participar en esa trampa tuya. Que el que guste conocer ese fuerte secreto con el que reduces nuestra área de acción para sentir, acuda a la sala o descargue la película de la red o la compre en DVD, pues se trata de una de las mejores cintas que vi este año, y en mucho tiempo.

Dolan es uno de los mejores discípulos de la Nouvelle Vague, la cual se caracterizó por la experimentación, la búsqueda de recursos y el desafío directo a las técnicas de Hollywood. En No es más que el fin del mundo esta propuesta estética se aterriza en que toda la película es un close-up al rostro de los protagonistas. Dolan es de esos “infantes terribles” que hacen lo que no deben. “Muchacho, es imposible hacer una película llena de acercamientos”, le dicen, y va y demuestra que no es cierto, que resulta posible filmar así, obteniendo, además, excelentes resultados.

El tema es la familia y qué mejor que retratarla de cerca para comprenderla. Ésta es de una provincia francesa, no se dice más de su localidad ni de sus costumbres. Pero sí se expresa con claridad, con un epígrafe, que los hechos ocurren en un lugar antes del internet: “Hace poco, en un lugar muy lejano…” y eso es digno de un aplauso. Hoy en día resulta tan natural que todo nuestra vida esté codificada digitalmente. Hemos olvidado que detrás de las posibilidades tecnológicas, una red de sentimientos e historias que no podemos controlar limita nuestra existencia. Así, Dolan, a través de Louis el protagonista que lleva doce años sin ver a sus parientes nos muestra que hay veces que ni la belleza, ni el talento, ni el éxito profesional, ni la fortaleza psicológica, nos salvan de los límites que impone nuestra historia individual; la cual, finalmente, es una preciosa red que nos impulsa y sostiene en el mundo como seres imperfectos y finitos. Sólo para acotar, debo señalar que las actuaciones son excelentes, debido al constante close-up, se vuelve necesario que cada movimiento de cada personaje, así como los diálogos, sean perfectos, como si se tratara del teatro más realista de todos los tiempos.  

Emiliano Mora Barajas (1986, Ciudad de México). Aún no parece que vaya a conseguir el título en Letras Hispánicas, carrera que cursó en la UNAM. Trabaja haciendo libros: investigación, transcripción y corrección de estilo. Este año colaboró en el libro Retrato íntimo de Joan Sebastian, la exposición “Erotismos, la vida íntima de los objetos” y, actualmente, se encuentra preparando la tercera emisión de Verbo, Festival de poesía. Piensa que la poesía es más grande que Dios.

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