El Infierno y sus tormentos nos esperan a todos

Por Genaro Ruiz de Chávez Oviedo

Hermanos y hermanas, aceptémoslo de una vez: el pecado nos sale natural, sin mayores esfuerzos y con muy pocos arrepentimientos. Mea culpa que si el antojo, fiaca o incontinencia; que si la tragazón desenfrenada o la falta de escrúpulo moral. Mea culpa por ser un iracundo soberbio que hecha la famosísima “canita al aire” a la menor provocación. Mea máxima culpa al entregarme al jolgorio para explorar los pequeños y grandes placeres de la vida. Sí, como individuos y como colectividad pecamos a lo grande en esta sociedad que, aunque mocha, es esencialmente post-secular.

¿Quién teme hoy en día al Infierno y sus tormentos? ¿Es un lugar real? ¿Un cono invertido incrustado en la corteza terrestre que profundiza hasta clavarse en el culo de Satán? ¿Realmente las almas, esas personitas translúcidas que habitan nuestros cuerpos durante la vida, serán torturadas  hasta el fin de los tiempos por haber sido desobedientes? Y si ese es el caso, ¿qué provocará mayor sufrimiento, los castigos corporales o el saberse eternamente arruinado? ¿Pero qué, el Papa Juan Pablo II no había declarado que el Infierno es la representación simbólica de un estado mental? ¿Quién no quiere ir a esa farándula de fuego y gente encuerada?… Dirán algunos posmodernillos por ahí, and so on, and so on.

Sornas aparte, podríamos dejar de lado la cuestión de la existencia real o ficticia del Infierno en la cosmovisión cristiana, pero no podemos dejar de mencionar que el miedo a éste fue algo tan real que moldeó muchos de los aspectos morales doble morales de occidente. Habríamos de replantearnos siempre nuestras ideas sobre los posibles significados del Infierno como espacio de castigo contrapuesto al del Paraíso. Para poder hacerlo, es necesario revalorar la visión histórica que se ha tenido del Averno, tal como sucede con El Infierno y sus tormentos (Malpaís, 2014).

Ilustración de Santiago Robles Bonfil. El Infierno y sus tormentos, Malpaís Ediciones, 2014.
Ilustración de Santiago Robles Bonfil. El Infierno y sus tormentos, Malpaís Ediciones, 2014.

En verdad os digo, queridos feligreses, que este libro nos presenta una interesante propuesta que es una y tres a la vez. Primero nos encontramos con el estudio introductorio titulado El Infierno ¿Tan temido?, escrito por J. Rafael Martínez E. A partir de la contradicción de posturas que han mantenido los papas Juan Pablo II (el Infierno no existe como un lugar), en contra de las opiniones de Benedicto XVI (el Infierno sí existe como un lugar), Rafael Martínez realiza un recorrido que parte de los diversos “infiernos” de la época clásica, hasta la polémica que antecedió el juicio de Galileo Galilei en 1616, claro, destacando la importancia de Dante Alighieri en la creación monumental de un Infierno acorde a la mentalidad cristiana de la Edad Media y el Prerrenacimiento. Está de más decirlo, dicho estudio no tiene desperdicio y sitúa al lector en el punto indicado para abordar la segunda parte del libro, que es un sermón pronunciado por el cardenal Roberto Bellarmino en la Universidad de Lovaina en 1574.

Hombre de su época, Bellarmino fue una figura histórica crucial en el movimiento de Contrarreforma. Su criterio resultó decisivo en los diversos juicios contra Galileo Galilei y en la condena de Giordano Bruno en 1600. En este célebre sermón, cuyo título da nombre al libro, el cardenal Bellarmino se valió de un estilo “bombástico” (sic) para advertir a los feligreses sobre las torturas que los irredentos tendrían que sufrir en la otra vida.

Durante el transcurso de su célebre sermón se delineó una clara taxonomía sobre los aspectos más terribles de la condena infernal. Existen dos tipos diferentes de penas que encausan el castigo eterno, estas son la pena de la pérdida y la pena del sentido. La primera corresponde a la consciencia que el torturado experimenta al saberse perdido y aborrecido por Dios; un gusano que roerá eternamente a los condenados:

El gusano no es otra cosa que la penitencia eterna, una penitencia llena de delirio y desesperación y de dolor que nace de los pecados, un dolor que fija las garras en las almas de los condenados cuando se dan cuenta de que por su causa han perdido el Reino de los Cielos y traído sobre sí mismos estas indescriptibles torturas.

Esta pena consiste en saber que la salvación estuvo siempre a la mano, pero que ya se encuentra irremediablemente perdida por las decisiones tomadas en vida. Por su parte, la pena del sentido se divide entre los dolores experimentados por las facultades internas del humano (pensamiento, memoria, inteligencia y voluntad), y los que atormentan minuciosamente a los cinco sentidos:

Pero en el Infierno el dolor más feroz debe estar localizado al mismo tiempo en el pecho, los riñones y en toda articulación, centro de concentración de nervios, médula, órgano de los sentidos y facultad del cuerpo. Pues como el pecador ha utilizado todos su miembros para ofender a Dios, entonces no habrá parte alguna, no, ni la más mínima que no tenga su propio torturador y su propio verdugo.

Finalmente, completando la misteriosa trinidad insuflada en este libro, hay que señalar la propuesta editorial de El Infierno y sus tormentos. Siguiendo la atractiva línea visual que Malpaís Ediciones nos ha ofrecido en años recientes, el lector notará una producción editorial concienzuda, que desde los forros juega afortunadamente con tintas y barnices UV, y cuyo resultado es placentero. Las ilustraciones a cargo de Santiago Robles Bonfil son ciertamente demoniacas, y están en equilibrio con el dantesco diseño de Santiago Solís, quienes nos entregan un producto simoníaco que habría de adquirir todo bibliófilo y todo pecador. Así pues…

¡Teman! ¡Teman, pecadores, por su alma!

Amén.

El Infierno y sus tormentos

Roberto Bellarmino, El Infierno y sus tormentos, traducción y estudio introductorio de J. Rafael Martínez E., Malpaís Ediciones, México, 2014, 79 páginas.

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